Francisco
Ortiz Pinchetti.
Es verdad
que los mexicanos debiéramos votar con la razón y no con las vísceras el
próximo domingo primero de julio. La decisión sobre en manos de quién dejar el
mando de la Nación debiera ser fruto de una reflexión seria, serena y profunda
y no de un arrebato de coraje o de revancha necesariamente sesgada por el
encono.
Lo que sorprende es que quien hace un
llamado a ese voto razonado sea precisamente quien ha provocado que millones de
ciudadanos estén enojados y se inclinen en efecto por un voto más visceral que
inteligente, pero
que tienen demasiados motivos para hacerlo. El rencor y el hartazgo son factores que inevitablemente van a incidir
en el resultado de la elección presidencial cuyo sentido se vislumbra en la
mayoría de las encuestas de opinión publicadas hasta ahora.
Enrique Peña
Nieto pidió el miércoles pasado en Monterrey no votar con la víscera, sino con
la razón. Su invitación suena a sarcasmo tratándose del personaje central del coraje
nacional, responsable finalmente no solo de sus acciones y las de su gobierno
sino también de su incapacidad para informar cabalmente a la población sobre
las razones y los alcances de las medidas tomadas durante su mandato. Es
decir, en lugar de dar y difundir de
manera eficaz razones y explicaciones, y aceptar las críticas, optó por comprar
la incondicionalidad de los medios privilegiados, entre los que repartió más de
44 mil millones de pesos.
Una política de comunicación oficial
que ha privilegiado la compra de voluntades y de lisonjas sobre la información
veraz, oportuna y convincente, y aun autocrítica, ha dado al traste hasta con
acciones que evidentemente son positivas y logros que nadie le pudiera
regatear. El presidente pide ahora que
se reconozcan los logros de su gobierno, cuando él mismo ha hecho todo lo
posible por que no se hayan valorado cabalmente.
En Monterrey
llamó a reconocer que sí hay avances en su gestión, y dijo que cada elector
deberá analizar si está o no mejor. “Hay que imponer la razón para darnos
cuenta si estamos hoy mejor”, indicó al clausurar la Asamblea de la
Confederación de Organizaciones Ganaderas en la capital neolonesa. Insistió en
que se valore si ha habido progreso, “si hemos sido sujetos de beneficios y
apoyos que nos permitan tener una mejor calidad de vida”. Presumió que el
crecimiento económico acumulado durante su gestión es del 13 por ciento, casi
el doble que el siete por ciento de Felipe Calderón y el seis por ciento de
Vicente Fox.
Por supuesto
que hay logros importantes en el sexenio que termina, como las diversas
reformas estructurales, la estabilidad económica y la que parece inminente
renegociación exitosa del Tratado de Libre Comercio con Estado Unidos y Canadá.
Sin
embargo, la opacidad que oculta muchas decisiones de gobierno, el incremento de
la inseguridad y la violencia en el país, los indicios probados y no probados
de corrupción a gran escala durante la
actual administración, su protección evidente a sujetos de probada conducta
delictiva como el ex gobernador de Chihuahua César Duarte Jáquez, el titubeo
frente a las amenazas de Donald Trump y sobre todo el nunca suficientemente
explicado y justificado aumento a las gasolinas, entre otras cosas, han incidido en una drástica caída de la
popularidad de Peña Nieto a niveles del 20 por ciento a probación, la más baja
de presidente alguno. (En contraste, Fox terminó su mandato con un 67 por
ciento de aprobación y Calderón con un 49 por ciento).
A cincuenta
días de las elecciones, Peña Nieto intenta dar un vuelco a su imagen pública
para aminorar el efecto negativo que tiene en la intención del voto, según
diversas encuestas. Intenta ahora mirarse mucho más jovial y cercano a la gente
y hace el llamado a no votar con la víscera sino con la cabeza, consciente por
supuesto que un muy alto porcentaje –quizá
la mayoría—de los votos posible que pudiera obtener Andrés Manuel López Obrador
se deben precisamente a la percepción que la gente tiene de su presidente y al
coraje que provoca.
Me temo que es demasiado tarde para
enmendar las pifias cometidas a lo largo de cinco años, sobre todo cuando el
encono en su contra, lejos de amainar, parece crecer cada día, de modo que
declaraciones como la que aquí refiero vienen a ser contraproducentes: cada día
los ciudadanos están más encabronados.
Y lo peor de
todo para él es que a todo lo anterior se suma ahora el coraje de quienes están
conscientes de la responsabilidad que el propio Peña Nieto tiene en la
eventualidad nada lejana de una victoria del pelotero de Macuspana en los
comicios, con todas las consecuencias que ello implique. Es decir, también
millones que no quieren que el tabasqueño llegue a la Presidencia de la
República culpan al presidente de esa eventualidad. Y lo hacen con la cabeza… y
con las vísceras.
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