Un grupo de indígenas encaró a militares en
Chiapas. Con una voz segura y clara, una mujer exige a los uniformados: “Sirvan
al pueblo, no al poder”.
Con cascos
para cubrirse un poco de los rayos, pero atentos a la voz firme de la mujer,
elementos del Ejército escuchan sin emitir una sola palabra.
“Les pedimos
que por favor haya respeto, que tomen en cuenta que somos hermanos. […] Todos
somos de este país y todos queremos el bien de este país, pero el problema no
está aquí, el problema está allá arriba. Hay que luchar contra el sistema del
Gobierno, no hay que luchar contra el mismo pueblo”, demanda la joven.
Sin
titubear, la mujer que viste con el atuendo típico de los indígenas Chenalhó,
les cuestiona: “Nosotros somos hermanos, todos queremos una mejor vida para
nuestros hijos. Ustedes son padres, ¿Quieren una mejor vida para sus hijos?
¡Luchen donde está el problema, no está aquí! El problema está allá arriba, nos
tienen pisoteados”.
“Hacen lo
que quieren con ustedes, los convierten en asesinos, los convierten en gente
sin corazón sin cerebro. […] ¡Es tiempo, abran sus ojos! ¡Hay mucho por hacer
por nuestro país!”, les dice mientras se escucha un canto de quienes respaldan
a la voz de la mujer.
La joven
indígena explica a los soldados que ellos están también en la lucha para ser un
país libre y asegura que la Ley de Seguridad Interior no es la solución para
llegar a ella, sino en el combate en contra de los gobiernos corruptos.
Les
recrimina que son ellos los que mantienen al Gobierno con su trabajo, y que por
ello, no están con su familias: “Ustedes sacrifican a su familia por serviles a
un corrupto”, les reclama.
“No viven
con sus familias, no ven crecer a sus hijos, ¿todo por qué? Por las migajas que
el Gobierno les tira”. El silencio se extiende. Los soldados callados, como si
el “regaño” ya huera hecho efecto.
“Queremos
derrumbar al poder para que todos seamos libres, para que todos vivamos en este
país tan hermoso”.
“Ustedes
también van a ser los futuros esclavos”, les dice, y pide hacer conciencia y
dejar las armas.
“¡Lucha por
tu pueblo!”- ya casi son sus últimas palabras-, la joven les exige, con el sol
en la frente, revira que el enemigo, no son ellos sino el que está “sentado en
una silla” quitándoles todo, culmina.
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