Ricardo Ravelo.
De pronto el relato parece un guion cinematográfico, por
momentos una novela de ficción y a ratos son deslumbrantes los destellos de un
cuento policiaco de G.K. Cherterton o de James Ellroy –célebre por su novela
The Black Dahlia –. El protagonista no parece ser Joaquín Guzmán Loera, El
Chapo, sino Al Capone o Pablo Escobar, los grandes mafiosos de su tiempo. Pero en realidad en el libro Cazando a El
Chapo compiten dos figuras: el capo sinaloense y el Agente Especial de la DEA,
Andrew Hogan, quien lo capturó en México tras un largo seguimiento policiaco
que para Hogan se volvió casi una obsesión. Imposible que el agente encubierto
no sea protagonista en esta obra en la que paralelamente corren dos historias,
la del cazador y su presa.
Pero en Cazando a El Chapo
no hay ficción, aunque así lo parezca. Con buen estilo narrativo –es periodismo
puro, pues –el autor lleva al lector de la mano por innumerables pasajes: sus
inicios como policía, algunas correrías en México y Estados Unidos, cómo El
Chapo se volvió su objetivo, la revisión de su voluminoso expediente en Estados
Unidos, su infiltración en el cártel de Sinaloa y la captura en México, fin a
la carrera delictiva de Guzmán Loera.
Hogan comparte la autoría de este libro con Douglas Century,
un periodista de origen canadiense, quien participó en esta investigación
periodística, aunque en el libro se plasma solamente la historia del agente de
la DEA y el seguimiento de El Chapo. Se infiere que Century fungió como editor
de la obra.
A lo largo de sus páginas, Hogan narra sus peripecias como
policía, su ingreso a la DEA y sus inicios como agente investigador; de igual forma detalla pormenores sobre su
fijación sobre Guzmán Loera y cómo empezó a investigarlo, a perseguirlo hasta
que por fin logró capturarlo, pese a la protección que el capo tuvo por parte
de altos mandos policiacos y militares en México durante su etapa de esplendor
como jefe del cártel de Sinaloa.
La historia de Hogan es
una biografía criminal de quien fue considerado por el gobierno estadunidense
como el narcotraficante más poderoso del mundo. En las páginas de Cazando a El
Chapo se cuentan pasajes como la balacera desatada en el aeropuerto de
Guadalajara, en 1993, cuando fue ejecutado el cardenal Juan Jesús Posadas
Ocampo, aparentemente confundido con El Chapo tras su arribo a la terminal
aérea.
Lo que se sabe es que
en dicha terminal se encontraban los hermanos Arellano Félix, jefes del cártel
de Tijuana, rivales de Guzmán Loera, presuntamente preparados para ejecutar al
Chapo, pero el tiro les falló porque, de acuerdo con la versión oficial,
terminaron asesinando al prelado de la iglesia católica –un personaje
presuntamente no ajeno al narcotráfico –al confundirlo con el narcotraficante
sinaloense.
Los Arellano Félix, en
diversas declaraciones posteriores a los hechos sangrientos, negaron que su
objetivo haya sido matar al cardenal Posadas, pero sí reconocieron en su
momento que iban por El Chapo. La versión oficial del gobierno federal sostuvo
y hasta la fecha sostiene que el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo fue víctima
de un fuego cruzado tras el enfrentamiento entre los hermanos Arellano y
gatilleros de Guzmán Loera. Jorge Carpizo, entonces procurador General de la
República, fue el autor de esta tesis. Lo que llamó la atención es que, meses
después, los jefes del cártel de Tijuana acudieron a una cita a la Nunciatura
Apostólica de la ciudad de México para dar su versión de los hechos.
La PGR, a cargo de
Jorge Carpizo, tuvo conocimiento de la visita de los narcotraficantes, pero
nada se hizo para detenerlos. Carpizo justificó la parálisis de la PGR al
aducir que se hubiera generado un baño de sangre inevitable si se organiza el
operativo para detener a los Arellano. Eran los tiempos de Carlos Salinas. El
narco estaba bien protegido, era el negocio del régimen.
En el capítulo Guadalajara 24 de mayo de 1993, Hogan narra
con su estilo novelesco:
El repentino estallido de disparos AK-47 atravesó la calma de
una perfecta tarde primaveral, desatando el pánico en el estacionamiento del
aeropuerto de Guadalajara. Sentado en el asiento del pasajero de su Grand
Marquis blanco, el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, arzobispo de
Guadalajara, recibió catorce disparos cuando llegó para recibir el vuelo del
nuncio papal. El cardenal de sesenta y seis años de edad se desplomó hacia el
centro de vehículo, con sangre bajando por su frente. Había muerto al instante.
El Grand Marquis quedó agujereado con más de treinta balazos y su conductor
estaba entre los otros seis muertos.
