Jesús Robles Maloof.
Cómo millones de personas vi el debate presidencial con la
esperanza de respuestas. No las encontramos. Aunque el formato mejoró, el
contexto de la competencia hizo que los ataques prevalecieran. La interpelación
subida de tono puede funcionar para aclarar puntos controvertidos o develar por
las respuestas, la personalidad de un aspirante.
Cuando los ataques caen al nivel de
cuestionar la edad, el acento, o las características físicas de un aspirante,
la contienda electoral se hunde y polariza a la sociedad. La violencia se
instala y crece hasta propagarse creando escenarios propicios para la
violencia.
La canallada de José Antonio Meade
que habló de la defensora de derechos humanos, Nestora Salgado, como
secuestradora, forma parte de la violencia de Estado hacia la disidencia que ha
caracterizado a los gobiernos de Calderón y Peña Nieto. En ese nivel de
desesperación está el priismo.
Más empoderado por ser mejor polemista, Ricardo Anaya hizo de la confrontación a Andrés Manuel su estrategia
central. Llevándola a niveles de aproximación física que nos recordó a Trump en
los debates norteamericanos. AMLO respondió con chascarrillos que no elevaron
el nivel del debate, pero al menos no lo tensaron más.
Nos quedaron a deber. Con esa idea y con una sensación de malestar
me fui a la cama en las primeras horas del lunes. En mi sensación de malestar
había algo que no estaba relacionado con lo evidente. No podía comprender que era,
pero algo que vi y que no me gustó se quedó rondando en mis reflexiones.
Dormí poco. Desperté a
las 5 horas del lunes recordando que esa sensación de malestar la había vivido
en noviembre de 2014, cuando Peña Nieto en un apresurado discurso, llamaba a la
unidad y descalificaba la protesta en plena crisis por la desaparición forzada
de nuestros 43 normalistas de Ayotzinapa. En aquella ocasión descubrí que mi
malestar estaba relacionado con unos gestos de rabia justo cuando hablaba de
paz y que solo pueden percibirse en cámara lenta. Escribí en el Rostro de Peña
Nieto sobre esos hallazgos.
Eran ya las 5:30 horas y tal y como lo hice hace cuatro años,
regresé al video del debate en búsqueda
de las claves de mi malestar. Justo después que Andrés Manuel muestra la
portada de la revista Proceso del fin de semana pasado que alude a la riqueza
de Ricardo Anaya, el panista mostró dos portadas que hablan de José Meade y de
AMLO. Me detuve ahí. Su sonrisa me perturbó.
Siendo un político que se desenvuelve
bien ante las cámaras, me he dado cuenta de que la sonrisa exagerada y a veces
notoriamente fingida, habla de lo que no es evidente. Pensando en esa sonrisa, la primera
vez no aprecié la disparidad entre las portadas que mostraba, pero al ver el
video más despacio advertí que a la primera le faltaba el cintillo, propio de
todos los ejemplares de la Revista Proceso. Fui a buscar la edición original y
advertí que el cintillo recortado decía “El Frente de Anaya también recluta
fichas negras”.
¿Cómo es posible que un candidato
presidencial presente a su favor una portada de Proceso alterada frente a
millones de personas? ¿En serio Anaya pensó que no nos daríamos cuenta?
Entre el tiempo que me llevó verificar la información dos o
tres veces y publicar en Twitter el hallazgo, me atrasé en mis tareas matutinas.
Aunque me pareció grave, nunca pensé el revuelo que mi observación causaría.
“Para el medio día mi tuit había sido replicado miles de
veces y varios medios tenían notas al respecto. Santiago Igartúa periodista de Proceso había ya entrevistado a Anaya en
el aeropuerto sobre el tema a lo que contestó, “que no sabía de qué le hablaba.”
“… que no polemizaba con medios…”
Para esa hora Álvaro
Delgado confirmaba la manipulación y recordaba que el cintillo que Anaya
mutiló, aludía a un reportaje suyo titulado “Políticos de turbio historial se
van con Anaya” dónde documenta el espacio político que ocupan personajes como
Héctor Serrano, Alejandro Chanona, Dante Delgado, Cuauhtémoc Velasco y Dante
Delgado en el primer círculo de decisión de la campaña, y la pepena de pristas
para el Frente como Luis Octavio Murat y Manual García Corpus, el primero
sobrino de José Murat y el segundo Secretario de Gobierno de Ulises Ruiz, ambos
ex gobernadores oaxaqueños prístinos ejemplos del autoritarismo y corrupción en
México.
Como cereza del pastel, el reportaje
de Delgado habla de Chanito Toledo carta perredista para la alcaldía de Cancún,
a pesar de haber sido el principal operador financiero del Roberto Boge. Como las portadas de Proceso lo
muestras, los tres principales
candidatos tienen en sus filas a impresentables, pero al intentar defenderse
Anaya mutiló esa referencia, lo peor es que nos pensó incapaces de advertirlo.
Más tarde el revuelo daba alimentaba el posdebate. Sobre la
sonrisa de Ricardo Anaya que disparó mi alerta, Tere Carreón, una querida
amiga, me recordó una cita de Foster Wallace para quien fingir una sonrisa
cálida se debe a alguien que quiere conseguir algo de ti. Es deshonesto sonreír así porque es un simulacro de buena voluntad, que
hace que nuestras defensas bajen. Al parecer, no las mías.
No se puede mentir tanto y en tan
pocos meses y pensar en ser electo presidente. No con el cinismo de quien le
reclamaba a AMLO que sus asesores no le preparaban bien las láminas.
Este miércoles Álvaro
Delgado siguió a Anaya hasta un acto de campaña en Colima para inquirirlo sobre
la manipulación. El candidato declaró finalmente:
“No, esa no era mi intención en
absoluto. Lo que quería mostrar es que también había portadas de ellos. Yo pedí
las fotografías y fue así como me las pusieron. (Fue) mi equipo y sin afán de
engañar a nadie”.
Si no buscaban engañar a nadie ¿Qué
otra intención existe al eliminar una referencia negativa? Simplemente no
existe. Su respuesta no es aceptable.
Supongamos como es muy probable, que
Ricardo Anaya no haya elaborado la lámina. Esto derriba de entrada un dicho sobre
él, que es meticuloso y disciplinado. Cualquier político se prepara y revisa sus < materiales.
Pensemos en que se le pasó. Ok. La única
respuesta posible era responsabilizarse de haber presentado una lámina
manipulada sin su aprobación y haber despedido a los colaboradores
responsables.
Puede el hecho ser menor y pasar como una anécdota más de la
marrullería política a la mexicana, pero creo que es revelador de su carácter y
del liderazgo que imprime en su equipo. Si
la trampa y la manipulación no se castiga, en política significa que se
permite, que se alienta.
En el improbable caso que llegue a la presidencia, esta anécdota se sumará al caudal de
acusaciones de plagio, de opacidad, de trampa y de gusto por el dinero rápido
que caracterizan su carrera política y eso vaya que me parece revelador.
Desde el lunes he escuchado la afirmación “es normal que los políticos mientan” pero
siendo en esencia cierta ¿No es parte del problema? ¿Acaso debemos
acostumbrarnos? ¿No es parte de lo que queremos cambiar? Que sigan mintiendo si
lo deciden, pero asegurémonos que tenga consecuencias.
Mi único mérito aquel día, haber madrugado. Era cosa de horas
para que alguien más lo notara. Cuando mientes ante millones, no hay
escapatoria, caerás. Más temprano que tarde.
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