martes, 28 de agosto de 2018

El Aprendiz.


Javier Risco.

Hace casi 15 años, a inicios de 2004, Donald Trump logró que 28.05 millones de estadounidenses vieran el final del programa televisivo del cual era protagonista: “The Apprentice” (El Aprendiz). Él había sido la revelación; con sus desplantes, excesos, regaños y excentricidades se había ganado el morbo del pueblo estadounidense, ¿cómo alguien tan exitoso en los negocios podía ser tan pedante? La respuesta a esta pregunta llevó al show al lugar número 7 de rating a nivel nacional.

Ahí Donald aprendió a entretener de manera profesional –ya lo había hecho durante décadas con declaraciones absurdas y con sus certámenes de belleza; sin embargo, nunca había pensado en que él, como producto, podía llegar a estos niveles. Creyó tanto en su figura que convenció a la mitad de Estados Unidos que era el líder que ellos necesitaban, y desde enero de 2017 lo único que ha hecho es montar un espectáculo, entretener a un mundo con ansias de polémica, incrédulo de que esto podía empeorar.

Lo que sucedió ayer fue un espectáculo de relaciones diplomáticas, la escena era de un sitcom. Donald Trump en la oficina oval sentado en su escritorio, lo rodean decenas de periodistas y fotoperiodistas que no deja de accionar sus cámaras, en el set hay dos teléfonos sobre el escritorio, uno de ellos está en altavoz, él voltea a la prensa y pregunta: “¿Enrique?” Como en cualquier show de comedia la llamada no se puede enlazar y él improvisa con la prensa, al final se da la conversación sobre el tratado comercial más importante de los últimos años para México. La voz de Peña Nieto es la escenografía de un espectáculo que Trump produce.

¿México estuvo de acuerdo? ¿Sabía Peña Nieto de la manera en la que Trump montó el numerito del TLCAN? ¿Si no lo sabía es algo que debe dejar pasar? Lo sucedido ayer es un botón de muestra de la forma en la que el presidente de Estados Unidos mueve los hilos de la conversación hasta anular al interlocutor, o por lo menos reducirlo a una voz que casi no se escucha en medio de las fotos de la prensa.

Trump ha desarrollado esa voraz capacidad de ponerse en el centro de todo. Dice lo que cree que el otro quiere oír. Puede denotar cordialidad en una llamada con un mandatario al que hace unos días tildó de capitalista, como una forma de quedar bien con el que será su nuevo interlocutor en el sur. Para él, el show tiene sus iniciales de principio a fin.

Como lo hizo hace 15 años, Trump está de nuevo en el centro de la atención, con la diferencia que ahora tiene más de 28 millones de estadounidenses como audiencia.

Los ‘espectadores’ ahora están en todo el mundo, o al menos en una gran parte de la región, que todos los días despierta con la expectativa de lo que hará o dirá y de qué forma eso puede poner en riesgo la estabilidad de millones de personas.

Eso, por supuesto, incluye a México y Canadá, bueno, incluía a Canadá como un espectador nervioso de lo que vendría. Hasta que el Primer Ministro le cambió el guion y se paró de la mesa, obligando a cambiar la estrategia. Por fin alguien que no está ensordecido con su gritona presencia.

Luis Videgaray e Ildefonso Guajardo, nuestros secretarios de Relaciones Exteriores y Economía, en cambio, cayeron en el juego de la presión, han servido como los golpeadores pagados al amenazar al que hace apenas algunos meses era un aliado. “Si por alguna razón los gobiernos de Canadá y Estados Unidos no llegaran a un acuerdo, sí habrá un acuerdo de comercio entre México y Estados Unidos”, palabras para enmarcar del actual canciller Luis Videgaray.

Al margen de los acuerdos preliminares alcanzados entre dos de las tres naciones involucradas, el papel de México ha sido exactamente el que le ha asignado Trump desde antes de tomar el mando: un capítulo del show, un personaje secundario con el que un día pelea y al otro quiere. Una escenografía… una voz al teléfono que le sirva de pretexto a Donald para ser, otra vez, la estrella del espectáculo. Más de uno en la delegación mexicana ha resultado ser El Aprendiz.

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