Javier Risco.
El video que vi duraba
45 segundos. La imagen, aunque no es nítida, muestra el momento en el que un
hombre con la calma de alguien que lo ha hecho varias veces saca una pistola y
le dispara en la cabeza al candidato a diputado federal por el PRI, Fernando
Purón Johnston. Lo asesinaron mientras una mujer se tomaba una selfie con él
después de que participó en un debate en el Auditorio de la Universidad
Autónoma de Coahuila, en Piedras Negras.
La razón por la que las
redes sociales se inundaron de mensajes y por la que todos los medios retomaron
su asesinato fue porque las cámaras de seguridad captaron el momento, porque en
el caso de los asesinatos en este país la frase que describe nuestra actitud es
“ojos que no ven, corazón que no siente”.
Antes del candidato
priista, 111 políticos ya habían sido asesinados en este proceso electoral.
Según el recuento hecho por la Agencia de Noticias EFE, “28 eran precandidatos y
14 más candidatos a puestos de elección; el resto corresponde a alcaldes,
exalcaldes, regidores, militantes, dirigentes, exregidores, diputados, síndicos
y exsíndicos”.
Imaginen tener el video de cada uno de los asesinatos; de
emboscadas a las 12 del día, de comandos de la muerte esperando a los políticos
afuera de un restaurante, del tiro de gracia frente a familiares, de
arrodillados en sus propias casas. ¿La imagen mental no alcanza para la
indignación? No.
Ayer lo escribió claramente el panista Roberto Gil Zuarth a
través de su cuenta de Twitter: “El
cobarde asesinato del candidato del PRI a una diputación federal en Coahuila es
sumamente grave. Debió provocar la condena unánime de los demócratas. Poco se
ha dicho. Andan en sus campañas como si esto sólo afecta a unos. Por eso los
violentos triunfan con el miedo”. No se detuvo México ante el horror, otra vez.
Lo único que agregaría al tuit del exsenador es algo que he escrito hasta el
cansancio en esta columna: lo hacen porque la impunidad es el guardaespaldas de
los asesinos.
Luchar contra el terror
les valió acaso un tuit de indignación, nada más, mañana se pone otro
candidato, se lamenta el hecho, se condena y unas palabras para la familia. La
normalización de la violencia en su enésima edición. Sólo este proceso
electoral ya nos ha valido para casi perder la cuenta… pero los muertos se
acumulan mucho antes.
Todos condenan los
homicidios, el INE se pronuncia nuevamente y exige consecuencias… ¿y las
autoridades? ¿Y las acciones concretas? Sé que esta idea le parece descabellada
a todos los equipos en campaña porque es más fácil un discurso vacío a una
protesta real, pero ¿y si paráramos campañas hasta que haya al menos justicia
para alguno? Ya sé… impensable que alguien se tome en serio el pedir a las
autoridades justicia.
En unas horas es el
tercer debate presidencial, será en un rincón de este país, tal vez el último,
donde la violencia aún no pinta de rojo cada calle. Leía una extraordinaria
crónica de Alberto Nájar, reportero de la BBC, titulada: “Si se acaba el mundo,
me voy a Mérida: cómo se vive en la ciudad más pacífica de México”, donde
apuntaba la tranquilidad de la medianoche en Paseo Montejo. Algunos datos que
pintan este paraíso: el 72% de los yucatecos cree que su estado es seguro, la cifra
más alta del país. Y contrario a otros lugares, el número de delitos bajó 8.2%
este año; el 74% de los habitantes de Mérida, según el INEGI, confía en las
corporaciones policíacas; la tasa de homicidios es de 2.4 por cada 100 mil
habitantes. En estados como Colima, en el oeste del país, la cifra es de 84 por
cada 100 mil mexicanos.
Desde aquí los cuatro
candidatos verán un México que se derrumba, una violencia que acaba con todos,
ciudadanos, policías, políticos, periodistas… y harán lo mismo, seguirá el
lamento.
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