Primero tuvieron que organizarse para
expulsar de su territorio a una empresa minera instalada sin el permiso de la
comunidad ni los requisitos legales necesarios. Ahora deben enfrentarse a lo
que consideran una invasión de la Marina Armada de México y a la intención de
empresarios nacionales y extranjeros de instalar plantas desaladoras y de
energía maremotriz, mientras también luchan por mantener a raya a dos enemigos,
hijos de los tiempos que corren: el crimen organizado y el machismo.
La figura más visible de este
movimiento seri de resistencia es Gabriela Molina Moreno. Ella dejó su casa en
Desemboque, junto a la costa central de Sonora, en el municipio de Pitiquito,
para poder estudiar la universidad.
Los gobiernos estatales y federales
se han preocupado por darle entrada a los mega proyectos (como este y este)
pero no se han ocupado de acercar una institución universitaria a los seri.
Gaby, como le dicen, tuvo que mudarse a Ciudad de México para estudiar Ciencia
Política en la UNAM.
Cuando volvió a su comunidad se
encontró con que los jóvenes estaban empezando a organizarse ante la llegada de
un proyecto minero a sus tierras. La activista de inmediato se volvió parte
fundamental del grupo Defensores del Territorio Comca’ac, formado por cinco
hombres y 12 mujeres. Hoy su historia es una de las diez que conforman el
multimedia Flores en el desierto, de Gloria Muñoz Ramírez, sobre las mujeres
del Concejo Indígena de Gobierno (CIG).
Presentado
por la fundación alemana Rosa Luxemburg Stiffung y Desinformémonos como parte
de las celebraciones por el Día Internacional de la Mujer, Flores en el desierto cuenta la historia de 10 mujeres Comca’ac,
yoreme, coca, binnizá, nahua, tsotsil, mazahua, maya y kumiai, que luchan junto
a sus comunidades para defender sus territorios y recursos naturales.
Gaby explica en Flores en el desierto cómo los
pueblos yaquis, makurawe, raramuri e incluso los de más al sur, en Morelos y
Estado de México, empezaron a organizarse en su lucha contra las minas. Los
jóvenes hablaron con el comisariado ejidal para pedirle que convocara a una reunión
con todos los ejidatarios y exigir información a la empresa, porque la gente no
entendía qué hacían en sus tierras.
La minera se instaló en el territorio
de los seri, quienes viven de la pesca y la cacería, sin la autorización de la
comunidad, sin Manifiesto de Impacto Ambiental y sin cambio de uso de suelo por
parte del municipio, según denunció Gabriela a medios nacionales en 2015. Así
empezaron a explorar y luego a explotar la zona.
Cuando los jóvenes del grupo de
resistencia se pusieron a investigar sobre esta concesión de 200 hectáreas,
conocida como La Peineta 1, encontraron que había siete más que el gobierno
federal había otorgado a partir de 2010 a nombre de personas externas a la
comunidad. El subsuelo donde está el territorio del pueblo seri estaba
concesionado y ellos no lo sabían.
El grupo logró parar La Peineta 1 con
un amparo contra la concesión, pero como el gobierno del estado nunca actuó,
Gabriela cuenta que las mujeres de la comunidad fueron hasta la mina y
destruyeron todo lo que había ahí. Por ahora, no hay mineras operando en
territorio seri.
Sin embargo,
en entrevista durante la presentación de Flores en el desierto la integrante
del CIG afirma que, si bien pararon a
las minas, “ahora vienen otros: piensan imponer en nuestro territorio proyectos
de zonas hoteleras, desaladoras (para volver potable el agua de mar) y energía
maremotriz (que se genera a través de turbinas y el movimiento de las mareas),
para llevar agua y electricidad a California, Estados Unidos”.
Los seri
tienen además otro frente de lucha: lo
que denuncian como una invasión ilegal de la Marina Armada de México en sus
tierras. La Isla Tiburón, que el pueblo tiene en propiedad comunal, es punto de
reunión de los guerreros seri, pero actualmente está habitada por los marinos
que sin permiso de la tribu se instalaron ahí. Gaby denuncia, en su testimonio
para Flores en el desierto, que solo llegaron para proteger a los delincuentes.
La tierra
del matriarcado.
Como una medida de seguridad, al
territorio de los seri no puede entrar nadie que no esté invitado. Eso no los
libra de los intrusos. Gabriela forma parte de la Guardia Tradicional de su
comunidad, que patrulla la zona para impedir, entre otras cosas, el robo de su
pesca y para redoblar la vigilancia de sus aguas.
