Diego Petersen Farah.
¿Por qué vemos como
normal que una gasolinera anuncie como su gran oferta competitiva “aquí se
venden litros de a litro”? Un anuncio así debería ofendernos, pues significa
que otros no venden litros completos o esos mismos hoy presumidos durante años
nos estuvieron robando. Pero sobre todo debería ser una llamada de atención
para que de inmediato las autoridades de Profeco y de Cofece actuaran, pero
nadie parece inmutarse. ¿Estamos ante un mito urbano o ante la normalización
más cínica y descarada de la corrupción?
Con los nuevos sistemas
de control que tiene Pemex en las gasolineras es imposible que una gasolinera
venda litros incompletos o gasolina robada sin que la paraestatal se entere de
inmediato. Esto es, para que una gasolinera haga transa se
requiere de la complicidad y la colusión entre el empresario y Pemex, lo cual
no es difícil de imaginar. Si es un mito el problema no es menos grave pues el
mito es creíble porque detrás de él hay una historia.
Los litros de a litro
son un claro ejemplo de cómo hemos normalizado la corrupción en el país y del
grave daño que ésta ha hecho a las instituciones. En
las últimas semanas hemos visto cómo los automovilistas prefieren hacer colas
en gasolineras que tiene una marca distinta, aunque vendan el mismo producto al
mismo precio. Somos capaces de creer cualquier cosa porque la paraestatal nos
ha demostrado que ellos son capaces de la más refinada de todo, desde heredar
una plaza hasta convertir a su líder sindical en magnate, pasando por la
contrataos amañados tipo Oceanografía.
La desconfianza y la
falta de credibilidad en las instituciones son los daños colaterales de la
corrupción. No se trata solo de un problema de imagen, ojalá fuera tan sencillo
como eso, la desconfianza tiene costos directos e impactos en la economía que
terminamos pagando todos. Si nuestras
elecciones son de las más caras del mundo, 18 dólares por voto en promedio
según cálculos del año pasado, es porque tenemos un aparato gigante de
vigilancia creado por los partidos para vigilar a los partidos que no confían
ni en sí mismos.
Cuando hablamos de
castigar la corrupción normalmente pensamos en el regreso del dinero desviado,
cosa que, por lo demás nunca sucede, pero nunca contabilizamos el costo que genera la
desconfianza. Lo que se robaron los Duarte en Veracruz y Chihuahua, o Borge en
Quintana Roo, por poner los casos más sonados, es mínimo con lo que estos
estados gastarán ahora en esquemas de vigilancia que se traducen
invariablemente en burocracias y costos indirectos para las empresas y ciudadanos.
No, no es normal que
exista un anuncio que diga “Aquí se venden litros de a litro”, detrás de ese
slogan publicitario, hay un pozo profundo de corrupción e impunidad.
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