Jorge Javier
Romero Vadillo.
Estamos ya
casi a la mitad de la campaña presidencial y el tema educativo apenas si se ha
asomado al debate. A diferencia de hace seis años, cuando un vigoroso
movimiento social, diverso en lo ideológico y en sus propuestas, construyó una
confluencia notable para poner en el centro de la discusión de entonces el tema
de la baja calidad de la educación mexicana y logró un diagnóstico compartido
del que se derivó un proyecto en torno al cual se le pidió a los candidatos de
entonces definirse, ahora buena parte de las organizaciones civiles que
entonces impulsaron el cambio parecen atrincheradas en la defensa de lo
conquistado con la reforma de 2013 y no han sido capaces de hacer un análisis
crítico de sus resultados.
La actitud
de defensa acrítica de la reforma que parece prevalecer entre las
organizaciones civiles enfocadas al tema educativo ha sido alimentada, en buena
medida, por los dichos reiterados de Andrés Manuel López Obrador sobre su
intención de “cancelar la mal llamada reforma educativa”, clamor radical
destinado a ganarse el favor de buena parte del magisterio inconforme con el
sistema de evaluación derivado de la Ley General del Servicio Profesional
Docente, inconformidad que no se reduce
a la mostrada por la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación,
sino que está presente en buena parte del personal docente del país, por más
que la dirigencia domesticada del sindicato oficial la haya enmascarado.
La manera en la que López Obrador ha
planteado su rechazo genérico a la reforma hace necesario preguntarle si con
cancelar quiere decir que se volverá al sistema de compra venta de plazas, a
los nombramientos de directores y supervisores como premios a la lealtad
sindical o a la pertenencia a redes de clientelas de la burocracia educativa;
si por revertir la reforma entiende regresarle el control de la carrera de los
maestros a los líderes sindicales para que estos los usen como redes de apoyo a
sus intereses políticos.
Pero la defensa de la reforma
constitucional –incluido el mandato de someter a todo el sistema educativo a
evaluación permanente– no debe ser un pretexto para dejar de criticar lo que se
hizo mal o muy mal tanto en las leyes reglamentarias como en la puesta en
marcha de la reforma.
Y es que la reforma nació
contrahecha. Como he escrito en diferentes ocasiones, todo el proceso ha sido
tacaño con los maestros y la ley del servicio profesional docente se diseñó
solo en torno a un sistema de incentivos negativos, fundado en la evaluación
que no sin razón ha sido llamada punitiva.
Los que pergeñaron la ley no pensaron
en la creación de un auténtico sistema de promoción en la función, donde los
buenos resultados de desempeño se reflejaran en ascensos de categoría y nivel;
la ley es prolija en la descripción de las consecuencias negativas de la
evaluación, pero cuando se trata de promoción en la función lo manda todo a un
programa que no es otra cosa que la sustitución de la vieja “carrera
magisterial”,
derivada de la fallida reforma de 1992, un paquete de estímulos económicos.
La ley resultó omisa a la hora de
crear un auténtico escalafón de ascensos que lleve a los profesores a tener no
solo mejores salarios en la medida en la que suban de nivel, sino a construir
una jerarquía profesional que impulse los liderazgos basados en el mérito y la
dedicación.
Solo López
Obrador ha puesto, aunque sea de manera negativa, el tema de la reforma
educativa en el centro de su agenda. Meade y Anaya han sido más bien reactivos:
el priísta no ha hecho sino defender sin
crítica alguna lo hecho en este gobierno, mientras el panista ha dicho que
mejorará la “implementación” de la reforma. Desde las organizaciones civiles
tampoco han surgido propuestas encaminadas a revisar lo hecho y a plantear
cambios que lleven a que la reforma cuente con el apoyo de los profesores,
quienes necesariamente tienen que concretarla.
Ya veremos
si el próximo 8 de mayo la nueva edición de 10 por la Educación resulta un foro
donde se lleve a los candidatos a hacer explícitas sus ideas no solo sobre la
reforma sino sobre el futuro educativo o si se convierte meramente en una
plataforma para defender sin crítica la legislación actual frente a las
amenazas que advierten al modelo de evaluación tomado del movimiento surgido
hace treinta años en los Estados Unidos y que no ha dado tan buenos resultados
como muchos de los personeros de la sociedad civil creen.
Esta semana
el tema educativo logró abrirse un resquicio en la discusión electoral como
consecuencia de la transmisión de un spot de la organización Mexicanos Primero. El reclamo propagandístico desató la
polémica por la utilización de niños y por hacer un llamado a votar por “el
candidato que apoye la transformación educativa”, esto último, desde mi
perspectiva, en flagrante violación de la legislación electoral, aunque
finalmente la comisión correspondiente del INE lo dejó pasar.
Si bien me parece que la ley es en
extremo restrictiva, creo que esta se debe acatar, por lo que no estoy de
acuerdo con la difusión del anuncio. Empero, tuvo un resultado positivo: la campaña de Andrés
Manuel López Obrador respondió con un
spot en el que, por primera vez, acota los términos de la reversión de la
reforma que propone y los centra en la ley del Servicio Profesional Docente y
en la del Instituto Nacional de Evaluación de la Educación.
No se trata ya de una cancelación
absoluta, sino de una reforma que no trastoca los términos constitucionales.
Ahí es donde debería centrarse hoy la discusión, pues de lo que se trata es de
transformar las capacidades de los maestros realmente existentes. Una carrera docente que premie el esfuerzo,
acompañada de un sólido sistema de capacitación permanente y por la
transformación del caduco sistema de formación de profesores en las Escuelas
Normales, incapaz ya de producir los maestros con las competencias que un
sistema educativo eficaz requiere.
Una reforma que haga de los
profesores unos profesionales bien capacitados, con buenas remuneraciones y con
la consideración social que merecen, no una que los siga considerando los
villanos culpables del desastre.
Esperemos que, en el último debate
entre los candidatos, el 12 de junio, cuando se aborde este tema crucial, se
les hagan las preguntas pertinentes y que entre los contendientes se abra una
auténtica discusión sobre lo que debe permanecer y lo que debe cambiar de lo
hecho en este gobierno.
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