Javier Risco.
Ante lo
incivilizados de nuestros candidatos, ayer fueron aprobadas las “reglas de
civilidad” del próximo debate presidencial, que se llevará a cabo el próximo
martes 12 de junio en la ciudad de Mérida. Para este ejercicio, el Instituto
Nacional Electoral siguió con la tendencia de romper viejos formatos y apostar
por algo distinto; éste dará importancia a la voz de las redes sociales y los
cuatro candidatos con los tres moderadores (Gabriela Warkentin, Carlos Puig y
Leonardo Curzio) compartirán una mesa redonda, cuatro de un lado y tres del
otro.
Esta es la
tercera y última oportunidad de los presidenciables que están en segundo y
tercer lugar para intentar dar un golpe de timón tan contundente que logre lo
que en seis meses y medio no lograron: eliminar la amplia y aparente
irreversible ventaja en intención de voto que el puntero morenista ha mantenido
in crescendo desde el día uno. Es una hazaña que se antoja poco probable, pero
nada se acaba hasta que se acaba.
El tiempo
estimado de duración del debate es de 1 hora con 53 minutos y habrá seis
grandes temas: crecimiento económico, pobreza y desigualdad, educación, ciencia
y tecnología, desarrollo sustentable y cambio climático y, por último, salud.
Suena a una tarea casi imposible siquiera esbozar una idea clara, ni siquiera
pensemos en una propuesta elaborada para resolver los problemas a los que se
enfrenta México en estos temas, sin embargo, se hará el esfuerzo, habrá que
sumar el tiempo ocupado en descalificaciones, que no será poco.
Con este
escenario se han puesto reglas claras. La primera y la que más se discutió
entre los partidos fue el contacto físico, ninguno de los candidatos podrá
levantarse de su asiento sin importar que estén haciendo uso de la voz, o no,
para aproximarse a sus rivales, así que Anaya acercándose a López Obrador
quedará como un recuerdo del segundo debate, y un Bronco queriendo que todos
firmen una hoja, como ocurrió en el primer debate, no podrá suceder; todos
sentados y sin moverse de sus sillas, aunque habrá que decir que el contacto
será evidente por la dinámica de la mesa de diálogo. Está prohibido levantarse
de su asiento, pero no estirarse en su silla; creo que la confrontación será
mucho más directa con este formato.
Aunque es
cierto que estas escenas son aquellas que más quedaron en la mente de los
espectadores de los primeros debates, también es verdad que dado que el
objetivo principal de estas emisiones es la de conocer las propuestas de los
candidatos, limitarles la oportunidad del show y ceñirse a un formato que les
obligue a responder las inquietudes de los votantes, es positivo.
La segunda
regla de civilidad es la de la vestimenta: a pesar de tener una temperatura en
exterior de 28 grados a las 9 de la noche, hora del debate, los candidatos no
podrán usar guayaberas, deberán usar traje formal, sin embargo, el calor no
será una preocupación que los distraiga porque habrá aire acondicionado.
Otro de los
puntos acordados es la NO utilización de tablets, celulares o apoyos visuales
mientras los contrincantes realicen alguna intervención.
Si algo ha
caracterizado esta campaña es el uso de redes sociales. Los posibles votantes
ya no son pasivos que sólo reciben un mensaje y lo creen o no, así que la
dinámica de este último ejercicio de “contraste” en la que se incluyen
preguntas enviadas por redes, será uno de los sellos de la innovación que el
INE pretende imprimir.
Este tercer
debate será el último respiro para los que actualmente están entre 15 y 30
puntos abajo del puntero López Obrador, de mostrar que tienen algo distinto que
aún no han enseñado como el as bajo la manga para convencer del voto. De no
lograrlo, a 15 días de los cierres oficiales de campaña, ese martes, después de
las 12 de la noche, la frase de “este arroz ya se coció” será más una certeza
que una frase optimista.
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