Pablo Gómez.
Hay temas que acaparan la atención en
los medios de comunicación y redes sociales. Son los de sueldos, delegados del
gobierno federal en los estados y uno que otro futuro nombramiento en el
Ejecutivo.
Ya se sabe, a pesar de brincos, que
los más altos sueldos de la administración pública van a ser rebajados; que ya
no se cubrirán las pensiones ilegales y abusivas de los exdirectores generales
del sector paraestatal (art. 127), así como de los expresidentes y sus esposas
y viudas; que no habrá compensaciones escondidas; que los tabuladores serán
verdaderamente públicos; que nadie podrá cobrar más de lo que tiene legalmente
asignado (art. 127).
Ya se sabe también que se van a
cancelar las plazas de confianza creadas para complacer a amigos y cómplices, y
que, en lugar de centenares de delegados del gobierno federal en los estados,
sólo habrá uno por entidad.
Por último, todos tenemos la
información de que los cargos que no requieren confirmación parlamentaria son
de la exclusiva responsabilidad del Ejecutivo.
Pero hay
temas legislativos mayores que casi no se mencionan, aunque se sabe que el
Congreso abre sesiones el próximo 1 de septiembre.
La Cámara de
Diputados debe clausurar el “departamento de regalos”, a través del cual se
agregan al presupuesto federal asignaciones al margen de toda meta y objetivo, es decir, sin programa alguno. De esa
práctica vienen los “moches”, cuando quien metió el concepto en el Presupuesto
pasa a cobrarle al que está recibiendo el recurso.
Al mismo
tiempo, el Ramo 23 del Presupuesto de
Egresos debe ser exclusivamente para aumentos de sueldos durante el ejercicio y
ajustes de partidas ya incluidas en el mismo. El gasto discrecional debe ser
sustituido por una política de modificación de programas y partidas sólo
mediante ajustes propiamente presupuestales. En una frase, los gastos secretos
del presidente deben ser cosa del pasado, lo cual ha de ser un paso de gran
calado en el combate al Estado corrupto que ha prevalecido en México.
El primer
paso en materia salarial es asegurar que los incrementos anuales a los mínimos
general y profesionales siempre se fijen por encima del aumento de precios
registrado en el año anterior más un porcentaje que compense lo que durante los
12 meses anteriores se hubiera perdido por la inflación. Así mismo, ¿de qué tamaño debe ser el aumento de
precios para obligar a un incremento antes de que se cumpla el año de su
vigencia? La ley debe señalarlo, en lugar de que, como ahora, lo decida el gobierno.
Uno de los primeros puntos que deben
cumplir los legisladores es eliminar su propio fuero y el de los demás
políticos poderosos, lo que implica ponerlos a nivel de cualquier persona
susceptible de ser sometido a proceso penal, si acaso llegaran a existir causas
para ello.
Esto es tanto más importante porque
la eliminación del fuero se aplicaría también en delitos cometidos antes de
asumir el cargo.
En cuanto al
presidente de la República, éste puede
ser ahora sujeto a proceso por delitos del orden común (art. 108, 2º), pero
sólo por parte del Congreso. Lo que ahora es preciso modificar es que se puedan
abrir en su contra procesos penales en los tribunales ordinarios.
Lo que es aconsejable cuidar es que
los titulares de los poderes públicos no puedan ser detenidos o limitados en su
libertad cuando se les someta a un proceso penal, sólo con el propósito de
garantizar el normal funcionamiento de tales poderes y evitar golpes de Estado
por la vía policial-judicial.
Sería un sistema semejante a la libertad
bajo fianza a la que tiene derecho cualquier procesado. Luego de la condena, se
revoca la inmunidad, se remueve del cargo y se ejecuta la sentencia. Este
mecanismo impediría la impunidad, lo cual es la parte más importante.
Si el
Ejecutivo “no va a ser tapadera de
nadie”, como lo ha dicho Andrés Manuel López Obrador, el Congreso tampoco
debería serlo. Las comisiones investigadoras de las cámaras nunca han llevado a
cabo su cometido porque están limitadas al sector paraestatal y carecen de
capacidad para hacer comparecer a cualquiera bajo protesta de decir verdad.
Una reforma en esta materia es
urgente para trasparentar el funcionamiento del Estado mexicano, incluyendo
contratos y cuentas, a través de mecanismos políticos permanentes y viables.
Habría que inscribir a México dentro del control parlamentario que existe en
muchos países, lo cual implica abrir todo lo público al escrutinio.
Como está
ahora el calendario de sesiones ordinarias, el Congreso no va a poder agotar
sus agendas legislativas y ocurrirá lo que ya hemos visto: nunca hay tiempo de
discutir los temas más importantes que se dejan para el final. Además, no es aceptable que los legisladores
trabajen cinco meses y medio, pero cobren 12. Es fácil concluir que se precisa
ampliar ese calendario.
Es necesario introducir en la
Constitución la revocación del mandato de los cargos ejecutivos de elección
popular, lo cual sería una nueva forma de resolver problemas políticos por vías
civilizadas y populares, dos de las condiciones básicas de un sistema
democrático.
En cuanto a las consultas populares,
se requiere impedir que éstas sean arbitrariamente impedidas por la Suprema
Corte, como ocurrió con la llamada reforma energética. En realidad, la Carta
Magna sólo impide poner a consulta el presupuesto, las tasas impositivas y el
financiamiento público. Así se convino en el Congreso y eso es lo que quiere
decir el texto vigente. Ahora, es preciso remontar aquel percance de la
democracia participativa y poner las cosas en su lugar.
En el plano fiscal no habrá aumento
de tasas impositivas ni nuevos impuestos. Sin embargo, existe
una lista de pendientes sobre aquellos decretos que el Ejecutivo ha emitido,
por encima del Congreso y de la Constitución, para perdonar a algunos
privilegiados el pago debido de sus contribuciones. Por motivos de justicia, no
convendría dar largas al tema, pero también para no permitir que las políticas
de otorgar privilegios sigan como si nada.
Se tiene que revisar de inmediato la
reciente ley de propaganda oficial y volver a los proyectos anteriores para
asegurar que en ese tema se cumpla la Constitución y se acabe con simulaciones
y discriminaciones. En específico, ningún gobernante debe usar fondos públicos
para hacer propaganda de su persona porque la Carta Magna lo prohíbe.
El financiamiento público de los
partidos debe ser reducido ante la evidente exigencia popular, aunque sin
desregular el financiamiento privado. Esto debería hacerse antes de que termine
el año para aplicarlo en el ejercicio fiscal de 2019.
Hay más
leyes urgentes que deben ser discutidas en el Congreso. Las listas se encuentran en manos de los futuros grupos parlamentarios
y de muchas organizaciones sociales y civiles donde hay proyectos cuyo rezago
es largo.
Medios y redes podrían abrir la
discusión sobre tan importantes temas nacionales. Podrían, digo.
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