Jorge Javier Romero Vadillo.
El Partido
Encuentro Social, con el que ha hecho alianza Andrés Manuel López Obrador rumbo
a las elecciones presidenciales de julio, obtuvo su registro apenas hace cuatro
años. Había cumplido los intrincados requisitos de ley, que incluyen la
movilización de una cantidad ingente de personas en asambleas constitutivas distritales
o estatales, con relativa facilidad, gracias a que en realidad se trata de la
expresión política de una serie de iglesias evangélicas con clientelas cautivas
de las que pudieron echar mano para nutrir su militancia.
Nadie duda
que se trata de un partido religioso, a pesar de la prohibición constitucional
y legal que tiene las iglesias para participar directamente en la política. Se
trata de una simulación aceptada en la medida en la que sus documentos básicos
ocultan el sustento confesional de la organización. Sin embargo, es mucho menos
velado el carácter ideológico del partido cuando plantea sus posiciones ultra
conservadoras sobre los temas relativos a los derechos de las mujeres o de las
minorías sexuales y respecto a otros temas sociales sensibles.
Si bien su
fuerza electoral es todavía bastante limitada –en las elecciones federales de
2015 solo obtuvo el 3.3 por ciento de la votación, con lo que apenas si rebasó
el umbral mínimo para ratificar su registro y obtener representación
legislativa–, su existencia muestra cambios importantes en la sociedad
mexicana, hace apenas unas décadas casi monolíticamente católica.
El PES es,
también, expresión de un movimiento político que ha crecido en toda América
Latina, claramente promovido por redes de pastores evangelistas, ya sean
pentecostales o no, y que ha adquirido enorme fuerza en diversos países: en
Brasil una diversidad de partidos de origen cristiano reformado tiene un gran
peso en el Congreso y ha hecho rehenes suyos tanto a Lula, como a Dilma Rousseff
y a Michel Temer; en Guatemala el presidente proviene de una organización de
ese corte y en Costa Rica un predicador evangélico acaba de ganar la primera
vuelta electoral.
El Estado
mexicano, presuntamente guardián celoso de su laicismo, desarrolló un entramado
legal para evitar la irrupción de fuerzas políticas de carácter clerical, cuyos
destinatarios eran los ministros del culto católicos. Desde la época de Juárez,
pero sobre todo ya en los tiempos formativos del régimen autoritario del PRI,
la coalición de poder vio con menos precauciones a los grupos entonces llamados
“protestantes”, en buena mediad porque eran muy pequeños, pero también porque
los consideraban un contrapeso a la enorme influencia de la iglesia católica, a
la que hubo de mantener a raya incluso por la fuerza, pero con la cual se
alcanzó finalmente, en 1929, un concierto que implicaba la aceptación de la
desobediencia de la ley en temas como el educativo, siempre y cuando no tuviera
pretensiones de intervenir directamente en política.
Aunque nunca
la jerarquía católica dejó de intervenir en los asuntos políticos, lo hizo de
manera relativamente soterrada, a través de sus cuadros en el PAN y por medio
del “entrismo” de sus organizaciones laicas en la estructura local del PRI
mismo. Con todo, Acción Nacional no fue un simple partido católico, a pesar de
que así lo viera Donald J. Mabry en el primer estudio serio hecho sobre ese
partido, Mexico’s Acción Nacional: A Catholic Alternative to Revolution. Nunca
la estructura del PAN estuvo plenamente identificada con las redes sociales de
la iglesia y, si bien muchos de sus cuadros dirigentes eran católicos
militantes, el partido mantuvo plena autonomía frente a la jerarquía
eclesiástica.
No parece
ser el caso de Encuentro Social. El proceso por el cual obtuvo su registro sin
duda contó con la intervención directa de redes de iglesias evangélicas y, como
sus similares en otros países latinoamericanos, la orientación general del
partido parece estar claramente influida por ellas, aunque de manera velada,
debido a las restricciones legales a la participación política de los ministros
religiosos.
El régimen
de la época clásica del PRI pudo mantener relativamente a raya los intentos por
hacer avanzar iniciativas políticas de carácter confesional, de manera similar
a como los países árabes con gobiernos autoritarios –Egipto es el caso más
notable– contuvieron a organizaciones como los Hermanos Musulmanes. Sin
embargo, la influencia social de los grupos religiosos crece sustancialmente
cuando las promesas de seguridad social, de cohesión y de prosperidad efectiva
de los regímenes autoritarios laicos se ven incumplidas y la corrupción deforma
todos los valores en los que fundaban su legitimidad. Cuando los grupos
religiosos son más eficaces que el Estado para brindar redes de apoyo social y
para impulsar el espíritu comunitario, el campo para la irrupción política de
este tipo de organizaciones queda libre.
El reto para
las democracias liberales que este tipo de organizaciones representa es
mayúsculo, puesto que prohibirlas y perseguirlas sería un despropósito
descomunal, pero sus posiciones, basadas en creencias, ponen en jaque el avance
de los valores de respeto y tolerancia a la diversidad propios de las
sociedades contemporáneas. En Brasil, el PT de Lula y Dilma tuvo que recular en
la ampliación de derechos y en las políticas contra la discriminación por
orientación sexual por la presión de los partidos evangélicos, de cuyos apoyos
eran dependientes para mantener su coalición legislativa. En el caso de López
Obrador, la alianza con el PES puede ser más bien una coartada frente a las
bases de izquierda de su propio partido para sostener las posiciones
conservadoras del candidato.
En México
estamos muy lejos de enfrentar una influencia determinante de los partidos
evangélicos, como ocurre ya en Brasil o en Centroamérica –o en la cuna misma
del laicismo, los Estados Unidos–, pero la inclusión de estos en una de las
coaliciones con posibilidades de triunfo debe encender las alertas de quienes
aspiramos a una sociedad cada vez más secularizada, donde la ley sea producto
del debate basado en evidencias y en el conocimiento científico y no el
resultado de las creencias religiosas, que debieran de ser de carácter
particular.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.