Diego
Petersen Farah.
Una de las funciones del poder es
reproducir y conservar el poder. Esta máxima está en mayor o menor grado en la
mente de todos los poderosos, sean políticos, narcos, empresarios, líderes
sindicales, burócratas de medio pelo o ministros de cualquier culto. Una buena parte de la energía del
poder se va en esta tarea tan primaria como desgastante. En contra partida, una de las grandes virtudes de la democracia, hoy
tan cuestionada, es poner frenos a esta lógica perversa; asegurar el transito
pacífico del poder implica, entre otras cosas, frenar la tentación de los
abusos de los poderosos.
Si la persecución desmedida de la PGR
al candidato Ricardo Anaya era en sí mismo una muestra de este abuso, el no
ejercicio de la acción penal contra el ex Gobernador César Duarte y las
declaraciones del ex fiscal contra delitos electorales, Santiago Nieto, de que
recibió presiones de un funcionario de la Secretaría de Gobernación para no
investigar las posibles contribuciones de funcionarios de Odebrecht a la
campaña de Peña Nieto, muestran hasta dónde el gobierno está dispuesto a
jugársela para mantener el poder, pasando por encima de leyes, instituciones y
personas.
Vamos a
creerles que, en el caso de Duarte tengan razón, que la investigación estaba
mal hecha o que efectivamente a pesar de que grazna como pato, tiene plumas de
pato y camina como pato, no es un pato, que esas extrañas maromas financieras
no constituyen delito alguno. Se las compramos, pero cualquier persona con un poco de sentido político no habría hecho
pública la decisión en este momento.
En el caso de Santiago Nieto no dijo
nada que no nos imagináramos, pero al ponerlo en palabras y en un medio
extranjero mostró la lógica del juego del gobierno de Peña. El ex fiscal dice
que primero le ofrecieron dinero, luego le advirtieron que no se arriesgara y
finalmente lo corrieron y lo amenazaron pasando por encima de cualquier lógica
institucional.
No les gustó
a los banqueros la metáfora de López Obrador sobre el tigre: lo leyeron como
amenaza y lo criticaron en coro. Pero es
justamente este tipo de acciones lo que puede provocar que el animal salga del
estado de aletargamiento.
La lucha por
el poder es con todo, pero justamente por y para ello hemos construido una
democracia con instituciones y reglas. Algunas voces desde la sociedad civil e
incluso desde dentro del PRI han comenzado a llamar a la cordura. Es importante que, a unos días del arranque
de las campañas, todos le bajen tres rayitas: que Anaya deje de amenazar,
pues tendrán que ser las instituciones quienes en todo caso procesen los casos
de corrupción; que López Obrador deje de asustar con su metáfora del tigre y el
domador, pero, sobre todo, que el
presidente y el gobierno manden señales de que no usarán el poder para mantener
el poder, que las instituciones son del Estado y no de un candidato.
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