Dolia Estévez.
Pocos acontecimientos generan tanta expectativa como los
debates presidenciales. Reciben la cobertura que recibiría la selección
mexicana si se enfrentara al equipo estadounidense en las finales de la Copa
Mundial. Pese al alboroto, el impacto de los debates no está probado y, en el
mejor de los casos, es limitado y cortoplacista. Son llamaradas de petate.
Basta ver el primer debate. La comentocracia mexicana
concluyó que el ganador fue Ricardo Anaya. El breve repunte que el panista
registró en las encuestas se le atribuyó al buen desempeño que tuvo frente a
sus rivales. Pero la racha alcista de Anaya no duró. A cinco días del segundo
debate presidencial, Andrés Manuel López Obrador ha vuelto a ganar terreno, de
acuerdo con el Barómetro Electoral de Bloomberg (SinEmbargo 05/15/2018).
Politólogos
estadounidenses han advertido contra el riesgo de exagerar la influencia y el
beneficio que puedan tener los debates en las democracias electorales. Observan
que no hay mediciones científicas sobre sus efectos verdaderos. Existen
estudios que indican que no es fácil para el electorado formarse criterios
válidos en base a mensajes y versiones de hechos diametralmente opuestos. Los
estudios también muestran que tienden a exacerbar la polarización de la
narrativa política.
Son espectáculos
visuales superficiales más que verdaderos intercambios de ideas. La gente se fija en la apariencia
física de los debatientes, en la ropa que visten, el lenguaje corporal que usan
y la habilidad de palabra que tienen. Cuenta más la percepción que proyectan
que la viabilidad de sus propuestas. Importa más la forma que el contenido, las
frases sucintas de 140 caracteres que conceptos elaborados. Casi siempre el
debate inaugural genera más entusiasmo y audiencia que los siguientes.
Suelen ser más
importantes para los candidatos que van a la zaga en las encuestas que para el
puntero. En tanto que tienen menos que perder son
más agresivos y toman mayores riesgos.
El domingo, se espera
que el puntero vuelva a ser blanco de sus tres rivales que tendrán un objetivo
común: reducir su amplia ventaja. La misión de Anaya, Meade y El Bronco será
meter zancadillas, exagerar inconsistencias y hacer enojar a López Obrador.
Todos unidos contra AMLO.
Los seguidores devotos
de AMLO seguirán siendo sus seguidores al margen de cómo le vaya el domingo.
Sólo un resbalón extraordinario o un comportamiento que sea percibido como
insólito podría afectar irremediablemente sus aspiraciones, escenario poco
plausible tomando en cuenta las millas políticas que lleva recorridas. Según la
mayoría de las encuestas, AMLO tiene una ventaja sólida y consolidada.
En Estados Unidos, donde los debates están más arraigados en
la cultura electoral que en México, pueden jugar un papel importante sobre todo
si la contienda es cerrada. Según los analistas, al presidente George Bush
padre le hizo mucho daño consultar constantemente el reloj en el debate con un
agresivo y mejor preparado Bill Clinton. Bush perdió su reelección. Y a Al Gore
le perjudicaron los suspiros de fastidio que se escucharon por los micrófonos
cuando confrontó al presidente George W. Bush. Gore perdió.
Los debates son
precedidos de un pre-debate sobre los moderadores. Al margen de las acaloradas
opiniones en las redes sociales respecto al carácter chayotero, chayotero a
medias, o no chayotero de los moderadores, es un contrapropósito que el
INE–institución que padece de déficit de credibilidad realice la selección. Esa
prerrogativa debería tenerla un órgano ciudadano autónomo, independiente y
representativo.
Estados Unidos es referencia obligada. Una organización sin
fines de lucro llamada Comisión de Debates Presidenciales (CPD, por sus siglas
en inglés) decide el formato y el lugar de los debates presidenciales y
vicepresidenciales, así como la selección de los moderadores. El criterio para
esto último es que los seleccionados conozcan bien los temas y tengan amplia
experiencia en televisión. Otra consideración es que haya equilibrio de género,
raza y de tendencias políticas. Los
moderadores deciden el repertorio de preguntas sin la intervención o previa
aprobación de la CPD. Los debates, que no son obligatorios, son financiados por
donaciones de fundaciones y empresas privadas.
La CPD está gobernada por una junta de notables integrada
proporcionalmente por miembros del partido Demócrata y Republicano. En 2000, la CPD estableció como condición
para participar en los debates una preferencia mínima de 15 por ciento en las
encuestas nacionales. De aplicarse ese criterio en México, Margarita y El
Bronco hubieran quedado descalificados.
A diferencia de los Juegos Olímpicos o del Premio Nobel, en
los debates no hay jurado que decida quién ganó. Es una prerrogativa que, para
bien o para mal, se autoadjudica la comentocracia. Escudriña y analiza,
descalifica y aprueba, y dictamina. Hay fallos más honestos o menos sesgados
que otros. En todo caso, el único que cuenta es el que emita el electorado el 1
de julio. Para entonces, pocos se acordarán de los famosos debates. Habrán
pasado al anecdotario nacional por lo que son: un entrenamiento dominguero más.
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