Diego Petersen Farah.
El insomnio
hace las noches más largas. Cuando te abandona el sueño el tiempo se detiene,
se hace chicloso. Me gustaría decir que las manecillas del reloj se hacen
viscosas, pero los relojes de manecillas ya no existen. Si eso es una noche de
insomnio, imagínese lo que es para un Presidente la larga noche de la
transición, esas horas de espera que comienzan con el momento en que sale a
reconocer el triunfo de su opositor hasta el día que le entrega la banda
presidencial, una noche de cinco meses en el que el tiempo se aletarga.
El
Presidente lo sabe. En la casa de al lado hay fiesta. El ganador festeja y
promete llevar a todos al país de nunca jamás. Sus amigos lo han abandonado. El
mismo reconoce las voces que salen por encima de la barda que divide al poder
del no poder. Son los mismo, los bufones de sus fiestas de antaño, los que
tantas veces lo lisonjearon a él ahora celebran todas las ocurrencias del
nuevo. No hace tanto que él estaba ahí, en el lugar de quien no puede dormir
porque está en la euforia del poder; ahora es la falta de poder lo que no le
permite concretar sus sueños.
En medio de
esa larga noche de insomnio el Presidente tiene que seguir cumpliendo con
tareas específicas, no solo las de acudir a ciertos actos, “los menos posibles,
por favor” insiste el Presidente a su secretario de agenda, “solo los
estrictamente necesarios”. “Este es ineludible, señor Presidente, debe usted
rendir el informe”. Es el último informe, el que estaba destinado a sintetizar
el legado, pero, él lo sabe, no será sino el inicio del juicio público.
¿Quién quiere oír el informe del
Presidente Peña Nieto? Nadie. ¿A quién le interesa la opinión del Presidente
sobre los asuntos públicos? A nadie.
Quiere gritar, señores soy el
Presidente, pero nadie lo escucha, su voz ya no tiene fuerza. Se da cuenta de que su fuerza, esa
que hacía que su voz se tuviera eco en todo el país en realidad no era suya,
era la fuerza del coro, de los que repetían y amplificaban su voz hasta llegar
al último rincón de Chiapas o Baja California. Era la fuerza del poder.
¿Cuánto falta para que amanezca? Pregunta
el Presidente y él mismo se tiene que responder porque ya no hay nadie que
convierta sus dudas en investigación, ni sus ocurrencias en proyectos
ejecutivos, ni sus deseos en órdenes. Faltan 105 días; dos mil 520 veinte horas
de oscuridad. Qué noche más larga, dice el Presidente.
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