Gustavo De
la Rosa.
El padre Solalinde, pequeño de
estatura y delgado de complexión, pero con un corazón enorme, estuvo en Juárez,
un infierno para los migrantes, para denunciar la corrupción que invade al país
y que deben sobrevivir los desarraigados que viajan desde Centroamérica y de
los estados del sur para integrarse a la fuerza laboral aquí, que sobrevive con
un salario menor a un dólar por hora de trabajo (aunque aun así dicen ellos que
aquí se está mejor que en su país o estado de origen).
Solalinde se
dirigió a los juarenses que participamos en las diferentes campañas de Andrés
Manuel para explicarnos la aparición de la virgen de Guadalupe como una voz originalmente
a favor de los indígenas, e insistió que el llamado de Cristo es para atender a
los pobres, aunque ha sido secuestrado de tiempo en tiempo por la jerarquía
eclesiástica.
También llegó Tatiana Clouthier,
quien se reunió con los empresarios que han sabido aprovechar la oportunidad
que brinda la frontera para desarrollar de forma exitosa sus negocios pese a
estar limitados por empresas extranjeras con mano de obra semiesclava. Ella los
felicitó por el impulso que han dado a la economía aquí y reconoció lo injusto
del reparto de los recursos, generados por la población juarense, a favor de
los negocios de la alta burocracia y sus amigos.
Además, planteó la necesidad de que en Ciudad
Juárez la economía regional se humanice y mejoren las condiciones de vida de
los trabajadores, los salarios que se les pagan a los empleados industriales y
que se atiendan las necesidades más importantes de las mujeres trabajadoras
(que ni siquiera tienen suficientes espacios para dejar a sus hijos e irse a
trabajar); también manifestó que las asociaciones civiles, que generosamente
sustituyen al Estado en esa obligación, han sido incomprendidas por el Gobierno
y la industria.
Con esto, es obvio que los migrantes y los
trabajadores de esta ciudad coinciden en sus circunstancias de vida y requieren
de un acercamiento diferente por parte de los juarenses y de una mejor
comprensión de la importancia económica de estos seres humanos para la ciudad.
Finalmente, Gonzalo López Beltrán habló muy preciso
sobre la estructura de Morena: no se permitirá la corrupción en el interior del
partido, ni del Gobierno. Advirtió que no se trata de sustituir a Peña Nieto
por su padre sino de empezar un cambio profundo, y quienes tienen mayor
obligación de realizar este cambio para bien son los militantes de Morena;
además les leyó la cartilla: “sería una canallada tomar dinero de la jornada
electoral para ustedes”.
Los tres fueron claros y directos
sobre el México que esperan desarrollar en sus respectivas áreas y en términos
más claros no podían coincidir los importantes visitantes. Esta frontera sólo
podrá cambiar si se logra desterrar la corrupción de las dependencias federales
que atienden los problemas poblacionales generados por la migración, y que aquí
en Ciudad Juárez se han convertido en aves de rapiña que abusan de los más
necesitados; no hay nada más corrupto en Juárez que el Instituto de Migración,
la Aduana fronteriza, la Procuraduría General de la República, la Policía
federal (con su división de Caminos).
Hicieron
hincapié en que, para que pueda cambiar
la realidad local, deben mejorar las condiciones de vida y salariales de los
trabajadores industriales que ya suman más de 250 mil y que ocupan a otros 200
mil trabajadores indirectos, y en cómo esa gran potencialidad de mercado interno
se pierde por la baja capacidad de compra.
Nos dijeron que sí hay voluntad para
combatir la corrupción, impulsar la zona franca en la frontera, aumentar los
salarios, asumir la responsabilidad de atender a los hijos de las trabajadoras
y a los migrantes, y que sí saben de lo que están hablando. Así que, como dicen
los cholos en los barrios de la ciudad, “con eso”.
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