Karen es una
joven especialista en química, adscrita a la Dirección de Servicios Periciales
de la Fiscalía del Estado de Nayarit. Su trabajo es estudiar el ADN de personas
asesinadas para, antes que nada, tratar de averiguar sus nombres.
Sin embargo, desde hace un año no ha
podido estudiar una sola muestra de los cadáveres que se han encontrado en
Nayarit, porque en su laboratorio el único aparato que aún funciona es un
refrigerador doméstico.
Ahí, la especialista resguarda
"entre 500 y 600 muestras genéticas", con la esperanza de que algún
día pueda analizarlas.
Si el refrigerador se descompone o si
se presenta un apagón prolongado, las muestras se perderán, junto con la
posibilidad de identificar a las víctimas y —por supuesto— de iniciar una
investigación sobre esos crímenes.
"Aquí lo único que por el
momento se hace es tomar muestras, ya sea de familiares (de desaparecidos) o de
las osamentas que se han estado encontrado”, reconoce Karen, con un tono de
resignación, aunque no de indiferencia.
Sólo en el
primer bimestre de 2018, en Nayarit se
hallaron 41 cadáveres no identificados en fosas clandestinas. Y se sumaron 41
muestras de ADN en el refrigerador de Karen, nombre ficticio para preservar su
identidad.
A unos
metros de la especialista, en una mesa del mismo laboratorio, reposa el fémur
de una víctima, proveniente de esas fosas, al que la joven especialista ha
serruchado una pequeña sección, cuidadosamente, para poder extraer muestras de
la médula ósea.
Esa muestra, detalla, debería ser
sometida a estudio en el “secuenciador de ADN”, un aparato que hace un año dejó
de funcionar por falta de mantenimiento y que permanece a un costado del
refrigerador de cocina.
Pero aún si ese aparato funcionara,
el análisis de ADN no necesariamente podría realizarse porque las sustancias
químicas con las que el secuenciador operaba caducaron antes de que éste se
descompusiera, y nunca se renovaron.
Por eso,
cuenta la especialista, su rutina diaria
es tomar las muestras, introducirlas en un recipiente plástico y luego meterlas
al refrigerador. Eso es todo lo que hacen las autoridades de Nayarit para
identificar víctimas.
El área de Servicios Periciales de
Nayarit carece prácticamente de todo, reconoce Gerardo Santana, director del
área. Sus antecesores, denuncia, usaron el presupuesto en "compras
ficticias, por las que hoy se están haciendo las denuncias respectivas".
En otros
casos, detalla Santana, la Fiscalía
adquirió costosos equipos especializados, pero nunca se pusieron en
funcionamiento. Por uno solo de esos equipos se pagaron 17 millones de pesos en
2013, pero sólo ha servido para acumular polvo. Nunca fue siquiera conectado a
la corriente eléctrica.
Se trata, sin embargo, de una
práctica antigua. Hace 18 años, cuenta Santana, las autoridades de Nayarit adquirieron
tres refrigeradores especiales para cuerpos, que nunca fueron usados y
terminaron convertidos en chatarra. Hoy, dice, existe un plan para rescatar
esos cacharros, lo único que falta es el dinero para la compostura.
Eso es
Nayarit.
Pero en el
mapa mexicano de la investigación criminal, a la que se dedica esta segunda
parte del reportaje, Nayarit no es una
excepción, sino sólo un ejemplo de lo que se vive en prácticamente todas las
entidades federativas.
Los datos
del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) de abril pasado dejan
ver, por ejemplo, que 20 estados del
país carecen de un banco de información de residuos biológicos recuperados de
escenas de crímenes, lo que impide rastrear la presencia de personas (víctimas
o victimarios) en hechos delictivos que se cometieron en lugares diferentes o a
lo largo de momentos distintos.
Además, siete entidades no cuentan con un banco de
perfiles genéticos, por lo que no pueden identificar cadáveres a partir de
reportes de personas desaparecidas o a criminales que dejan rastros con su ADN
en los lugares donde delinquieron.