El cardenal
Posadas –continúa el autor –se vio atrapado entre una guerra de disparos de los
cárteles de Sinaloa y Tijuana, que durante meses pelearon por la lucrativa
plaza del sur de California. Habían confundido a Posadas con el jefe del Cártel
de Sinaloa, Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, que debía llegar al
estacionamiento del aeropuerto en un sedán blanco parecido y alrededor de la
misma hora…
La balacera
en el aeropuerto demostró ser un punto de inflexión en la historia
latinoamericana moderna: por primera vez el público mexicano tomó nota de veras
de la naturaleza violenta y brutal de los cárteles de la droga en el país. La
mayoría de los mexicanos no habían oído nunca del pequeñito capo de Sinaloa,
cuyo alias le hacía parecer más cómico que letal…
La de
Guzmán Loera es la historia de un capo sin reposo, siempre a salto de mata,
tránsfuga perenne de la justicia y de sus rivales. Entre sus muchas historias y
revelaciones, Hogan cuenta a lo largo de su libro que cuando no estaba
refundido en la sierra sinaloense Guzmán se la pasaba en alguno de sus
departamentos de la Ciudad de México, donde se sentía seguro. En otras ocasiones
cruzaba la frontera con Guatemala, otro de sus refugios, su ruta permanente
hacia Centroamérica.
Narra: “Al darse cuenta de que ya no estaba seguro ni
siquiera en su zona rural de la Sierra Madre, ni tampoco en el estado vecino de
Durango, Guzmán supuestamente huyó a Jalisco, donde poseía un rancho y después
se instaló en un hotel de la ciudad de México, donde se reunió con varios
lugartenientes del Cártel de Sinaloa, entregando más de diez millones de
dólares en moneda estadunidense para sostener a su familia mientras huía de la
justicia.
“Disfrazado y utilizando un pasaporte con el nombre de Jorge
Ramos Pérez, El Chapo viajó al sur de México y cruzó la frontera de Guatemala
el 4 de junio de 1993. Parece que su plan era moverse furtivamente con su novia
y varios guardaespaldas y después establecerse en El Salvador hasta que se
calmara la situación. Más adelante se dijo que El Chapo había pagado muy bien
por su fuga, sobornando a un oficial militar guatemalteco con 1.2 millones de
dólares para garantizar su paso con seguridad por la frontera sur mexicana”.
Antes de ser capturado, en 1993, la empresa criminal de
Guzmán Loera, el viejo cártel de Guadalajara –hoy Sinaloa –iba en ascenso
fulgurante. Según Hogan, el capo había integrado a su organización criminal a
lugartenientes en Colombia, Ecuador, Costa Rica, El Salvador, Guatemala y
Venezuela, a la postre sus refugios y zonas de suministro de drogas y
precursores químicos.
“Sus tentáculos criminales, su versatilidad y su ingenuidad
sobrepasaban incluso a sus predecesores más infames, como Pablo Escobar. Guzmán
entonces traficaba con cargamentos de hasta trece mil kilos por barco. A veces
diecinueve mil en una sola operación. Esto eran solamente gotas en el cubo del
cártel y las pérdidas se asumían como parte de los costos de hacer negocios.
“Incluso entre rejas El Chapo tuvo la perspicacia de
diversificar las operaciones del cártel de Sinaloa: donde anteriormente había
traficado estrictamente con cocaína, mariguana y heroína, el cártel ahora se
extendió a la manufactura y contrabando de metanfetaminas de alta calidad,
importando sustancias químicas precursoras de África, China e India”.
Andrew Hogan, como policía, era agudo en sus investigaciones.
Siguiendo los pasos de El Chapo Guzmán viajó a varios países, México fue uno de
ellos, donde realizó varias investigaciones. En las Cortes de Estados Unidos,
dice, el archivo de El Chapo era interminable. El cursor de la computadora
podía deslizarse horas sin llegar al fin. Así de robusto ya era, en los años noventa,
el expediente del capo de Sinaloa. Era claro que desde su captura en 1993, pero
más aun después de su fuga en 2001, Guzmán Loera se convirtió en un objetivo
del gobierno norteamericano, no así de México, donde las autoridades le
brindaron protección oficial para que no fuera detenido.
Recluido en el penal
del Altiplano en 1993, El Chapo Guzmán movió sus influencias para ser
trasladado al penal de Máxima Seguridad de Puente Grande –la puerta grande le
llaman desde el 2001 a ese penal porque sus rejas se abrieron para que se
fugara El Chapo –, donde se convirtió en el amo y señor de la prisión.
Como interno, El Chapo
gozaba de muchos privilegios. Las autoridades penitenciarias de entonces le
permitían organizar fiestas, introducir putas para dar rienda suelta a sus
pasiones, drogarse con cocaína de la mejor y existen versiones públicas en el
sentido de que al capo se le permitía hasta salir del penal si así lo deseaba.
También le suministraban su dosis de Viagra para aliviar sus problemas de
disfunción eréctil.
Cuenta Hogan: “Estaba
claro que El Chapo era el verdadero jefe de la cárcel. Por sus recientes
temores de ser extraditado a Estados Unidos, planeó una descarada fuga de
Puente Grande.
