Ricardo Ravelo.
Alfonso
Durazo, el hombre fuerte de Andrés
Manuel López Obrador en materia de seguridad, ha dicho que el próximo
Presidente de México recibirá un país en ruinas en materia de seguridad. Y es
por ello que se afina una amplia estrategia, en cooperación con el Gobierno de
Estados Unidos, para emprender una cruzada contra el crimen organizado, cuyo
eje principal será –se asegura –golpear las finanzas de los cárteles de la
droga.
Alfonso
Durazo sabe que ese paso no es fácil,
pero si es necesario para desactivar la violencia. Nadie del equipo de Andrés
Manuel López Obrador ha dicho, hasta ahora, si ya disponen de un mapeo sobre el
patrimonio del crimen organizado y cómo empezarían a decomisar capitales bajo
sospecha o ligados a las actividades de narcotráfico o lavado de dinero.
El dinero de la mafia corrompe hasta
la médula al Estado, lo atrofia y lo vuelve inoperante. Esa es la más letal
corrupción que por décadas ha paralizado al Estado en su función de garantizar
la seguridad del país. La mafia se alimenta se ese Estado fallido que nadie o
muy pocos quieren reconocer. Si el desvío de dinero público es grave, la
atrofia del Estado y sus instituciones por medio de la corrupción criminal es
todavía peor porque es lo que justamente ha conducido al Gobierno de Enrique
Peña Nieto a un estado de postración ante el crimen organizado.
Es esa la corrupción que convierte a
los presidentes de las naciones en gerentes de grupos mafiosos, en meros
empleados de los grupos poderosos relacionados con la mafia internacional. Peña
Nieto es un claro ejemplo de ello.
El combate al crimen mediante el
desmantelamiento de las redes patrimoniales no es nada nuevo como estrategia.
Siempre se ha sugerido como estratégico.
Ha sido una sugerencia reiterada
desde hace varios sexenios, pero por desgracia no se acata porque el dinero del
narcotráfico se utiliza para mantener activa la red de corrupción; el dinero
sucio llega hasta la presidencia de la República y salpica por igual a
gobernadores, altos mandos de las policías federales, militares, marinos,
agentes de todos los pelajes y también sirve para financiar campañas políticas.
Los
responsables de la seguridad de López Obrador y diversas organizaciones
sociales y defensoras de los derechos humanos llevan a cabo foros en el país
para conocer las profundas heridas de una sociedad golpeada por el crimen
organizado.
Dichos foros
se iniciaron en Chihuahua, particularmente en Ciudad Juárez –uno de los
territorios más aterrados por el narcotráfico –y se espera que a lo largo de
los próximos meses este mapeo del país se extienda a las entidades más
críticas. Es una forma de conocer el grave problema de inseguridad para diseñar
una estrategia que conduzca a la pacificación del territorio.
Excolaborador
cercano de Luis Donaldo Colosio, exfuncionarios del panismo en tiempos de
Vicente Fox, Alfonso Durazo no domina la
materia que le fue encomendada por López Obrador, pero se ha involucrado con
mucho compromiso para conocer cuál es el mejor camino para llevar al país a la
paz.
Desde los
tiempos de campaña, Durazo se acercó a
los expertos en materia de seguridad: se entrevistó con políticos, agentes,
militares, consultores, académicos y con cuanto analista le podía aportar
alguna idea para entender este complejo panorama del crimen organizado.
Seguramente Durazo entendió que el
corazón de la delincuencia organizada está en la clase política. Seguramente
también entendió que el crimen opera con protección del poder político.
También debió entender que para acabar con el
problema el primer paso sería desmantelar las redes criminales entreveradas con
la política y la otra clase no menos perniciosa –la empresarial–que lava el
dinero de la mafia con toda impunidad.
Quizá
también entendió que para bajar los
niveles de corrupción es necesario que el dinero de la mafia se asegure y que
se le quite a los cárteles y a los capos el flujo de recursos que invierte en
corrupción y en generar violencia.
El futuro
secretario de Seguridad Pública –sobre
quien caerá el peso de la pacificación del país –hasta ahora no ha dado a
conocer su estrategia. Ha expuesto algunos puntos aislados –la amnistía, el
combate a la corrupción, la posible legalización de las drogas, cuya discusión
–dijo –le corresponde al Congreso –pero por ahora desconocemos qué va a pasar,
por ejemplo, con las policías en México, uno de los principales focos de
corrupción del país.