En 11 entidades aún no se pone en
funcionamiento el sistema de identificación de cadáveres denominado Ante
Mortem/Post Mortem (AM/PM), adquirido por el gobierno federal desde hace cinco
años.
Otros tres estados no cuentan con una
base de datos balísticos para analizar armas de fuego, casquillos u ojivas.
Y en 21 estados sigue sin operar el Sistema
Integrado de Información Balística (Ibis), tecnología comprada por las
autoridades federales desde hace seis años, para rastrear armamento implicado
en delitos, dentro y fuera del país.
Gabriel
Gutiérrez González es agente del Ministerio
Público del Estado de México, donde se registró una tasa de 11 asesinatos por
cada 100 mil habitantes en 2017.
En esta
entidad, reconoce Gabriel, "de cada
diez homicidios, sólo en tres se logra integrar una carpeta de investigación y,
por ende, judicializar”, es decir, presentar a un acusado ante el juez, para
que decida su culpabilidad o inocencia.
Luego
ejemplifica las carencias:
"Partimos de no tener ni guantes para manipular indicios. Tampoco hay
unidades para poderme mover y cuando hay unidades, no hay gasolina".
Los
registros gubernamentales revelan que en
el Estado de México, donde labora Gabriel, existe una patrulla de la Fiscalía
por cada tres servidores públicos involucrados en la investigación de delitos.
Y en otras 12 entidades del país, la relación es de una patrulla por cada
cuatro elementos.
Existen casos extremos como Guerrero,
donde la Fiscalía estatal cuenta con una patrulla por cada siete elementos
involucrados en la cadena de investigación, o Coahuila, donde hay dos vehículos
oficiales por cada 13 servidores públicos.
Según las
estadísticas oficiales del INEGI, solo
se “salvan” dos estados: Jalisco y Chihuahua. Ahí hay casi una patrulla por
cada investigador, agente del Ministerio Público o perito.
Pero los números, insiste Gabriel,
reflejan una realidad maquillada, porque no todas las unidades existentes en
las fiscalías están, realmente, a disposición del personal encargado de
investigar.
“Hay veces que en los operativos
necesitamos las unidades –narra Gabriel–, pero es la secretaria del jefe quien
trae la unidad, y con gasolina de sobra, porque a la otra unidad que existe en
la agencia le quitaron la tarjeta de gasolina".
Esa otra patrulla está disponible
para el personal de la agencia, pero quien quiera usarla debe pagar la gasolina
de su bolsillo.
Por ello, lamenta, cada vez que ocurre un crimen
dentro de su jurisdicción, se ve obligado a trasladarse en transporte público.
También deben resolver otra carencia,
que ya han denunciado públicamente: los equipos de cómputo que usan son
propiedad de los mismos servidores públicos, que deben gastar de su salario
para comprarlo. A partir de esas denuncias, señala Gabriel, los mandos
superiores "comenzaron a meter algunas computadoras nuevas y nos
prohibieron que lleváramos nuestros equipos personales a trabajar".
Pero ahora,
cuenta Gabriel, “hay que estar
pidiéndole al compañero 'oye, ¿me apoyas con la computadora? ¿Un rato tú y otro
rato yo?'. Ahora hay más conflicto, porque tengo que esperar y compartir la
computadora”.
Es por esta falta de insumos, afirma
el agente del Ministerio Público, que el personal ha encontrado formas para
simular las investigaciones, algo que en el argot policiaco se conoce como
"informes de escritorio".
"Hay investigaciones –explica
Gabriel– en las que, por falta de personal, herramientas, unidades o equipo de
trabajo, como un chaleco táctico o un arma larga (para ingresar a zonas
peligrosas), no se llevan a cabo. Se dan atrás del escritorio: me meto a una
red social, verifico quién es la persona que estoy investigando, y veo que vive
en tal lado".
