Jorge Zepeda Patterson.
Tengo un
amigo que revisa lo que le depara su signo zodiacal antes de poner un pie en la
calle. Si no le gusta lo que le espera según el zodíaco del día, simplemente
consulta el de otro periódico. Con las encuestas sucede algo similar. ¿Le
incomoda que López Obrador tenga ventaja de 18 puntos según el diario Reforma?
Fácil, busque la de El Heraldo en la que Meade viene respirándole en la nuca,
aunque sospechemos que sea una encuesta a modo.
El 1 de julio López Obrador se
convertirá en presidente electo de este país, a menos que sus adversarios
convenzan al respetable público de que la ventaja del tabasqueño está
disminuyendo significativamente. Si el candidato de Morena llega con un margen
a favor de diez o más puntos a una semana de las elecciones, no habrá manera de
que alguien le gane sin que se considere, en la práctica, un golpe de Estado. Más aún, si la gente da por sentado
que López Obrador va a ganar, lo más probable es que lo haga con una distancia
aún mayor, porque a muchas personas no les gusta votar por un perdedor.
Por el
contrario, si se extiende la percepción de que Ricardo Anaya ha disminuido la
diferencia de manera significativa, se filtra la posibilidad de arrebatarle el
triunfo al tabasqueño. Sea porque, en efecto, el panista alcanzó y rebasó en el
último instante o, simplemente, porque al sistema le basta que exista esa
percepción para hacer verosímil un fraude. Es decir, la percepción como
coartada.
¿De qué
depende la noción que abrigue el votante sobre las posibilidades de triunfo o
fracaso de los candidatos? La respuesta lógica dirá que, de la conversación
pública, de la propaganda, del juicio que hagan las redes sociales sobre el
devenir de las campañas, de los aciertos y desaciertos de los contendientes.
Pero en una campaña tan larga en la que todos esos factores han operado hasta
la saciedad sin alterar la posición del puntero (López Obrador), da la sensación
de que el resultado no va a cambiar a menos de que se convenza a la gente de
que ha cambiado. En otras palabras, si no puedes cambiar la realidad, cambia la
percepción que se tenga de esa realidad.
Y allí es
donde entra la batalla por las encuestas. En teoría, las encuestas son un
reflejo de la opinión pública. Pero, a su vez, las encuestas redefinen a la
opinión pública. Si uno observa un partido de futbol durante algunos instantes
podrá pensar que determinado equipo va ganado, pero es sólo cuando miramos el
marcador que advertimos lo que en realidad está sucediendo. Las encuestas son
el marcador de las campañas. Con una diferencia: los goles en la cancha son
hechos reales una vez que son avalados por el árbitro, los números en las
encuestas son percepciones.
Por esa
razón hay encuestas para todos los gustos. Hay las que afirman que Meade
todavía le disputa la segunda posición a Anaya e incluso las que lo ponen por
encima del panista; otras, por el contrario, dan cuenta de una caída continua e
irreversible. Hay encuestas que muestran que la ventaja de López Obrador es
inamovible, otras que afirman que Anaya está recortando la distancia.
Los cuartos
de guerra de las campañas han llevado la batalla al terreno de las encuestas.
Tratan de negociar con las casas encuestadoras para generar resultados
favorables a su causa y están dispuestos a pagar en oro cada dígito ventajoso.
Y una vez que observan un resultado conveniente, gastan fortunas en los medios
para cacarearlo y convertirlo en “dato duro”, en argumento para impactar en la
percepción del público.
Desde luego
hay encuestadoras buenas, malas y regulares, eficientes e ineficientes,
corruptas y honestas. El problema es saber quién es quién, sobre todo porque la
difusión de los resultados no depende de la calidad de la marca encuestadora
sino de la maquinaria de propaganda del partido al que le convienen determinado
resultado.
Hay tanto en
juego y tales fortunas involucradas que incluso hay instituciones dispuestas a
tirar la reputación, cualquiera que ella sea, a cambio de una tajada del
pastel.
Por ello es
interesante el ejercicio que Bloomberg y El País (cada uno por su cuenta) han
hecho para presentar una nueva herramienta: un modelo que promedia todas las
encuestas, pero dándoles un valor en función de la calidad de cada casa
encuestadora (metodología, récord en elecciones anteriores, etc.). Una especie
de curaduría de sondeos y encuestas. Un vistazo ponderado de lo que en realidad
está sucediendo en el terreno de la intención de voto.
La próxima
ocasión que veas una encuesta de temas electorales cuyo resultado no te gusta
simplemente entra a la Web y busca la que más te cuadre. Pero si prefieres
tener una idea de cómo anda el marcador, échale un ojo a la de Bloomberg, sea
para festejar o para espantarte.
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