Raymundo Riva Palacio.
La información cimbró a muchos la semana
pasada. Más de mil aspirantes a cargo de elección popular a nivel federal, así
como a presidencias municipales y diputaciones locales, decidieron desistir de
su objetivo. El dato salió del Instituto Nacional Electoral. La mayoría, se
reportó sin precisiones, era por la inseguridad y el temor a perder la vida. ¿En
qué país se da un volumen tan alto de renuncias de candidatos a cargos de
elección popular como la opción para mantenerse vivos? En ninguno, de acuerdo
con los buscadores en internet. “Este es el proceso más violento”, declaró
a la agencia alemana de noticias DPA Rubén Salazar, director de la consultora
de análisis de riesgo Etellekt, que difundió la semana pasada su cuarto informe
de violencia política.
El informe,
que sirve de sustento a las afirmaciones de Salazar, señala que durante los primeros ocho meses del proceso electoral –que
arrancó en septiembre pasado–, se han contabilizado 305 agresiones directas e
indirectas contra actores políticos y sus familiares, de las cuales en 93 casos
han sido asesinados –35 eran precandidatos y candidatos–, principalmente a
nivel municipal.
En seis de cada 10 casos identificó
un modus operandi utilizado por el crimen organizado, con la participación de
grupos armados, violencia extrema, tortura y la utilización de armas de alto
poder. La consultora lo había diagnosticado. En su tercer informe, que abarcó
del 8 de septiembre al 8 de abril, registró un “notable” crecimiento de
amenazas en contra de candidatos y estableció una correlación: la alta
concurrencia de puestos de elección con el aumento de violencia contra
políticos y candidatos.
Parecía ser
un tema cuantitativo: a mayor número de cargos en juego, los porcentajes de
violencia necesariamente iban a multiplicarse. Es decir, con más de tres mil
cargos de elección popular en disputa, las condiciones de inseguridad e
inestabilidad en varias regiones del país arrojarían un número de asesinatos en
porcentajes mayores. El análisis
cuantitativo, sin embargo, no permite conocer con certeza cuáles fueron los motivos
de los asesinatos con origen en el crimen organizado. Los asesinatos de este
tipo suelen responder a dos variables: o se negaron a pactar con los criminales
y empezaron a afectarles sus intereses, o negociaron con ellos y luego los
traicionaron. En este caso, resulta extraño que el crimen organizado se diera a
la tarea de asesinar preventivamente a decenas de candidatos o precandidatos.
Un seguimiento de los crímenes a
políticos durante este proceso electoral que ha hecho EjeCentral muestra que
los asesinatos se han concentrado en el centro del país, con incidencias
mayores en Guerrero, Veracruz, Oaxaca y Puebla. Los crímenes en estados con
fuerte presencia y violencia del narcotráfico, como Tamaulipas y Chihuahua,
suman números bajos, y en Sinaloa, donde hay un fuerte choque de cárteles, no
se ha registrado ninguno.
Esto lleva a otra hipótesis: que se
están aprovechando las condiciones de inestabilidad y tensión electoral para
viejos ajustes de cuentas. El caso que la ilustra es el de Abel Montúfar, candidato
a diputado local del PRI y alcalde de Coyuca de Catalán, asesinado la semana
pasada a manos, según Roberto Álvarez, vocero del Grupo de Coordinación
Guerrero, de la delincuencia organizada.
Pero Érit Montúfar, hermano del
malogrado político, afirmó en su funeral, según lo registró El Sur de Acapulco,
que el crimen había sido perpetrado por sus adversarios políticos. La
declaración le dio otro matiz a ese asesinato. Cuando Érit Montúfar fue nombrado
delegado de la Secretaría de Gobernación en febrero, resurgieron las
acusaciones contra él y su familia de ser talamontes y tener nexos con el
crimen organizado. Montúfar fue señalado hace tiempo de estar detrás de varios
asesinatos, entre ellos el de Juventina Villa, una líder ecologista, y su hijo,
en 2012. Él siempre
lo negó, pero reconoció que existe un viejo diferendo de su familia con los
ecologistas y el Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI), que
degradó su lucha social y se volvió una narco-guerrilla. Uno de los asesinos de la activista, Tereso Díaz Núñez, dijo que la
habían matado por la disputa de territorios para la siembra, cosecha y trasiego
de droga, reveló en su momento el entonces fiscal estatal Iñaky Blanco.
¿Podría haber sido el asesinato del
candidato a diputado local una secuela de las viejas rencillas en Tierra
Caliente? De todos los Montúfar, de Abel no se hablaba como de alguien que
tuviera relaciones peligrosas o que se hubiera visto involucrado en episodios
criminales oscuros, como varios de sus familiares. Pero su eventual llegada al
Congreso, en la dinámica de ese choque entre enemigos a muerte en Coyuca de
Catalán, le ampliaba el poder político a la familia. ¿Cuántos casos similares
existen, donde no está clara la línea entre un crimen para conquistar espacios
territoriales y control sobre el mercado de las drogas, y donde las venganzas
son el detonante de asesinatos?
Es difícil
determinarlo con la información disponible hasta ahora. Pero abrir a más
posibilidades la explicación de los asesinatos de candidatos a puestos de
elección popular, no ayuda a la respiración. Subraya, en cambio, la terrible
debilidad institucional que priva en México, donde los grupos de intereses
violentos y armados pueden seguir cometiendo asesinatos sin que existan
inhibidores para semejantes acciones. Lo
que sí puede explicarse es que, si la violencia es rampante en contra de
personas tan prominentes, es porque existe la confianza de los asesinos de que
pueden cometer cualquier delito, porque es más fácil que se salgan con la suya
a que paguen por ellos. Es decir, una cara más de la impunidad, calamidad
nacional.
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