Pablo Gómez.
Como se sabe, la
Suprema Corte le ha dado al Congreso un plazo que vence el próximo 30 de abril
para expedir la ley de propaganda institucional. El Poder Legislativo tenía
originalmente un plazo de 30 días a partir del 14 de noviembre de 2007, cuando
entró en vigencia la reforma constitucional. Se ha demorado más de diez años.
Es evidente que los gobernantes y los
grandes medios de comunicación del país han presionado para que no exista esa
legislación porque podría afectar el mercado publicitario entre los que pagan
con dinero del erario y los que venden tiempos y espacios.
Ante la intervención de la Suprema Corte, Enrique Peña Nieto ha decidido enviar a la
Cámara de Diputados un proyecto, presentado como iniciativa del PRI y elaborado
en la Secretaría de Gobernación. Pero –agárrese lector— LA NUEVA LEY ENTRARÍA
EN VIGOR EL 1 DE ENERO DE 2019. se le quiere jugar el dedo en la boca a la
mismísima suprema corte de justicia mediante una nueva demora hasta el próximo
año.
Mas no creamos que esto es lo peor. El contenido del proyecto de Peña
Nieto no es para reglamentar el artículo 134 de la Constitución, en sus
párrafos 7º y 8º, sino que, no obstante que la Constitución dice que con
recursos públicos no se debe influir en “la equidad de la competencia entre los
partidos”, el flamante proyecto
presidencial le cambia y señala que tal competencia se limita a las campañas
electorales, en las que, por lo demás, está prohibida la propaganda oficial. De
esa forma, durante el tiempo restante, el gobierno podría influir en la lucha
entre los partidos, la cual es permanente, según la Constitución y la llamada
teoría política de la democracia.
El proyecto oficial de nueva ley, denominada de “comunicación
social”, sólo es un compendio de reglas
ya existentes, tanto a nivel de leyes como de reglamentos y del Presupuesto de
Egresos. Se pretende dejar las cosas como están.
Ni siquiera se prohíbe lo
subrayadamente prohibido en la Carta Magna: la gacetilla personalizada de
servidores públicos, publicada subrepticiamente en forma de noticia pagada con
recursos públicos. Decía Miguel Ángel Osorio Chong que él no podía hacer nada contra
eso. Así fue. Mas, por lo visto, el nuevo secretario de Gobernación no sólo es
incapaz de combatir la gacetilla sino que busca legalizarla por la vía de la
omisión: el gobierno de Peña se “supera” a sí mismo.
En ese proyecto, las
sanciones resultan ser una tomadura de pelo, a despecho de lo señalado en el
párrafo noveno del mismo artículo 134 constitucional. No hay multas, mucho
menos delitos, aplicables a servidores públicos que violen una ley que de por
sí es inocua y se dirige sólo a dejar bien claro que la Secretaría de
Gobernación es la organizadora de la propaganda gubernamental. En el tema
de sanciones contra servidores públicos, todo
es igual que como está hecha la ley electoral: “dar vista al superior
jerárquico”, forma de dotar de impunidad a la transgresión de la norma.
No se establece tampoco en este
proyecto el acceso a la justicia de la ciudadanía para que se protejan sus
derechos de información, la cual, por lo visto, podría seguir siendo
inconstitucional, personalizada, gacetillera, engañosa, mentirosa, onerosa y
todo lo demás que ya conocemos. Se desea que la ciudadanía siga careciendo de medios para
hacer respetar la Carta Magna y la legalidad. Por eso, el priismo no quiere admitir la queja por vía judicial, como
está propuesta desde la primera iniciativa que se presentó.
Esto parece indicar que Peña
Nieto no está buscando en verdad que el Congreso apruebe el proyecto priista y
mucho menos los anteriores, el primero de los cuales yo mismo lo presenté en el
Senado el 7 de febrero de 2012, hace casi 6 años.
Lo que quizá se piensa en la
Presidencia es algo muy simple y cínico: si no se admitiera el proyecto
oficial, la Cámara no podría completar una mayoría para otro texto, con lo cual
se declararía el acatamiento de la orden de la Suprema Corte, aunque nada se
hubiera expedido. Donde no hay mayoría, no hay ley, principio legislativo
elemental que, sin embargo, sería ahora, como en otras ocasiones, enteramente
manipulado. Creo que no habrá negociaciones serias en el Congreso.
Peña Nieto obra como un político a
quien se le detuvo el reloj y supone que vive en tiempos de Ruiz Cortines. Así
como declara en un acto oficial que él tiene un candidato, también supone que
ese candidato suyo, José Antonio Meade, va a ser presidente de la República,
pero eso, a toda evidencia conocida, no ocurrirá. Mas ese proyecto de ley convida al candidato priista al festín del
oprobio de proponer una legislación que ofende a la Constitución y con la cual
se pretende engañar a la ciudadanía, no sólo a la Suprema Corte. Una vez más,
Peña se está llevando entre las patas a su propio y querido candidato.
De cualquier forma, no
parece que el proyecto de marras tenga algún viso de honradez intelectual de
parte de quien ordenó su redacción, sino que es el intento de un engaño. Claro
está que si el PAN y el PRD lo admiten con leves modificaciones, el hecho
relevante ya iría por cuenta de esa coalición de mercaderes de la política.
No está a la vista una ley de propaganda institucional con
apego a los mandatos constitucionales. Lo
que se advierte es el deseo de que México siga siendo un país sin ley, ya sea
porque la norma se incumple o porque el sistema Legislativo-Ejecutivo de
formación de las leyes no vale ni el dinero que se gasta. O, por ambos
escandalosos y perniciosos fenómenos, motivos, entre muchos más, del
impostergable cambio político.
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