Adela
Navarro Bello.
No es una
práctica nueva, pero sí está en la médula priísta. La compra de votos es algo
inherente al Partido Revolucionario Institucional, es una característica sin la
cual no podría ser el partido que es. Tampoco es que sean los únicos en
utilizarla (he visto panistas comprando votos incluso en sus convenciones
internas), pero sí son quienes han llevado esa antigua habilidad política de
coerción electoral a ser el instrumento principal de una elección.
Para los priístas la compra de votos
es algo normal, natural, cosa de cada proceso electoral. Dinero a cambio de
votos. Así de llano. Les ha funcionado la entrega de despensas, incluso la
dádiva electrónica (tarjeteas 2012), pero nada como la vieja y efectiva compra
de votos en efectivo.
Lo que impresiona no es que intenten
comprar votos, sino el cinismo con el que lo hacen a plena luz del día, en
sedes partidistas, con aglomeraciones de personas. Las filas de ciudadanos que
en los últimos días se han visto a la espera de su turno para entregar una
fotocopia de su credencial de electoral a cambio de 500 pesos, y que en el
ámbito nacional han sido reportadas por el periódico Reforma entre otros, se
ven también en los estados y municipios. Cientos de miles de pesos en efectivo
que reparten los priístas en su intento por incidir en el resultado final de la
votación del 1 de julio de 2018.
La impunidad política le ha quitado a
los priístas el decoro y la prudencia. Si antes se escondían en sindicatos, o
presionaban para adquirir votos a través de esa política clientelar, ahora de
plano lo hacen abiertamente.
El PRI tiene el contexto para hacer
eso y más. Una condición de vida entre los mexicanos a la que han contribuido
directamente: la pobreza. De acuerdo al Coneval (Consejo Nacional de Evaluación
de la Política de Desarrollo Social), en México 43.6 por ciento de la población
vive en situación de pobreza, lo que significa –explican- que 4 de cada 10
mexicanos, son pobres. Más claro: 53.4 millones de ciudadanos están en
condición de pobreza, y 9.4 por ciento de ellos (5.02 millones), viven en
extrema pobreza.
El mismo
Coneval indica en cifras recientes, que para
el primer trimestre de 2018, el 39.1 por ciento de la población de México (más
de 132 millones) no tienen (ni perciben) ingresos suficientes para adquirir la
canasta básica alimentaria al mes, es decir que no llegan a obtener mil 42
pesos si viven en el campo, o mil 472 pesos si residen en la ciudad.
Precisamente
para esos mexicanos, obtener 500 pesos
en un día significa no solamente mucho, en ocasiones, todo, especialmente si
acuden por familia. Los priístas lo saben y están acostumbrados a lucrar con la
pobreza.
En el 2012, ofrecieron plásticos
recargables con dinero para comprar productos en mercados o hacer llamadas al
extranjero, desde cien pesos en tarjetas electrónicas que fueron entregadas en
comunidades rurales.
En esta
elección del 2018, con su candidato a la Presidencia de la República en un
lejanísimo tercer lugar de las preferencias electorales, en el PRI han sacado las más burdas artimañas electorales en un intento
por ganar una elección que de acuerdo a la sociedad participante, ya tienen
perdida.
De acuerdo a
la última encuesta, presentada por la Confederación Patronal Mexicana y la
Fundación Este País, y elaborada por Berumen e Ipsos, el candidato priísta José
Antonio Meade Kuribreña, tiene un 13.6 por ciento de intención del voto para la
elección del 1 de julio, contra un 21 por ciento de su más cercano competidor,
Ricardo Anaya Cortez, y un 41.7 por ciento del puntero en los sondeos, Andrés
Manuel López Obrador. Aun así, los
priístas están haciendo su intento por ganar la elección. Confían en dos
vertientes: en su estructura electoral, la misma que compra votos, presiona a
los electores, los acarrea el día de la votación, y en que la gente no salga
votar. Presienten que en una menor votación ellos llevan la de ganar, e intuyen
que confiados como están los morenistas, quizá no salgan a emitir su sufragio
porque “ya sienten que ganaron”.
En cualquiera de los dos escenarios
la compra de credenciales de elector por parte del PRI, aporta. Sea que quieren
las fotocopias para asegurar que el 1 de julio esos destinatarios de los 500
pesos les entreguen una prueba de su voto, o sea porque están intentando
desincentivar el ejercicio del voto.
La realidad
es que aun cuando en el PRI justifiquen que la entrega de ese recurso fue para
el pago de los gastos erogados por cada uno para acudir a un curso (todos a 500 pesos independientemente de
dónde fuese su origen geográficamente), es conocida y ha sido documentada la
compra de votos, en elecciones anteriores, en proceso electorales en los
estados de la República, y por supuesto y por naturaleza política, la elección
de 2018 no sería la excepción para un partido cuyos miembros y gobernantes,
están acostumbrados a lucrar con la pobreza de manera histórica.
Para
asegundar, desde el Gobierno Federal que encabeza Enrique Peña Nieto (acusado
él mismo en 2012 de compra de votos), lucran
con la justicia a modo.
Al tiempo que las huestes tricolores
fueron descubiertas entregando 500 pesos a cambio de copias de credencial de
elector, en redes sociales y medios de comunicación tradicionales, “apareció”
un video donde el hermano de un presunto socio de Ricardo Anaya en el caso de
lavado de dinero que se le sigue termina por confirmar las actividades
ilícitas. Coincidentemente, el senador (prácticamente ex panista, y muy cercano
al PRI), Ernesto Cordero, presentó al día siguiente una denuncia ante la
Procuraduría General de la República para que investigara, precisamente, a los
hermanos Barreiro y a Ricardo Anaya por lavado de dinero.
Por supuesto
que la SEIDO (Subprocuraduría Especializada de Investigación de Delincuencia
Organizada) de la PGR, recibió la
denuncia de hechos y las investigaciones han iniciado con celeridad, a
diferencia de las investigaciones sobre los sobornos de Odebrecht a un priísta
cercanísimo a Peña Nieto, como Emilio Lozoya, que se encuentran congeladas. O
aquellas indagaciones sobre la llamada “estafa Maestra” que documentó un desvió
de recursos federales por más de 7 mil millones de pesos, que ni siquiera han sido
formalizadas.
Lucrar con la pobreza, y lucrar con
la justicia a modo, utilizando las instituciones, es algo muy priísta.
Lo terrible es la impunidad con que
lo hacen, y la falta de certeza jurídica para castigarlos, sancionarlos. No se
vale que ante la desesperación de la derrota, se aprovechen de los más
necesitados, y pretendan aplicar la fuerza del estado contra los opositores.
Una pena que
las instituciones facultadas para investigar estén en manos de priístas, y más,
que aquellas entidades con cierto grado de autonomía para resolver al respecto
de las irregularidades electorales y en materia de abuso de poder y derechos
humanos, estén reaccionando a un presidencialismo cuyo partido va en tercer
lugar, y por lo tanto de salida.
¿Justicia? Ya se verá el 1 de julio.
No hay de otra.
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