Javier Risco.
Lo único que recuerdo del primer discurso de Ernesto Zedillo
como candidato del PRI a la presidencia, en 1994, era el tono de su voz. Lo
recuerdo porque era radicalmente diferente a la de Luis Donaldo Colosio, la voz
de Zedillo no despertaba el menor sentimiento, no encendía a ningún público y
mucho menos transmitía el mensaje. Su voz era aguda, plana e institucional,
pero bueno, era una época en la que lo único que necesitaba el candidato
priista para llegar a la presidencia era mantenerse vivo. Con cuadros y bases
sanas y aceitadas no se requería un personaje carismático, sino uno que se
adaptara al guion del poder, aún pesaba la maquinaria que con el fantasma de la
caída del sistema y la inexplicable 'salida' de Diego Fernández de Cevallos
mantendría al PRI oootros seis años más en Los Pinos.
Ahora he estado viendo los discursos de campaña de los
candidatos –excepto del Bronco, no logré rastrearlos–. ¿Usted reconoce a algún
candidato con las características del expresidente Zedillo a la hora de
comunicar?
Ricardo Anaya actúa
como un tipo estructurado, pragmático y sin pasiones, es incapaz de regalarnos
algo fuera del guion, su tono no sube ni baja, habla sin parar, sonríe a medias
y es capaz de llenarte la cabeza de datos que difícilmente recuerdas cinco
minutos después.
José Antonio Meade es
un excelente vendedor de seguros: convence con cifras, acorrala con argumentos,
pero resulta que la compañía que representa tiene fama de robarse el dinero de
los clientes y nunca pagar un seguro, la desconfianza de lo que representa mata
cualquier aspiración.
Andrés Manuel López
Obrador, que repite un discurso monotemático lleno de propuestas vacías y de
cómos inconclusos; eso sí, habla en el lenguaje de la gente y los convierte en
el centro de la conversación. Se repite y recicla discurso, pero consigue fijar
en sus oyentes una idea. Sin embargo, tras el desastre de dos sexenios
compartidos por Acción Nacional y el Revolucionario Institucional, la salida de
un cambio, el que sea y cómo sea, lo mantiene 20 puntos arriba.
Ya no es con discursos bonitos llenos de cifras como se está
convenciendo al electorado. Ya no son aquellos hombres preparados y de traje
los que seducen a la gente, sino aquel que se hace parecer a uno de ellos.
A Andrés Manuel los debates le han servido de poco, impulsos
que han cambiado la conversación un par de días, pero que no han influido en
las tendencias electorales, ganadores y perdedores morales en una contienda
basada en el hartazgo.
Luis Carlos Ugalde,
experto en temas electorales, habla de un cansancio por parte de los votantes,
la confrontación cambia de escenario, pero no de sustancia, tras un bombardeo
masivo de descalificaciones estamos convencidos de que no votaremos por un candidato
capaz, honrado y empático, sino por el que tenga menos defectos soportables.
Los discursos ya no tienen que hacerlos sentir los más
emocionados o convencidos… basta con no tener a un candidato que les hable y
les provoque pensar en cinismo o en que les miente.
La periodista Gabriela Warkentin trata de encontrar sólo una
respuesta en cada uno de los candidatos ¿Qué narrativa nos quieren contar?
Hasta el momento me cuesta trabajo contestar esta pregunta, la única que
reconozco, por lo evidente, es la del candidato de Morena, que representa el
antisistema a través de una honestidad irreductible. ¿Así será? No lo sé; sin
embargo, es la historia que nos cuenta cada que le ponen un micrófono enfrente.
¿Qué historia cuentan Anaya o Meade?
A pesar de su evidente
dominio de la escena pública, Anaya es un candidato que le habla del futuro a
quienes no saben cómo lidiar con su hoy, que le habla de progreso y de
tecnología a quienes primero deben preocuparse por comer, le habla a un México
que desconoce y con el que no mantiene contacto.
Meade, en cambio, es
más técnico y menos ‘futurista’, pero en su discurso hay promesas que el
presente y el pasado de quienes lo rodean lo desmienten al instante. Resalta su
honradez, pero con un chaleco rojo que a la gente sólo le da un mensaje:
corrupción.
Hablarle a la gente en un debate o en un mitin no nos va a
mostrar quién será un mejor presiente, pero sí nos está contando la historia de
lo que ya estamos cansados de escuchar.
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