Jorge Zepeda Patterson.
No sé ustedes, pero tras el triunfo de Donald Trump pasé
varias semanas con la sensación de que en cualquier momento despertaría y
descubriría que todo no había sido sino una pesadilla. Me resultaba increíble
que un bufón ignorante y buleador hubiese ganado las elecciones de Estados
Unidos. Que Donald Trump llegara a la Casa Blanca parecía un mal chiste, una
trama de película de presupuesto B.
Algo parecido me está sucediendo con el triunfo de López
Obrador y la derrota apabullante del PRI, solo que en sentido inverso. A ratos
he abrigado el temor de despertar y enterarme de que eso solo sucedió en mis
sueños; que encenderé la televisión y veré a Emilio Gamboa levantar la mano de
un exultante José Antonio Meade, mientras ambos agradecen a los ciudadanos su
fidelidad al PRI y su espaldarazo al gobierno de Peña Nieto.
Y es que por momentos se antojan irreales los resultados que
hemos estado escuchando en los últimos días: una especie de carro completo para
Morena y una barrida al PRI en toda la línea. Como decían los clásicos, un partido
de futbol de seis puntos: ganó el querido y perdió el odiado en el mismo match.
Y si además se confirma que pierden su registro varios de los partidos paleros
dedicados a la extorsión política pediré que, si es un sueño, por favor no me
despierten.
No soy incondicional de
López Obrador, pero estoy convencido de que las otras opciones agotaron sus
posibilidades de hacer algo significativo para paliar (ya no digamos resolver)
la corrupción, la ausencia de Estado de Derecho, la inseguridad, la desigualdad
y la pobreza. PRI y PAN gobernaron durante los últimos 18 años y más allá de
que lo hayan intentado o no, fueron incapaces de resolver estos problemas. Peor
aún, da la impresión de que el país se les ha estado disolviendo en las manos,
sobre todo en regiones en las que el crimen organizado o la corrupción han
tomado el control. No, todavía no estamos ante una situación de Estado fallido,
pero cómo se le parece en algunas zonas en las que las comunidades se toman
justicia por propia mano o el narco impone autoridades locales y la extorsión
se generaliza hasta convertirse en una suerte de carga fiscal. Mi impresión es
que tanto Meade como Ricardo Anaya eran proyectos que quedarían atrapados en la
misma trampa que sus antecesores: pertenecen a una élite y a una red de
intereses que terminan maniatando cualquier posibilidad de un cambio real.
En ese sentido, el
arribo de López Obrador al poder no asegura nada, pero al menos representa una
sacudida al sistema.
Si fuera una partida de póker diría que equivale a una ronda en la que todos
los jugadores cambian cuatro de las cinco cartas. Es probable que obtengamos un
mejor juego del que teníamos; si no por otra cosa porque el anterior era
deplorable.
Por lo pronto, los
últimos días han estado plagados de buenas señales. López Obrador ha conjurado
los riesgos de una reacción desestabilizadora de parte de los actores políticos
gracias a una estrategia conciliadora. Empresarios de todos los niveles, la
presidencia, los rivales, los militares, los medios de comunicación o el clero
han recibido un guiño de parte del virtual presidente electo y estos han respondido
con cordialidad, algunos incluso con entusiasmo.
Lo más importante es lo
que está pasando entre la gente. La sorpresa frente al contundente triunfo se
ha transformado en una corriente de expectativas preñadas de optimismo que
comienza a extenderse a distintos sectores sociales. Súbitamente cobramos
conciencia de que se trata de una partida completamente nueva, en la que las
tres fuerzas políticas que dominaron las últimas décadas (PRI, PAN y PRD) han
pasado a segundo plano. Algo bueno está pasando, aunque bien a bien todavía no
sabemos qué ni cuánto. Por lo pronto se vale soñar, ya habrá tiempo para
despertar.
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