Jorge Javier
Romero Vadillo.
Desde la
campaña electoral, el tema de la Fiscalía General de la República y su
autonomía constitucional, decretada desde la reforma constitucional de enero de
2016, ha sido objeto de polémica entre las organizaciones de la sociedad civil
y el ahora Presidente electo, como ya lo había sido antes, cuando el actual
gobierno pretendió echar mano de los subterfugios legales establecidos en los
artículos transitorios de la reforma constitucional al artículo 102 para dejar
como Fiscal general por nueve años al procurador nombrado con el procedimiento
previo de designación, en el cual el Presidente proponía y el Senado
ratificaba.
La reforma
de 2016 estableció la autonomía constitucional de la nueva Fiscalía, pero en
los transitorios del decreto dejó resquicios que podrían conducir a que el
cambio fuera meramente cosmético. Por una parte, el ya mencionado sobre el
nombramiento del primer Fiscal, el cual, gracias al trabajo de diversos grupos
de la sociedad civil y de la academia, acabó por reformarse: esta misma semana
concluyó el proceso por el cual el constituyente permanente eliminó el llamado
“pase automático” del procurador a Fiscal general, que hubiera surtido efecto
en el momento mismo de la aprobación de la ley orgánica del nuevo órgano
constitucional autónomo.
Más grave,
si cabe, resulta lo establecido por el artículo decimonoveno transitorio del
decreto de reforma constitucional de enero de 2016, pues determina que en el
momento en que entren en vigor las leyes secundarias que regulen el
funcionamiento de la Fiscalía “…los recursos humanos, presupuestales,
financieros y materiales de la Procuraduría General de la República pasarán al
órgano autónomo que el propio Decreto establece”, con lo que todo el aparato
actual de la PGR, con su cauda de ineficiencia y corrupción, sería heredado por
el nuevo órgano, lo que de entrada lastraría todo el proceso de rediseño del
ministerio público que resulta indispensable para dejar atrás una historia de
incapacidad institucional en la procuración de justicia en México.
Existe
suficiente evidencia sobre las profundas taras de la actual Procuraduría como
para hacer necesaria su sustitución por un órgano nuevo, capaz de superar la
arbitrariedad y la ineficacia técnica con la que tradicionalmente ha operado el
ministerio público. Como ha ocurrido en otros casos, la autonomía
constitucional debe ser usada para construir un servicio profesional de carrera
rigurosos, donde los incentivos de sus integrantes estén determinados por su
formación y su buen desempeño, no por su lealtad política y su disciplina, como
ocurre actualmente.
La autonomía
constitucional ha sido la vía para acabar, en ámbitos específicos de la
actividad estatal, con el clientelismo y el patrimonialismo que han
caracterizado históricamente a la administración pública mexicana. En el caso
de la Fiscalía, la profesionalización basada en una rigurosa capacidad técnica
tiene especial importancia por lo delicado de su materia, de la que depende en
buena medida la vida, la libertad, la seguridad y la propiedad de las personas.
La impunidad generalizada, causa de buena parte de la inseguridad y la
violencia, son producto, de la incapacidad de los órganos de procuración de
justicia, inútiles para llevar ante los jueces a los verdaderos delincuentes,
lo que suplen con frecuencia con culpables inventados arbitrariamente para
encubrir su torpeza.
Por otra
parte, la actual PGR es un cuerpo carcomido por la corrupción, arraigada en el
conjunto de prácticas informalmente institucionalizadas en su funcionamiento.
Un cuerpo dedicado a la venta de protecciones particulares, que solo persigue
los casos con relevancia política o aquellos que le reditúan económicamente a
sus agentes. Si la nueva Fiscalía hereda esas malas prácticas, la impunidad y
la iniquidad seguirán siendo la marca de la injusticia nacional.
De ahí que
el centro de la reforma en curso sea el diseño del nuevo cuerpo profesional:
criterios de ingreso, promoción, permanencia y retiro basados en el buen
desempeño profesional, en los resultados obtenidos; una estructura jerárquica
donde las cadenas de mando no dependan de lealtades políticas, sino que se
establezcan a partir de los resultados. Un nuevo cuerpo de fiscales con sólidos
conocimientos jurídicos, capaces de armar casos firmes para llevarlos a los
jueces con amplias posibilidades de éxito y con los elementos materiales y
técnicos necesarios para no dejar casos no resueltos. El objetivo debe ser una
reducción sustancial de la impunidad, pero con pleno respeto al orden jurídico,
a la presunción de inocencia y a los derechos humanos.
Tampoco es
trivial el procedimiento de nombramiento del Fiscal. La idea de que este debe
ser un incondicional del Presidente debe ser desterrada. Lo ideal sería que la
parte política del nombramiento se limitara a la selección de una terna entre
integrantes del cuerpo profesional de fiscales, lo mismo que para las fiscalías
especiales determinadas por la Constitución. Como el cuerpo profesional aún no
existe, el procedimiento establecido por el artículo 102 debe poner el énfasis
en la formación de la lista de diez candidatos, entre los cuales el Presidente
de la República deberá elegir a la terna, de la cual el Senado deberá nombrar
al Fiscal. Pero para que este proceso sea posible, es necesario que primero se
apruebe la ley orgánica del nuevo órgano y que en ese ordenamiento quede
claramente establecido el sistema de profesionalización y los términos de su
actuación autónoma. Sin ley orgánica no se puede nombrar al Fiscal que ocupará
el cargo por nueve años, por lo que primero se debe dar el proceso legislativo.
El diseño de
la ley debe establecer los criterios de transición de la actual PGR a la nueva
procuraduría. Lo ideal hubiera sido la reforma del decimonoveno transitorio,
pero ya que esta no se dio, entonces el traspaso de personal y activos debe ser
rigurosamente regulado para evitar que la Fiscalía herede el peso muerto de la
corrupción y la ineficacia.
A pesar de
algunas rispideces iniciales, el equipo de transición del próximo gobierno se
ha hecho cargo de la necesidad de procesar cuidadosamente la construcción de la
nueva Fiscalía y ha establecido una mesa con la participación del colectivo
#Fiscalíaquesirva, de #Vamospormás y de académicos de la División de Estudios
Jurídicos del CIDE y del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.
Finalmente, más de dos años después de la reforma constitucional, se ha dado un
avance concreto: un acuerdo político para avanzar en el diseño del nuevo modelo
de Fiscalía sin imposiciones y con base en el diálogo informado.
Buenas
noticias.
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