Jorge Zepeda
Patterson.
Solamente
los seres que amamos están en condiciones de provocarnos un verdadero pesar,
dice un viejo aforismo. Una paradoja tan cierta como dolorosa. Pero también
funciona al revés en esos extraños giros que tiene la vida: el odio que alguien nos profesa puede
ocasionar beneficios tan inesperados como satisfactorios. Por ejemplo, los
votos adicionales que algunos multimillonarios están ofreciendo a Andrés Manuel
López Obrador.
En su desesperación por impedir el
triunfo del líder de Morena en las próximas elecciones presidenciales, media
docena de dueños del dinero han salido a la palestra para exhortar al público
en general y a sus empleados en particular a votar en contra de la opción
“populista”.
Alberto Bailleres el segundo mexicano
más rico (Peñoles, Palacio de Hierro, Grupo GNP), Héctor Hernández de Grupo
Herdez, José Ramón Elizondo de Vasconia, José Antonio “El Diablo” Fernández
Carvajal presidente de FEMSA, Sergio Argüelles González de FINSA, entre otros,
salieron del clóset político para dar cuenta de su fobia en contra de AMLO. Un
hecho inédito en la cultura empresarial del país, la cual se caracteriza por
participar intensamente en política por debajo de la mesa, procurando no
comprometer el nombre de las empresas o, incluso, el propio.
Millonarios acostumbrados a acomodarse a los
gobiernos en turno, cualquiera sea el matiz o la fracción política en la que
milite el presidente. Cabría preguntarse ¿de qué magnitud es el temor que
inspira López Obrador para que estos barones del capital se atrevan a violar
sus propios códigos?
Lo extraño es que se trata de un
riesgo tan inesperado como inútil. Primero, porque no va a cambiar el
resultado. Segundo, porque exponen a sus empresas de manera innecesaria. Y
tercero, porque a mi juicio provocarán justamente lo contrario: otorgar un
incentivo adicional para que los empleados voten por Andrés Manuel.
Quisiera
detenerme en esta última. Por lo visto
los mega empresarios padecen la misma enfermedad que Enrique Peña Nieto: están
convencido de haber hecho los méritos para ser depositarios de la admiración y
el respeto de parte de todos los pobladores de su reino. Bailleres y
compañía creen que los cientos de miles
de hombres y mujeres que trabajan a su servicio votarán por quienes ellos
digan. Como si a cambio de una quincena, el servicio también incluyera los
derechos políticos.
Han
comenzado a circular en redes sociales las primeras reacciones entre los
empleados de estos emporios. ¿Cómo?, ¿por
el sueldo que nos pagan también quieren decirnos qué hacer con nuestro voto? Y
en efecto, hay algo en la actitud de los capitanes del dinero que recuerda a
los grandes hacendados del pasado, amos de vida y hacienda de todo lo que
habitaba en sus dominios.
Como
cualquier otra persona, un empresario está en todo su derecho de externar su
opinión política y declarar la intención de su voto, pero es moralmente
cuestionable que por remunerar a un empleado se sientan con la facultad de
orientar su preferencia política. ¿Y qué, también quiere el derecho de
pernada?, diría alguno de sus trabajadores más exaltados. En suma, una actitud
contraproducente: seguramente el círculo más alto de funcionarios en cada una
de esas empresas seguirá el consejo del patrón, pero puedo imaginarme que para
el personal más modesto, la irritación provocará justamente lo contrario.
Por lo
demás, los dueños de Herdez o de Peñoles
están confundidos sobre su supuesto liderazgo en la comunidad. Sienten que el
país les debe algo y tiene la obligación de escucharlos porque son creadores de
empleos. Es cierto, pero cuesta trabajo verlos como un dechado de sacrificio
cuando advertimos los yates, aviones privados y campos de golf desde los que
nos hablan. Y, como dirían muchos de sus trabajadores, los sueldos que pagan
bien podrían ser mejores. Sin duda gozan de influencia en círculos
empresariales, pero a mar abierto su exhorto simplemente confirma al hombre de
la calle que López Obrador es el candidato que representa a los de abajo. Y los
de abajo son mayoría.
En buena
lid, Andrés Manuel tendría que concluir: “Gracias, con estos enemigos, no
necesito amigos”.
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