“Y, en efecto, justo después de las 10:00 de la mañana del 19
de enero de 2001, la puerta de la celda de Guzmán, con seguridad electrónica,
se abrió. El conocimiento popular dice que lo sacaron en un saco de yute oculto
en un carrito de la lavandería, y después uno de los guardias corruptos de la
cárcel atravesó las puertas en una camioneta con él adentro, de manera que
hacía recordar las famosas fugas de John Dillinger en la década de 1930.
“La fuga requirió
complicidad, cooperación y sobornos a varios oficiales de prisión de alto
rango, policía y demás autoridades del gobierno; se calcula que el costo para
el narcotraficante fue de 2.5 millones de dólares. A las 11:35 de la noche, se
notificó al alcaide de la cárcel que la celda de El Chapo estaba vacía y se
produjo el caos.
Cuando la noticia de su fuga llegó a la prensa, el gobierno mexicano lanzó una
red de captura sin precedente, la búsqueda militar más extensa que el país
había montado desde la época de Pancho Villa”.
Otras versiones que
Hogan no incluye en su libro apuntan que la búsqueda de El Chapo Guzmán durante
los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón formaron parte de una farsa, una
madeja de ficción. Siempre que la policía o el Ejército
arribaba al sitio donde, supuestamente, Guzmán Loera se encontraba, el
narcotraficante ya se había ido. Un alto funcionario mexicano dijo en una
ocasión: “Cuando arribamos a uno de sus escondites todavía encontramos el café
caliente”.
Sonaba ridículo, pero
la realidad es que los gobiernos panistas siempre los protegieron y le
avisaban, con anticipación, cuando los operativos se dirigían hacia
determinados sitios.
El gobierno de Estados
Unidos, de acuerdo con Hogan, si emprendió una intensa búsqueda para localizar
y capturar a Guzmán Loera, aunque durante años tuvieron poca cooperación de
parte del gobierno mexicano.
Cuenta Hogan:
“El presidente de Estados Unidos identificó a Guzmán y al
Cártel de Sinaloa como narcotraficantes importantes en el extranjero, de
conformidad con la ley Kingpin en 2001, que no era otra cosa más que la ley
para la designación de cabecillas del narcotráfico en el extranjero. El
gobierno estadunidense había ofrecido una recompensa de cinco millones de
dólares por información que condujera a su captura y el gobierno mexicano había
ofrecido una de sesenta millones de pesos”.
Según Hogan, alrededor de la figura de El Chapo circulaban
varios rumores: que el capo estaba preparando una cirugía plástica para
cambiarse la fisonomía a fin de que nunca lo reconocieran; otra versión
sostenía que el capo quería suicidarse antes que ser capturado con vida. En
mayo de 2003 se dijo que estaba viviendo en una cueva remota, una versión
mexicana de Osama bin Laden, pero en junio de ese mismo año también se dijo que
se movía libre como un pájaro por la Ciudad de México. Otro reporte de
inteligencia lo situaba escondido en Guatemala y regresando a México solamente
en algunas ocasiones, y en septiembre de 2004 huyó por poco antes de una
incautación de dos toneladas de mariguana y armas en la Sierra Madre.
Lo que Hogan deja en
claro es que la captura de El Chapo Guzmán, después de su primera fuga, sólo
fue posible por la decisión de Estados Unidos de aprehenderlo y las presiones
internacionales que se ejercieron hacia México por la abierta protección
oficial que se le otorgaba.
Cada generación tiene su figura criminal exuberante que vive
más allá del alcance de la ley, apunta la editorial Harper Collins Español en
el promocional del libro. Y cita a Jesse James, Billy the Kid, John Dillinger,
Al Capone, John Gotti y Pablo Escobar, los más avezados mafiosos de su tiempo.
Pero puntualiza: “Por cada uno de estos criminales, hay un Wyatt Earp, un Pat
Garrett o un Eliot Ness. Para Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, mejor conocido
como El Chapo, el capo de la droga más notorio del siglo veintiuno, ese hombre
es Andrew Hogan, Agente Especial de la DEA”, quien metódicamente se infiltró en
los círculos del cártel de Sinaloa para organizar la captura del capo más
poderoso del mundo.
El libro de Hogan nos
da cuenta de cómo se organizó la captura de Guzmán en México y cómo operó el
gobierno estadunidense para efectuarla. Quizá la historia que falta por contar
es cómo fue protegido el capo sinaloense, cómo el Ejército, la Marina y la
Policía Federal –guardianes del crimen organizado –protegieron en el pasado a
este personaje, cuya biografía, de contarse, pondría a temblar a toda la clase
política mexicana, a exprocuradores y a altos mandos de las Fuerzas Armadas que
figuraron –o figuran –en la nómina del cártel de Sinaloa, sin cuya protección
dicha organización criminal no habría podido alcanzar los niveles de
crecimiento descomunal que ha logrado en pocos años.
El narco sin protección
política es impensable. Detrás de cada Cártel hay una cauda de políticos
implicados en su protección. Y muchos de ellos están cómodamente sentados en un
escaño del Senado de la República o de la Cámara de Diputados, todos a salvo
por el fuero, blindados por el poder y la complicidad.
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