Jesús Robles
Maloof.
En enero del
2017, en un hecho poco común en nuestro país, un estudiante de secundaria del
Colegio Americano de Monterrey abrió fuego en contra de sus compañeros y su
maestra. Lamentablemente esta matanza cobró la vida de la profesora Cecilia
Solís y dejó a tres estudiantes heridos cuyas secuelas aún sufren.
En #ArmasNO
en este mismo espacio describimos las falsas respuestas que los gobiernos
pretendieron implementar al trágico hecho y la ausencia de políticas coherentes
en esta materia. Durante 2017 en el marco de la campaña Instinto de Vida,
esfuerzo de la sociedad civil en Latinoamérica para reducir el índice de
homicidios, hemos reflexionado y lanzado un llamado a la acción sobre dos
problemas que deben estar en las primeras prioridades de la agenda de gobierno;
la epidemia de homicidios de niveles históricos y el descontrol sobre las armas
de fuego.
Cuando
iniciamos Instinto de Vida nos preocupaba la tendencia de muertes que México
presentaba. 2017 trágicamente lo confirmó al ser año más letal de la historia
reciente con 29 mil 159 homicidios dolosos. Aún no hemos desarrollado una metodología
para evaluar a detalle el impacto humano, social y económico de números como
los anteriores, pero podemos trazar una comparación con conflictos armados
convencionales. Guerras cuyas consecuencias humanas tardan en sanar varias
generaciones.
Nuestra
realidad no está tan alejada de otros países de Latinoamérica: Honduras, El
Salvador, Venezuela, Brasil y Colombia también presentan altas y alarmantes
tasas de homicidios. Una respuesta regional es la campaña Instinto de Vida que
parte de un principio fundamental: los homicidios y la violencia no son algo
normal. Mediante acciones de movilización y política pública buscan cumplir con
el objetivo de reducir los homicidios al 50 por ciento en un periodo de 10
años.
El problema de conflictos no
convencionales como el que vivimos en México y en la región es que las medidas
para detener, prevenir y restaurar la convivencia social no suelen merecer la
prioridad de los gobiernos. Una guerra convencional suele partir un país,
aislar regiones, interrumpir las comunicaciones y disminuir al mínimo los
intercambios económicos. Al final de la conflagración se tiene que reconstruir
buena parte del entramado social. Lo paradójico es que conflictos como los que
vivimos en México permiten a buena parte de la economía y la sociedad continuar
como si nada pasara, hasta que, como hemos visto en Juárez, Michoacán,
Guerrero, Veracruz y Tamaulipas, no se puede ignorar más.
Con
excepciones notables, las respuestas de
política pública se han centrado en la fuerza y la militarización que
consistentemente ha probado no tener resultados positivos en reducir el índice
de homicidios. Como ejemplo y mientras las cifras de homicidios tocaban niveles
históricos, el gobierno construyó una narrativa que la respuesta era
profundizar la militarización. Así, se propuso aprobar la Ley de Seguridad
Interior a pesar de que múltiples actores de la sociedad civil como el
colectivo Seguridad Sin Guerra dieron durante meses argumentos basados en
evidencia del por qué la militarización del país no es la solución a los
problemas de seguridad y violencia.
Muchas veces ignorados, otras veces
escuchados, estos argumentos no recibieron respuestas basadas en evidencia. Por
el contrario, la narrativa dominante es una mezcla de argumento de autoridad y
de creencia religiosa. “Fortalecer al ejército es la respuesta al crimen
organizado por el bien de la sociedad”.
En los
últimos años, el entramado legal solo ha
fortalecido las medidas de fuerza, pero ninguna se ha dirigido a establecer
mayores controles a las armas de fuego. La única política explícita del
Gobierno de Peña Nieto sobre homicidios es de apenas unas cuartillas. Desde el
2016 que se anunció no ha sido retomada, evaluada y no podemos conocer aún si
acaso ha sido implementada. Otra estrategia de este gobierno ha sido la
alquimia de cifras intentando engañar como lo describimos aquí en La verdad
sobre los homicidios en México.
Podemos
seguir profundizando el error de acudir a estrategias fallidas, pero tarde o
temprano tendremos que adoptar políticas de seguridad basadas en evidencia. En
el colectivo #MxSinHomicidios hemos iniciado a discutir las alternativas y como
ejemplo, el pasado martes 30 de enero en el evento Salvar Vidas Sí es posible
organizado por México Evalúa se presentaron 10 acciones concretas, aquí pueden
consultarlas http://mexicoevalua.org/2018/02/02/10-ideas-salvan-vidas/
Una de las
mayores apuestas se enfoca en el poder de lo local. En México 46 por ciento de
los homicidios ocurren en tan sólo 50 de los 2 mil 448 municipios que existen,
además de concentrarse en lugares, se concentra en personas, en hombres
jóvenes. Es por esto por lo que el diálogo con los municipios es sumamente
importante y no seguir con la implementación de políticas de mano dura como las
adoptadas por el gobierno federal.
Un gran paso
es la firma de acuerdos por parte de 471 presidentes municipales,
pertenecientes a la Asociación Nacional de Alcaldes que se sumaron a la campaña
#MxSinHomicidios y la alianza regional Instinto de Vida.
Un ejemplo
que destaca es la aproximación que ha hecho Morelia, que de la mano de Bernardo
León ha implementado un modelo de policía de proximidad, confiable y dispuesta
a ejercer sus funciones constitucionales de conformidad con el nuevo sistema de
justicia. No ha sido sencillo, pero en tan solo un par de años ha logrado
reducir en 20 por ciento los homicidios dolosos y ha derribado el mito de la
inseparable relación entre crimen organizado y homicidios, documentando que en
Morelia solo el 10 por ciento de estos delitos pueden ser relacionados a los
grupos criminales.
Alternativas a la mano dura y a la
militarización existen por ello vemos con preocupación que en las plataformas
electorales y en los discursos de campaña las vaguedades, ocurrencias y modelos
que han probado ser fallidos, sean la constante en materia de homicidios.
Lo peor que puede pasar es que a
pesar de la tendencia mortal y las cifras que desangran a nuestras comunidades,
ninguna acción de gobierno se tome y las mismas políticas de siempre se
establezcan por inercia o por interés. Veamos el ejemplo de Estados Unidos y
las terribles masacres del último año, que a pesar del dolor, de la indignación
y del mínimo sentido común, nada ha cambiado. Ni una sola disposición se ha
modificado.
No lo
permitamos. Exijamos a los candidatos claridad. Impulsemos un México sin
Homicidios.
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