Pablo Gómez.
Existe un
debate informal y deshilachado en varios periódicos sobre quiénes ganaron las
elecciones desde un punto de vista politológico o, más ampliamente,
sociológico.
Se insiste en eso de los populistas
sobre lo cual no existe una definición, se habla de una izquierda sospechosa
por indefinida y, por último, se insiste en un inusitado y asombroso movimiento
popular democrático, al que se refiere el mismo candidato triunfante.
Unos días después de las elecciones
del 1 de julio, me encontré a Roger Bartra en el supermercado y de inmediato me
dijo que había ganado “un nuevo PRI”.
Rebatí de botepronto su aseveración,
posible conclusión de un análisis sociológico viniendo de un reputado
investigador, con el argumento de que Morena no se basa en aparatos
corporativos ni es parte de la forma de gobernar asentada en la corrupción.
Bartra replicó con una evidencia: “no veo en el
nuevo gobierno a ningún revolucionario”. Le aclaré que revolucionarios no hay
porque no se están produciendo revoluciones; vivimos en un mundo diferente al
del siglo XX, aquel “siglo de los extremos”, según Eric Hobsbawm. Las
revoluciones están en receso.
Me pareció que él aceptaba estas
afirmaciones mías, pero volvió a la carga y dijo que Andrés Manuel López
Obrador no iba a combatir la corrupción. Al final, le reiteré uno de los
principales compromisos de campaña, el de acabar con el Estado corrupto
mexicano. En lugar de decirme adiós, Bartra se despidió con un “veremos” de
incredulidad.
Tanto en el terreno de la forma de
gobernar, en el que destaca el tema de la corrupción, como en lo tocante a la
política social, el ingreso y el impulso del crecimiento de la economía,
existen muchas dudas. No es sólo la prensa, sino también la intelectualidad e,
incluso, señaladamente, mucha gente de la ciudadanía que salió a votar por el
cambio y en la noche de ese día difícil se encontró con el hecho político de
que era mayoría absoluta de su país.
Existe desconfianza en los programas
políticos porque hasta ahora casi todo ha sido mentira. Ni la corrupción bajó,
ni la economía creció, mucho menos se redujo la pobreza o mejoró la
distribución del ingreso. En los últimos seis años tampoco se dio la prometida
respuesta a la crisis de violencia delincuencial.
Un nuevo PRI es imposible porque
sería algo del todo artificial y, por tanto, grotesco.
Durante casi 40 años se ha producido
un largo y desesperante proceso de cambios políticos, gracias al cual,
finalmente, gozamos de aquellas libertades que el PRI le había arrebatado al
país. Nuestra democracia, del todo formalista, aún no ha incluido a la escuela
ni al sindicato, pero se expresa en otros ámbitos. Esa es la palanca para
alcanzar un sistema político participativo y, con ello, construir una nueva
ciudadanía. Tal es el nuevo propósito.
Ese movimiento popular, el que rebasó
por completo al PRIAN como articulación de poder, se encuentra obligado a
cambiar el estilo político. No es sólo minimizar la parafernalia oficial sino
la completa cancelación del reparto de prebendas, favores, influencias,
contratos, moches, en el que se sostiene actualmente la capacidad gubernativa.
No habrá otra oportunidad, es ahora.
La política social debe dejar de ser
un instrumento de organización territorial y sectorial de grupos a cargo de agentes
del gobierno, con beneficiarios siempre amenazados y sometidos al despotismo
burocrático. La forma de hacerlo es implantar derechos sociales de carácter
general. Esa es la nueva pauta.
El derroche presupuestal debe dejar
su lugar a una razonable austeridad de la función pública en vías de la
elevación del gasto social y de inversión. Poco a poco, año tras año, esa nueva
política dará sorprendentes resultados.
Por lo
pronto, entre esperanzas y escepticismos, al fin la transición está dando
inicio. Sí es una proeza histórica haber logrado el resultado electoral que se
tiene, por más que algunos francotiradores de izquierda, es decir, personas sin compromiso político orgánico, hayan dejado de
confiar en sí mismos o, dicho de otra manera, ya no crean en lo que fue su
propio discurso. Todo es real, aunque parezca un sueño, tenemos una nueva
fuerza gobernante popular y democrática con un duro mandato popular.
Nadie es perfecto o sin defecto alguno,
pero esta es la verdad disponible, sobre la cual es preciso trabajar sin buscar
refugio en el amargo rincón donde ya no se cree ni se piensa en nada nuevo.
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