Javier Risco.
La violencia nos ha obligado a ser
creativos en la manera de contar los asesinatos. Como si se tratara de una guía
práctica para entender el fracaso de nuestra justicia, ayer el portal Animal
Político publicó la primera de varias entregas de un trabajo titulado “Matar en
México: impunidad garantizada”. Aunque ya se ha escrito en infinidad de
ocasiones del bajo número de sentencias condenatorias por homicidios, de lo
sucio de los procesos judiciales, de las víctimas de la maldita impunidad y de
las zonas sin ley en este país, ésta es la primera vez que se justifica con
hechos, estadísticas e historias la tan trillada frase de que en México se mata
porque se puede.
Partiendo de
esa hipótesis los periodistas Paris Martínez y Arturo Ángel exploran cada una de las etapas en la
investigación de un homicidio, desde el torpe policía preventivo que llega al
lugar de los hechos, al abusivo policía de investigación, el forense sin
herramientas para hacer un trabajo adecuado, el Ministerio Público como mina de
oro para explotar a las víctimas y los altos funcionarios que viven en una
burbuja de objetivos inalcanzables y de cifras que ellos ni siquiera
comprenden.
Dentro de
una de las historias que cuentan en esta primera entrega está la de Laura
–nombre ficticio para contar su historia–, una policía de investigación en la
Fiscalía de Homicidios de Nuevo León. Uno
pensaría que en uno de los estados más importantes del país habría por lo menos
tóner y papel para que Laura trabajara… no, y así lo cuentan: “Ella nunca tuvo
capacitación sobre cómo indagar un asesinato. Ni siquiera necesitó años de
experiencia o algún estudio especial, como se pide en Estados Unidos o Canadá.
‘Basta con que ahí te pongan, como pasó conmigo’”, reconoce.
Ella gasta buena parte de su semana
en escribir ‘memos’ para que le compren gasolina o una refacción para su
patrulla, o en buscar militares para que le vendan municiones que sobren de
algún decomiso. También va a Office Depot a comprar hojas, plumas o papel carbón
que necesita para escribir sus informes, o quizá tóner para la impresora”. Sin
embargo, no sólo se queda ahí la tragedia, en una oficina sin papelería; son
tantos los asesinatos y tan pocos los policías de investigación que “no se
archivan ni se cierran (los casos), pero no hay ninguna diligencia. Sólo el
informe de los hechos y la identificación del muerto… y así se quedan”, reconoce Laura.
En un
ejercicio de una realidad que no podrán ni siquiera superar nuestros nietos, el
portal Animal Político hace un interactivo por estado para contestar la
siguiente pregunta: ¿En cuántos años
podríamos resolver todos los homicidios pendientes? Sí, ante el supuesto de que
a partir de mañana no haya otro asesinato en nuestro país, el Estado de México
tardaría en resolver todos los homicidios pendientes 225 años; el estado de
Guerrero, 409 años; Michoacán, 207 años, y en la Ciudad de México, 22, sólo por
citar algunos ejemplos.
Cómo podemos dormir tranquilos
sabiendo que un México justo está a siglos de distancia; cómo estirar el tiempo
para derribar esa maldita impunidad; cómo no dar por perdidos esos cientos de
miles de asesinatos sin resolver.
En esta época de promesas imposibles
de los candidatos presidenciales, de guerra sucia y de corrupciones en
distintas formas, recordarnos a las víctimas es necesario; recordar que el
duelo en este país nos durará décadas, también lo es; pensar que hay familias
enteras tocadas por la violencia no sé si nos debería convertir en un país en
luto, pero por lo menos sí de respeto a ellos; saber que es un pendiente que no
podemos convertir en eterno. Es urgente trabajar en un aparato de justicia
donde regresemos a ser ese país donde NO SE PUEDA matar.
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