Jorge Javier
Romero Vadillo.
Margarita
Zavala ha salido esta semana, al presentar su solicitud de registro como
candidata presidencial sin partido, con que no va a aceptar el dinero público
que le correspondería si finalmente puede competir por la Presidencia, una vez
que el INE termine de revisar las firmas que presentó como avales de su
postulación. Se trata de un anuncio que
muestra el sentido de la oportunidad del equipo calderonista y que hace
evidente que la demagogia no es patrimonio exclusivo de ninguno de los
contendientes, pues si hay un tema convertido en lugar común en nuestra
desastrada política es el rechazo al financiamiento público de los partidos y
las campañas.
El tópico se
repite: los partidos son unos abusivos
que medran con los recursos públicos; es injusto que con el dinero de todos se
financien las actividades de grupos de interés particular y cada partido
debería fondearse con lo recaudado entre sus integrantes y simpatizantes.
Sobran los opinadores que claman por dejar de darles dinero a unas
organizaciones parasitarias y sus clamores hacen mella en la sociedad, que
mayoritariamente ve mal que a los partidos se les asignen partidas
presupuestales para su funcionamiento cotidiano y para hacer campaña.
No existe
sistema de financiamiento de la política que no tenga consecuencias
distributivas y deformaciones. El sistema mexicano, que se funda en el criterio
de que la financiación predominantemente pública es una salvaguardia contra la
captura de la política por los ricos, ha
incurrido en excesos graves –como el hecho de que el presupuesto para los
partidos haya sido fijado en el artículo 41 de la Constitución, con lo que es
la única partida que no es posible modificar, con una rigidez que ya
quisiéramos para la educación o la justicia– y, además, tiene una fórmula de
reparto que es excesivamente favorable para los partidos grandes y discrimina a
las organizaciones nuevas. Con todo, se basa en un principio correcto, pues
cuando es el financiamiento privado el predominante, lo partidos y los
políticos se convierten en meros agentes de las grandes corporaciones, mientras
que los grupos de ciudadanos con agendas contrarias a los intereses de los
económicamente poderosos quedan condenados a la marginalidad.
Hace unos
días, Moisés Naím contaba en un artículo en El País cuatro tragedias americanas derivadas del enorme peso que tienen en los
Estados Unidos los grandes intereses económicos en la política. Las cuatro
tragedias: la venta de armas sin restricciones, la crisis de abusos de
opiáceos, el precio desproporcionado de los medicamentos y la resistencia a
promover políticas paliativas del cambio climático, tienen un origen común: las
grandes empresas financiando a la política para defender sus intereses
particulares frente al interés colectivo. Y no se agotan en esos cuatro
ejemplos las deformaciones que en el proceso de toma de decisiones públicas
tiene la fuerte injerencia del dinero en las campañas en nuestro poderoso
vecino: una de las razones por las que en los Estados Unidos no existe un
sistema de salud de acceso universal, como sí ocurre en los países europeos con
Estados de bienestar, es la resistencia de fuertes intereses económicos en
torno al negocio médico.
La financiación de la política es un
tema complejo. Incluso en los países que mejor resuelto tienen el tema, con
frecuencia surgen escándalos sobre financiamiento ilegal que involucran a
conspicuos dirigentes. Prominentes líderes han visto sus carreras colapsarse
por sus incursiones en prácticas mañosas o francamente ilegales para hacerse
con recursos de campaña más allá de los que les corresponden del presupuesto o
de los obtenidos de aportaciones privadas legales.
Si la
política no tuviera consecuencias distributivas nadie la ha haría, nos repetía
a sus alumnos Adam Przeworski en un curso del doctorado hace ya un cuarto de
siglo. Y precisamente por esas consecuencias distributivas es que los
diferentes grupos de interés intervienen en los asuntos públicos, ya sea de
manera legítima o ilegítima. Sin
embargo, cuando las reglas lo permiten, quienes tienen más dinero acaban
controlando los principales resultados de la política, mientras que los
intereses de quienes no cuentan con grandes recursos resultan ignorados.
Puede ser
que en países con fuerte cultura participativa y organizativa surjan
organizaciones partidistas financiadas con pequeñas aportaciones de sus
adherentes y simpatizantes, pero en un
país sin esa tradición y con una fuerte desconfianza en la política, como
México, es muy poco probable que sea el financiamiento colectivo –el llamado en
inglés crowdfunding– el que sostenga a una organización partidista en el largo
plazo. Y sin reglas que limiten con claridad las aportaciones y mecanismos de
auditoría y transparencia, que prohíban las aportaciones anónimas y las
corporativas, al tiempo que restrinjan las individuales, no es posible evitar
que la política se convierta abiertamente en negocio o que entren a ella
recursos ilegítimos.
Es verdad que, incluso con un
financiamiento público ingente y con espacio para el financiamiento privado
legal, en México sigue habiendo trasvase de recursos ilegales a la política.
La inútil fiscalía especializada
debería concentrarse en seguirle la pista a los dineros ilegítimos que inundan
las campañas. Pero si fueran solo los recursos privados los que definieran el
curso de la política, la independencia de la esfera pública se vería mucho más
comprometida de los que hoy está.
La demagoga Zavala sabe que su
tramposa renuncia puede sonar muy popular, pero en realidad no está haciendo un
gran sacrificio. El dinero público que recibirán los candidatos sin partido es
muy poco en comparación con las sumas multimillonarias de las que dispondrán
sus adversarios de las coaliciones registradas y ya el Tribunal Electoral exceptuó
a los pretendidos independientes de la regla de predominancia del
financiamiento público sobre el privado. Desde
siempre, Margarita iba a hacer campaña con dinero de socios privados. Bueno
sería que, al tiempo que nos anuncia su esforzada renuncia, nos dijera quién le
va a pagar la campaña. ¿Serán las empresas de armas a las que tanto ha
beneficiado la guerra contra las drogas desatada por su marido? Tal vez reciba
recursos de los grupos provida a los que apoya, es decir de la iglesia católica
por interpósita persona. Fuentes hay muchas. Es más fácil decir de dónde no se
van a recibir recursos que declarar de dónde sí.
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