Dolia Estévez.
Los acontecimientos de
aquel trágico 23 de marzo de 1994 marcaron la vida política moderna de México.
Pese a ser un país relativamente sofisticado, México aún lucha por salir del
pasado. El 24 aniversario del asesinato Luis Donaldo Colosio, el crimen más
dramático desde el magnicidio de Álvaro Obregón hace casi un siglo, obliga a
ver hacia atrás.
Para la vasta mayoría
de mexicanos, la muerte de quien muy probablemente hubiera sido presidente de México
sigue siendo un enigma. De la misma forma en que los estadounidenses no creen
que un sólo hombre mató a John F. Kennedy, los mexicanos tampoco creemos que el
homicidio de Colosio haya sido autoría de un asesino solitario, como reza la
versión oficial. El escepticismo, sin embargo, no impidió cerrar el expediente
hace 18 años.
El paso del tiempo no ha logrado disipar las teorías de la
conspiración que desde el primer día han rodeado al crimen. Para unos, los sospechosos siguen siendo
Carlos Salinas o los dinosaurios del PRI; para otros, rivales políticos o el
crimen organizado o grupos armados. Entre los motivos se mencionan un presunto
deslinde de Colosio e intentos de truncar la modernización del país.
Si bien documentos
desclasificados por el Departamento de Estado, bajo la Ley para la Libertad de
Información, no prueban ninguna teoría, sí retratan a un candidato acorralado y
humillado por Salinas en la etapa previa a su muerte.
Consignan que Salinas fomentó el protagonismo de Manuel
Camacho, a quien nombró Comisionado para la Paz en Chiapas, a expensas de
Colosio. En febrero de 1994, un mes antes del asesinato, la Embajada de Estados
Unidos en México consignó: “Colosio primero vio cómo los rebeldes, luego el
ejército y ahora su archienemigo Camacho, están acaparando casi toda la
atención pública”. Esto lo obliga a hacer una doble campaña: “proselitismo con
las bases durante la semana y con las elites políticas los fines de semana. A
veces carga su propia maleta, conduce su propio auto o viaja en transporte
público”.
Según los cables, en
enero de 1994, Colosio fue víctima de dos fuertes reveses: el levantamiento en
Chiapas y el subsecuente protagonismo de Camacho. Tan seria fue la degradación
de Colosio en la víspera del crimen, que la Embajada especuló que podía ser
sustituido por Camacho, aunque lo consideró poco factible. Vaticinó, no
obstante, que quizá Colosio tendría que cambiar de estrategia y mensaje para
“depender más” en la vieja guardia del PRI y menos en Salinas. Ese mes, la Embajada comentó: “Colosio no puede estar feliz con los
sucesos en Chiapas, tanto por los problemas que están generando como por la
publicidad que le están robando”. El nombramiento de Camacho como negociador,
uno de los tapados, “debió de haber dejado atónito a Colosio”.
Un amplio análisis de marzo de 1994, tres semanas antes del
asesinato, elaborado por el Buró de Inteligencia e Investigaciones del
Departamento de Estado, afirmaba: “Camacho
se ha vuelto indispensable para Salinas y el PRI. También ha fortalecido su
propia imagen…parece tener acceso ilimitado a Salinas…Colosio (en contrapartida),
parece no tener nada que ver con… Chiapas”. La situación llevó a la
Embajada a investigar cuáles eran las intenciones de Salinas. Consultado respecto a si Camacho podía
sustituir a Colosio como candidato, un “priista sazonado”, a quien el cable no
identifica, “sacudió la cabeza y visiblemente confuso, respondió, ‘las viejas
reglas ya no se aplican’”. Tres semanas después, Colosio caía acribillado a
plena luz del día en Lomas Taurinas.
Cabe preguntarse: ¿el
acorralamiento fue deliberado por parte de Salinas? ¿Buscó humillarlo? De ser
así, ¿para qué?
Jim Jones, a la sazón embajador de Estados Unidos, años
después me dijo que el FBI, quien
interrogó a Mario Aburto, avaló la versión oficial del asesino solitario. Jones
descartó que Salinas tuviera conocimiento de antemano de lo que iba a suceder a
Colosio.
La Agencia de Seguridad Nacional, a cargo del espionaje
electrónico, declinó desclasificar el expediente que dijo tener sobre el caso. En respuesta a una petición que interpuse,
la NSA admitió tener “cuatro informes de inteligencia extranjera” sobre el
crimen, clasificados de “top secret” y “secret”, pero rechazó divulgarlos
pretextando que podrían dañar la seguridad nacional. En términos similares me
respondió la CIA.
Otra serie de despachos de 1990 describen la forma metódica
en que Colosio allanó el camino hacia Los Pinos. En octubre de ese año, la
Embajada adelantó que Colosio sería el candidato. Lo describió como alguien
cercano a Salinas, a quien el presidente escogió personalmente para dirigir el
PRI, “y a quien se cree incorporará al gabinete para volverlo presidenciable”.
A su vez, en abril de 1990, el cónsul en Hermosillo informó
que a Colosio no le interesaba la gubernatura de Sonora, su estado natal, sino
la presidencia. El comunicado decía que Colosio estaba convencido que después
de lograr con “éxito la reestructuración” del PRI y anotarse unas cuantas
victorias, “más o menos legítimas”, Salinas le daría una supersecretaría. “Esto
sería la señal a otros contendientes de que el presidente había optado por el
senador de Sonora como primus inter pares”.
Los cálculos de Colosio
resultaron ser premonitorios. En mayo de 1992, Salinas lo nombra titular de
Sedesol, oficialmente incorporándolo a la carrera por la sucesión. En noviembre
del siguiente año, Salinas lo destapa. Colosio alcanzó su sueño, pero no vivió
para hacerlo realidad.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.