Salvador
Camarena.
José Antonio
Meade presentó ayer mucho más que la declaración 3de3. Contadores y un notario
certificaron que lo que él declara sobre su patrimonio, sus impuestos y sus
intereses no sólo es total y verdadero sino, sobre todo, congruente con sus
ingresos como funcionario público. En suma, un certificado hecho de siete
documentos.
Meade fue el último de los candidatos
presidenciales en cumplir el trámite de la 3de3 ante el Imco y Transparencia
Mexicana, pero esa
tardanza no reviste la menor importancia. Como tampoco es relevante el esfuerzo
invertido en galvanizar la fama de Meade, Pepe para sus cuates, como un hombre
cuyas finanzas resisten cualquier fiscalización, cualquier sospecha.
Que Pepe
Meade es considerado alguien honesto es tan obvio como el hecho de que fue ese,
y no otro, el factor por el cual le tocó la candidatura. Y no es que en este
sexenio se valore especialmente esa cualidad (lo distinto que habría sido
todo), sino que, en su famoso
pragmatismo, Enrique Peña Nieto calculó que hundido como está el prestigio del
gobierno y de su partido, debían comprar buena fama donde la hubiera, para ver
si así el despegue de la campaña se hacía no desde el fondo de un socavón, sino
al menos desde un sótano de aprobación presidencial del que eventualmente
pudieran escapar.
En alguna
tarde en Ixtapan de la Sal se habría
calculado que para construir una candidatura 'ganadora' echarían mano de la
cargada, el aparato, la maquinaria, la movilización, las tarjetas, los
operadores, ruedas de prensa constantes desde los mismísimos Pinos, la pequeña
ayuda de nuestros amigos empresarios, los millones de spots, voceros de todos
colores y sabores en cuanta entrevista se inventen, los secretarios, los
góbers, el Trife, parte del INE, Facebook, Twitter, WhatsApp, SMSs, encuestas,
la PGR, la UIF, la FEPADE, el SAT y la guerra sucia contra ya saben quiénes.
Ah, y muy encima de todo eso, como cereza para un pastel de merengue, ponemos
un candidato que pueda ser visto como honesto, alguien como Pepe.
Veámoslo de
otra manera. Si otro, y no Pepe, fuera el candidato oficial, urgiría una 7de7 firmada por el mismísimo
papa Francisco para darle una chaineada a perfiles que, digamos, este, hmmm,
pues ustedes ya saben, tenían muchas famas, pero la de honestidad no.
El problema es que Pepe insiste en
que es honesto. Algo que ya sabemos. Y quiere convencer al electorado de que es
más honesto que AMLO o que Anaya. Algo que no sabemos, pero insisto, no es relevante.
Porque cada vez que Pepe declara su honestidad, a
una chachalaca se le alborota la hormona sólo de recordar las fotos de Pepe con
______; o cómo Meade se reía abrazado de_______; o de cuando aprobó los fondos
para______; o de pensar qué le habrá pasado a tan ducho funcionario como para
nunca detectar cuentas maestras al sustituir a_______.
Pepe no cae
en cuenta de la gran disonancia de su intento por promover su honestidad. No ve
que cuando nos dice “pude estar 20 años en la élite del sistema sin corromperme”,
significa: en esos 20 años un honesto no
hace la más mínima diferencia así sea secretario de Estado cinco (c-i-n-c-o)
veces.
Pepe promete
que desde la honestidad conducirá el barco a buen puerto. Pero buena parte de
su tripulación ni una 3de3 aguanta.
Pepe hace un
AMLO. Y como al Peje hay que decirle, claramente, que él es el ejemplo de que
un honesto, incluso dos, no salvan a Sodoma y Gomorra de la destrucción.
No eres tú, Pepe, lo que lastra tu
candidatura son tus listas del Congreso y no pocos del sistema que tanto
defiendes.
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