Luego, "me meto a Google y verifico la
dirección, agarro una foto de las que Google ya me hizo favor de tomar, y digo:
'éste es el domicilio donde se encuentra la persona', sin corroborarlo".
Se trata de prácticas injustificables,
reconoce, pero la realidad se impone. “La agencia que yo encabezo no tiene un
médico legista, no tiene un perito en criminalística, no tiene instalaciones
para poder atender a una mujer lesionada, carecemos de absolutamente todo.”
El
resultado: el índice de impunidad en el
Estado de México, para casos de asesinato, es de 97%.
A los
estados de Nayarit y Jalisco los hermana la vecindad geográfica, una historia
común y también una violencia creciente: sólo
en 2017, ambas entidades registraron, cada una, 300 asesinatos más que el año
previo.
En el caso de Jalisco, eso representó
un incremento de 20% en la violencia homicida en un solo año. En Nayarit el
aumento fue de 747%.
Pero aún con estos aspectos en común,
un abismo separa a estas dos entidades en materia de ciencia aplicada a la
búsqueda de justicia: en Jalisco, cuando una persona es acusada de delinquir
con un arma de fuego se usa un “microscopio electrónico de barrido”, equipo de
alta tecnología que identifica rastros de bario y plomo, para determinar si la
persona disparó.
Este equipo,
explica Guillermina Sandoval, coordinadora del laboratorio de química del
instituto forense de Jalisco, también
toma una foto de esas partículas microscópicas, la que permite analizar su
forma y distinguir si las generó un arma de fuego o algo completamente
distinto.
En contraste, en Nayarit, el
laboratorio de química de Servicios Periciales utiliza una "pistola” de
luz, un aparato viejo que detecta rastros de bario y plomo, pero no distingue
si fueron producidos por disparo o por contaminación ambiental.
Esa diferencia puede determinar que
un inocente quede libre o vaya a prisión.
Según los
registros oficiales, Jalisco, la Ciudad
de México y Veracruz son los estados con más laboratorios al servicio de la
persecución de delitos, especializados lo mismo en ciencias exactas como
biología, química, genética, medicina, que en ciencias forenses, como
balística, criminalística, toxicología, reconstrucción craneofacial o retrato
hablado.
Los servicios periciales de la Ciudad
de México cuentan con 30 especialidades, los de Veracruz con 27 y los de Jalisco
con 26.
Pero los servicios periciales de
otras 13 entidades del país sólo tienen laboratorios para cinco especialidades,
o incluso menos. Hidalgo, de hecho, sólo reporta oficialmente la existencia de
un laboratorio especializado.
Pero aún en los pocos estados que
cuentan con tecnología de punta, como Jalisco, la Ciudad de México o Veracruz,
ésta resulta insuficiente ante la demanda de servicios especializados que
genera la escalada de la violencia en el país.
En Jalisco,
por ejemplo, tienen un solo perito y un
microscopio electrónico de barrido, cuando serían necesarios cinco microscopios
y cinco expertos para investigar a las personas que cada día son acusadas de
delitos con arma de fuego.
El presupuesto que cada entidad
destina a la persecución de los delitos pone en evidencia las grandes
diferencias entre estados, en cuanto a recursos materiales disponibles.
Si, por
ejemplo, todo el presupuesto destinado
en 2017 a servicios periciales se dividiera entre el número de asesinatos
ocurridos durante ese mismo año en cada entidad, el promedio de recursos
disponibles por cada caso sería de 1 millón 101 mil pesos en Yucatán, donde la
tasa de asesinatos es de dos casos por cada 100 mil habitantes; pero en
Guerrero —donde la tasa de asesinatos fue en 2017 de 64 casos por cada 100 mil
habitantes— el presupuesto sólo alcanzaría para destinar 4 mil 732 pesos a cada
investigación pericial.
En Oaxaca, con una tasa de 22
asesinatos por cada 100 mil personas, el presupuesto pericial sería de 5 mil
301 pesos por caso y en Tamaulipas de 7 mil 210 pesos.