“Me es difícil venir a la ciudad (a
donde ha llegado para la presentación del multimedia y otras actividades) o
salir, porque estamos haciendo recorridos. Hemos estado en operativos fuertes.
Hace unos años yo fui comandante de la guardia, pero ahora no puedo porque
tendría que estar todo el tiempo en la comunidad y a veces necesito ausentarme
porque formo parte del grupo de resistencia y ahora del CIG”.
La asamblea tradicional de Desemboque
fue la que eligió a Gabriela Molina para participar en el Concejo Indígena de
Gobierno. Ella, hija del actual gobernador seri y nieta de la única mujer que
ha tenido ese cargo, tiene hoy la responsabilidad de promover la organización y
visibilizar las luchas de su pueblo.
Las mujeres del grupo de defensa del
territorio también se ocupan de frenar el machismo. La cultura comca’ac (como
se llaman los seri a sí mismos) era un matriarcado. El machismo llegó muy
recientemente
–afirma Gabriela– “los hombres comca’ac
consideran a la mujer como cabeza del hogar, porque ella es la que tiene al
hijo, lo cuida, hace la comida, recolecta semillas o granos comestibles,
entonces ella tiene todo el derecho de levantar la voz y es la que propone.
Claro, no excluimos a los hombres, pero la costumbre era consultar con las
mujeres”.
Solo que, en los últimos dos años, “con la llegada de
gente externa a la comunidad, se ha empezado a extender el consumo de alcohol y
ha habido violencias por parte de los hombres comca´ac hacia la mujer, que eso
antes no se veía”. Así que las mujeres están trabajando para rescatar ese
respeto a la figura femenina.
“Platicamos mucho con las ancianas de
la comunidad, empezamos a hacer una serie de entrevistas y armamos videos para
proyectarlos. Íbamos a la casa de las familias y les decíamos ‘oigan, nos
prestan su pared’, y ya, nos cedían el espacio y ahí en la calle proyectábamos
los testimonios para volver a escuchar cómo era el hombre seri antes y cómo
trataba a su mujer, a su hermana, a su mamá, y entonces todos han empezado a
reflexionar sobre eso y ya los jóvenes están haciendo mucho trabajo en la
preparatoria y con un periódico comunitario”.
A construir
su propia universidad.
Gaby sabe que en su localidad ella es una
excepción. “En un pueblo de unas 400 personas, apenas debe haber unas diez
mujeres que hemos podido estudiar una licenciatura”. Las barreras estructurales
que enfrentan para llegar a ese nivel académico son muchas: el racismo es una
de las principales.
Como la universidad más cercana está
a cinco horas de la comunidad seri, quien quiera estudiar tiene que mudarse a
otro sitio. Y “en sonora hay gente sumamente racista. No nos conocen y cree que
somos asaltantes o algo así (los seri tienen la fama ancestral de belicosos,
sólo por su resistencia a aceptar la colonización y confinarse a un solo territorio
para proteger su religión, sus costumbres y su cultura). Si dices que eres seri
o comca´ac, lo primero que hacen es humillarte y ofenderte. Los padres seri
tienen miedo de que sus hijas pasen por eso, aunque quieran realmente que ellas
estudien, porque sí quieren, pero saben que van a enfrentarse a ese racismo”.
La falta de recursos para mudarse
lejos de casa y sostenerse es el otro impedimento para llegar a la universidad.
“Las rentas en Hermosillo no bajan de 3 mil o 4 mil y es una de las ciudades
que está muy mal en el tema de transporte, ahí si no tienes una camioneta o
algo, no te puedes mover”.
Gabriela afirma que ella estudió por necia y por el
apoyo de su papá. “Él me decía: si te quieren aplastar, tú dale la vuelta a la
moneda. Él me ha enseñado mucho de eso y ahora hasta se ríe porque salgo con mi
vestimenta tradicional y me dice, ¿por qué usas colores tan chillantes? Y yo le
digo que para que esa gente que nos niega vea que sí estamos y que, aunque no
me quieran ver, me van a ver. Usar mi ropa es una forma de protestar”.
Ya muchas de las y los jóvenes de la
comunidad traen esa misma idea. La hermana menor de Gaby, por ejemplo, canta en
su lengua materna y hace fusión con el hip hop. “Ya los chicos empiezan a tener
otra mentalidad, dicen, pues sí, soy seri, ¿Y?”
Además, como saben que si esperan al apoyo de las
autoridades oficiales no tendrán pronto una universidad, “ya estamos pensando
en construir una propia, estamos viendo, ahorita es un reacomodo de todo el
territorio en muchos aspectos, pero lo estamos planeando”.
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