De acuerdo con datos oficiales y no
oficiales, el 85% de las policías de México sirven al crimen organizado y el
80% de los alcaldes tienen alguna conexión directa o indirecta con algún cártel
de la droga.
¿Qué hará Alfonso Durazo para
desmantelar la red política que sirve al crimen? ¿Cómo se enfrentará el lavado
de dinero, motor de la mafia? ¿Cómo se combatirá a los catorce cárteles que
operan en el país? ¿Se legislará para ponerle dientes a una eficaz ley de
extinción de dominio?
Si no se asegura el dinero –y esto lo
sabe muy bien Alfonso Durazo –no puede haber combate al crimen y tampoco
pacificación del territorio.
Hasta ahora,
la Secretaría de Hacienda y su Unidad de Inteligencia Financiera no ha enfrentado directamente al patrimonio
del crimen organizado. Durazo tampoco ha hablado del proyecto de llevar a cabo
un censo sobre la red patrimonial de la mafia en México –casas, ranchos,
empresas, aviones, cuentas, terrenos, redes comerciales, por citar sólo algunos
giros –ni de llevar a juicio a políticos ligados al crimen o que en el
ejercicio del poder hayan establecido vínculos con algún cártel.
Se impone el proyecto de efectuar una
labor de higiene en todos los cuerpos de policía, pues en el estado actual en
el que se encuentran estos cuerpos de seguridad no es posible enfrentar a
ninguna red criminal. No sólo les falta capacitación: están infiltrados por el
crimen y en muchos casos al servicio del narco.
Olga Sánchez
Cordero, exministra de la Supera Corte y futura titular de la Secretaría de
Gobernación, planteó el proyecto de
legalizar las drogas en México. Quizá algunas drogas, como la marihuana, serviría
para desactivar una parte del problema de la violencia.
Este paso tendría una consecuencia
positiva, nadie lo duda: desactivar la violencia y una parte de la cadena de
corrupción que cobija el negocio de la siembra y distribución del enervante.
Pero quizá
el equipo de Andrés Manuel olvida o no
quiere ver que si se legalizan las drogas en México el crimen organizado
seguirá de pie y activo, pues las redes mafiosas operan con 25 tipologías
delictivas que les reditúan cuantiosas ganancias.
Un ejemplo: Además del tráfico de drogas –que ya no es
su actividad más rentable –los cárteles operan con secuestro, venta de
protección, tráfico humano, lavado de dinero, despojo de propiedades, control
de giros negros, piratería, contrabando (controlan las 49 aduanas del país por
donde cruzan armas, drogas y todo tipo de mercancías ilegales).
Los cárteles
también han invadido el mundo con la
producción de drogas sintéticas. Hay tantos diseños como fórmulas químicas se
pueden lograr en el laboratorio manipulando moléculas y sustancias. ¿Se van a
legalizar todas las drogas químicas? Imaginemos que se da ese paso, que se
legalizan 500 drogas químicas. En cosa de horas, el crimen organizado ya
tendría el doble de sustancias en el mercado. Así se rápido. Imposible abatir
esta industria criminal sin golpear a las redes que los protegen y que están en
el poder político. El combate frontal al crimen debe ser continental.
¿Qué camino seguir, entonces, en el
combate al crimen y para lograr la pacificación del país?
Como ya se
dijo –y esto no lo ignora AMLO ni Durazo –el
principal combate debe darse en la clase política y empresarial vinculada al
crimen organizado. Es clave el desmantelamiento de las redes patrimoniales y
empresariales ligadas a la mafia. De otra manera no hay combate a los cárteles
ni pacificación posible. Tampoco se lograrán los objetivos si no se depuran los
cuerpos de policía. El principal combate a la corrupción no sólo es
institucional ni sólo tiene que ver con el desvío de recursos públicos.
La corrupción más feroz –y de eso no
habla AMLO –es la que opera el crimen organizado y atrofia las funciones del
Estado hasta convertirlo en una estructura no sólo inoperante sino servil.
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