Dolia Estévez.
Fue un rarísimo retroceso político
para un hombre indómito. Ante el torrente de indignación que generó su política
de separación de familias, Donald Trump reculó. Firmó un memorando que, mintió,
es una respuesta “compasiva” a su cruel decisión de apartar niños inmigrantes
de sus padres. Pero no lo es.
El memorando no aborda el problema
que detonó la crisis: el encarcelamiento de 2,342 criaturas. No dice cómo ni cuándo
las familias serán reunificadas. Perpetúa la política de abuso infantil. La
única concesión es no encarcelar niños por separado sino junto a sus padres.
Para tales efectos, ordenó al Pentágono rehabilitar instalaciones militares con
capacidad para recluir miles de familias inmigrantes. En agosto podrían llegar
a 20 mil.
El dizque viraje de Trump es una
aspirina que no cura sus cancerosas políticas migratorias. Trump dijo que no
habrá tregua en la política de “tolerancia cero”. Los inmigrantes sin
documentos serán encarcelados y enjuiciados como criminales. No importa que
cruzar la frontera sin documentos no esté codificado como delito penal sino
como infracción civil. Tampoco importa que tengan derecho a solicitar asilo
político por ser víctimas del fuego cruzado en la guerra entre pandillas en
Centroamérica.
La separación de familias es un acto
inmoral, ejecutado por un hombre inmoral. Su decisión de usar a los niños como
moneda de cambio para obtener fondos del Congreso para su muro fronterizo no
anticipó el furor que generaría enjaularlos. No previó que era una batalla
perdida. Según una encuesta de la CNN, sólo 28 por ciento de la sociedad
estadounidense apoya la separación. ¿Desde cuándo acá atormentar niños se
volvió el arte de negociar?, preguntó The New York Times.
Trump tuvo que tragarse sus propias
palabras. Un día antes del memorando, dijo que la separación era la “única
solución” a la crisis en la frontera. Culpó a los demócratas de no importarles
como los inmigrantes “infestan” Estados Unidos.
El enojo se desbordó cuando la
televisión transmitió imágenes de niños enjaulados. Luego surgió el audio de 7
minutos filtrado a los medios con voces de niños que apenas saben hablar.
“Papi, mami”, repiten entre lágrimas y gemidos. Un cínico patrullero comparó el
coro de llantos a una orquesta sin conductor.
A la fecha sigue sin saberse donde
están las niñas y los bebés. Se informó que los más pequeños estarían en
centros para el “cuidado de edades tiernas” bajo atención especial. Una
defensora de los derechos infantiles dijo que los niños están en crisis, lloran
incontrolablemente, les dan ataques de histeria y se orinan en la cama. “Creen
que sus padres los abandonaron” Según los especialistas, el trauma puede ser
permanente (The New
York Times 20/06/2018).
Las condiciones en las que se hayan
los menores evocan las cárceles clandestinas donde la CIA torturaba
secretamente a los terroristas de Al Qaida: no se sabe dónde están, a cargo de
quién están, y el acceso externo está prohibido. En total hay 10 mil menores centroamericanos
recluidos por entrar al país no acompañados a lo largo de los últimos años. La
mayoría son varones entre 12 y 17 años. Hay informes que indican que están
siendo maltratados física y psicológicamente.
El servil alineamiento del gobierno
mexicano con esta política que Videgaray llama cruel debe terminar. Si bien la
complicidad empezó con Felipe Calderón, se institucionalizó bajo Peña.
En 2015, Peña aceptó hacerle el
trabajo sucio a la administración Obama, deteniendo y deportando a cientos de
miles de centroamericanos que se dirigían a Estados Unidos. Se desconoce qué se
ha pactado con Trump. La sociedad mexicana no ha sido informada.
Hay
reuniones bilaterales constantes sobre el tema centroamericano. Luis Videgaray se entrevista seguido con la
secretaria de Seguridad Interna, Kirstjen Nielsen. En abril, acordaron
“acelerar el trabajo conjunto” con Guatemala, El Salvador y Honduras en materia
migratoria (SRE, comunicado 109, 25/04/18). Videgaray dijo que la política
migratoria de México se decide de “manera soberana”. Que lo demuestre.
El martes, Videgaray llamó “cruel e
inhumana” la política de separación. Aclaró que de las criaturas detenidas, 25
casos–alrededor de 1%–son mexicanos y que sólo siete, incluida una niña
discapacitada, seguían en los albergues. Trump acusó a México de no hacer nada
para ayudarlo a impedir la llegada de migrantes centroamericanos. Que Videgaray
se la haga buena y, en efecto, México cancele la cooperación que en todo caso
no sirve para nada…según Trump.
La respuesta de Videgaray fue tardía
y escasa. Careció de sentido de urgencia. El que no haya más mexicanos entre
las víctimas no es excusa de inacción.
La fase retórica ya pasó. México
debería suspender la cooperación migratoria con Estados Unidos en la frontera
con Guatemala. Pero para el gobierno de Peña la prioridad seguirá siendo salvar
el TLCAN. No provocar la ira de Trump. La sumisión y la cobardía no parecen
tener límite.
La separación de familias es prueba
de que Estados Unidos–bajo Trump–ha perdido la brújula moral que alineaba su
comportamiento con principios e ideales universales como el respeto a los
derechos humanos y el régimen de derecho. Se puede ser duro, pero no cruel. Las
generaciones venideras lamentarán este capítulo como uno de los más negros en
la historia contemporánea de Estados Unidos.
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