Sólo entre 2010 y 2014 en el país fueron
recuperados al menos mil 381 cuerpos ocultos en fosas clandestinas, tal como
registra el estudio "Violencia y terror, hallazgos sobre fosas
clandestinas en México", publicado en 2017 por la Universidad
Iberoamericana.
En la gran
mayoría de esos casos, destaca un perito del área de homicidios de la
Procuraduría de Justicia de la Ciudad de México —cuyo nombre se resguarda por
seguridad—, esos crímenes contra
personas no identificadas nunca se investigan, ya que el inicio de la
averiguación es el reconocimiento de la víctima.
Cuando se tiene un homicidio en el
que no se sabe el nombre de la víctima, "ese caso se archiva y sólo se
reabre si alguien reconoce a esa persona."
En México, existen al menos 35 mil cuerpos de personas
sin identificar, que están almacenados en los Servicios Médicos Forenses y las
fosas comunes que la autoridad opera en cada estado del país, según datos que
difundió en abril de 2018 el subsecretario de Derechos Humanos de la Secretaría
de Gobernación, Rafael Adrián Avante Juárez.
Es decir, 35 mil muertes sin
investigar.
Al mismo
tiempo, el Sistema Nacional de Seguridad Pública reconoce que en México se han acumulado al menos 38 mil 435 casos de
desaparición.
Por ello, el funcionario de Gobernación se
comprometió en abril pasado, ante familiares de víctimas, a realizar un cruce
de la información con la que se cuenta, tanto de cuerpos no identificados, como
de personas desaparecidas, con lo que "seguramente habrá una cantidad
importante de coincidencias", garantizó.
Lo que no reconoció fue que desde
hace cinco años el gobierno mexicano adquirió la tecnología para realizar ese
cruce de datos, sin que hasta la fecha se haya emprendido el proceso de forma
cabal.
Reportes
proporcionados por la Procuraduría General de la República revelan que, de las 32 entidades del país, sólo tres han agregado
información al sistema denominado Ante Mortem / Post Mortem (AM/PM), adquirido
desde 2013.
Según esos reportes, en cinco años
sólo se ha tomado una muestra genética a 556 cuerpos no identificados —de los
35 mil que reconocen las autoridades—, para contrastarlas con muestras de
personas desaparecidas.
Peor aún: de las más de 38 mil
familias que han reportado la desaparición de un integrante, la autoridad sólo
ha tomado muestra a 2 mil 895 para ingresarlas al sistema AM/PM y compararlas
con cuerpos no identificados.
En un
laboratorio de genética, explica Karen, la encargada de esta área especializada
en los Servicios Periciales de Nayarit, una
gota de saliva, una mota de polvo, la partícula más insignificante puede
contaminar las muestras de ADN y volverlas inútiles. En su caso, sin embargo,
las herramientas con las que cuenta para prevenir este riesgo son mínimas: un
par de guantes de látex y un cubrebocas.
Pero el riesgo de contaminación
subraya, no es sólo para las muestras de ADN, sino para los encargados de manipularlas.
“Nosotros tomamos muestras de sangre, sin saber si la persona tiene alguna
enfermedad”.
El fémur
humano que Karen ha estado manipulando proviene de una fosa en cuyo fondo se
encharcaron los fluidos corporales de todas las personas ahí enterradas.
“A mí me impactó mucho ver la manera
en la que trabajan los compañeros peritos —señala Gerardo Santana, llegado al
cargo apenas en octubre de 2017—, a veces hay caldos donde se concentra todo el
líquido de los cuerpos amontonados, se juntan en la parte de debajo de las
fosas y son líquidos y fluidos que perjudican (la salud). Si la gente los
pudiera ver trabajar, con su salario no muy decoroso, pero con la camisa bien
puesta, las personas dirían ‘yo, por ese sueldo, no haría ese trabajo’”.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.