Darío
Ramírez.
Dos periodistas del Seminario Playa
News fueron asesinados en menos de 26 días. Rubén Pat, director del semanario
fue acribillado con seis tiros mientras salía de un bar en Playa del Carmen.
José Guadalupe Chan Dzib, también asesinado con arma de fuego en la localidad
de Felipe Carillo Puerto, Quintana Roo.
En el sexenio de Enrique Peña Nieto
van 45 periodistas asesinados. Cuarenta y cinco.
El 25 de
junio de 2017, el periodista Pat fue
detenido y torturado por policías municipales, según información hecha pública.
“Me detuvieron, me esposaron y subieron a la batea boca abajo, me taparon la
cara con mi playera”, dijo el periodista a organizaciones defensoras de
periodistas. La patrulla circuló durante aproximadamente 40 minutos, afirmó. En
el trayecto, los policías lo golpearon y amenazaron, según su testimonio: “Esto
es sólo el principio, si no le bajas a tus notas contra el jefe”, recordó que
le dijeron. Hoy está muerto.
Semanas previas a aquella detención
arbitraria y tortura, Pat había publicado en su semanario información sobre una
“narco-manta” en la que se mencionaba que el director de la policía municipal
preventiva, Joaquín Morales Hernández, protegía a un grupo de la delincuencia
organizada. En la denuncia que interpuso ante autoridades advirtió de que otros
compañeros de profesión estaban también en riesgo y que las agresiones venían
por parte de los propios policías municipales, según reportó El País.
En mayo pasado Rubén Pat recibió
amenazas a través de WhatsApp, por lo que solicitó las medidas urgentes de
protección del Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos
Humanos y Periodistas; las autoridades le otorgaron un ‘botón de pánico’ y un
GPS.
La burocratización del miedo hecha
realidad. Lo que en algún momento se dibujaba como una medida de protección por
parte del estado, hoy es un ágora de –tal vez- buenas intenciones sin embargo
alejadas de la lacerante realidad para ejercer el periodismo en México.
Después de haber recibido amenazas de
muerte y haber sufrido actos de tortura, el Mecanismo de Protección de
Periodistas parece que argumentó: le otorgamos al periodista un botón de pánico
(tal vez para que nos avises cuando te vayan a matar) y un GPS para saber dónde
hay que recoger el cuerpo.
Las peticiones de protección (que
solicitaba el semanario Playa News) por lo que estaban denunciando en su portal
informativo, las autoridades locales y federales, encargadas de salvaguardar la
libertad de expresión hicieron caso omiso. Hoy dos voces periodísticas de un
mismo medio están silenciadas. Y, seguramente, los perpetradores (la policía
municipal) según Pat, se regocijan en la tranquilidad que les brinda la
impunidad. Sus actos dejarán de ser vigilados por periodistas.
Porque eso es lo que se pierde cuando
se mata periodistas… vidas, voces e información.
Andrés
Manuel López Obrador no se pronunció en
su campaña (ni como ganador) sobre la violencia contra la prensa en México. Sus
dichos solo han reparado en afirmar un “respeto a la libertad de prensa”.
Estamos claros que López Obrador
recibe un país en ruinas. Un alud de problemas nacionales, regionales y locales
son importantes y urgentes. Sin embargo, el próximo presidente no se puede dar
el lujo de ignorar un problema tan serio el cual tiene afectaciones directas a
la democracia y en el derecho a la información de la sociedad.
Su ruta de navegación sobre el tema
de la violencia que ha sufrido la prensa durante décadas tiene que partir de la
voluntad política de construir algo eficiente a partir de asumir que el estado
no ha fallado.
Posteriormente y muy importante, la
siguiente administración de AMLO tiene que desmantelar la farsa que es el
Mecanismo de Protección a Periodistas (que está en la Segob) y la Fiscalía para
la Atención de los Delitos contra la Libertad de Expresión (Feadle, que están
en PGR). Ambas instituciones inútiles e ineficaces. Sus resultados son ominosos
y cargan con una responsabilidad importante en la muerte de decenas de reporteros.
El cambio de administración federal
debe representar un cambio de paradigma respecto al papel del estado en
relación con la violencia contra la prensa. Debemos de replantear y trazar
mejor los nuevos caminos de la protección de nuestros periodistas.
Recientemente Freedom House publicó
su ranking mundial de libertad de expresión donde califica a México como “país
parcialmente libre”. Nuestra puntuación está a la par de Sierra Leone, Liberia,
Marruecos, Azerbaiyán, y Paquistán. Es decir, un elemento más para tener claro
que la libertad de expresión está en riesgo.
López
Obrador se enfrentará a un país cuya
libertad de expresión agoniza. Es un hecho que hereda el próximo presidente.
Las acciones del próximo gobierno
reflejarán si se cree en el ejercicio de este derecho y en la garantía que debe
de dar el estado o bien, se suma a sus antecesores y administra la desgracia de
la prensa.
Uno de los cincuenta puntos
prioritarios de AMLO es la reducción del 50% en el gasto de la publicidad
oficial. Esta medida es insuficiente y refuerza la dependencia perniciosa entre
medios y poder público. En otras palabras, quitar la dependencia de los medios
al dinero público es una medida urgente que abonará a la profesionalización e
independencia del sistema de medios comerciales. Lo cual a su vez fortalecerá
su protección. No basta con reducir el gasto. Es fundamental cambiar el
sistema.
Matan a dos periodistas de un mismo
medio en menos de un mes y el presidente no dice nada. El secretario de
gobernación no dice nada. Los colegas de los medios no dicen nada… solo
recordemos que el silencio es cómplice.
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