Salvador
Camarena.
El día de la
elección presidencial, Ricardo Anaya y su equipo discutieron largo rato sobre cómo
proceder ante la inminente derrota.
Ese domingo,
parte del equipo urgía al candidato del Frente para que fuera el primero en
reconocer públicamente la derrota. Le sugerían que lo hiciera apenas dieran las
ocho de la noche, cuando oficialmente cierran las urnas que siguen el huso
horario que va dos horas más temprano que la capital y buena parte del país.
Sin embargo,
Ricardo no se inclinaba por esa opción. Cuando encima se habló de que debía
felicitar a Andrés Manuel López Obrador, representantes del perredismo se
opusieron a la idea de que Anaya se apresurara en salir.
Meade
intentará pronunciarse lo más pronto posible, le advirtieron a Anaya. Éste,
según testimonios que he recogido, no creyó que en Los Pinos darían al
candidato priista el beneficio de reconocer en público los resultados adversos
antes de que hablara el presidente Peña Nieto.
Entre una
cosa y otra, Anaya terminó viendo por televisión cómo se le adelantaba Meade,
quien no sólo le ganó la nota, es decir, que no sólo dio el campanazo
informativo de la victoria de Andrés Manuel, sino que se adueñó del distintivo
que acompañará al exsecretario de Hacienda como el primer candidato de muchos
–demasiados– procesos electorales que no incurre en el antidemocrático
comportamiento de regatear la victoria al oponente.
Tenemos que
dar un valor agregado, dijo el equipo a Anaya en medio de la frustración.
Háblale a Andrés Manuel, felicítalo y di que lo felicitaste, le sugirieron. El
encargo de establecer comunicación con El Peje recayó en Agustín Basave.
Minutos después, Ricardo saldría a reconocer la victoria de su contendiente. A
pesar de la llamada, la historia suele ser ingrata con los segundos lugares.
Esa fue la
primera salida en falso de Anaya de cara al futuro.
La segunda
salida fue por omisión y quedó clara el viernes, cuando todo México se enteró
que José Antonio Meade y López Obrador se entrevistaron.
Andrés
Manuel ha tejido su política postelectoral en torno a la idea de que los
“distintos” Méxicos se hablen. Y si de algo sabía el viejo PAN, incluso el
panismo que cobijó el despegue de la carrera de Anaya, era de sentarse a
negociar con los ganadores.
Anaya perdió
un mes entero en ese sabático que se dio como autopremio por el peor resultado
electoral, en términos porcentuales, de cuantos candidatos presidenciales ha
tenido ese partido desde 1994.
En vez de
intentar, para sí o para los suyos, un espacio de interlocución de cara al
próximo régimen, Anaya desapareció, y en el camino, ya se dijo aquí ayer, no
pichó ni cachó ni bateó ni, por supuesto, dejó batear.
El queretano
no se puso las pilas ni siquiera en el último minuto, cuando el jueves se supo
que un particular de Meade había acudido a ver a AMLO. Con más olfato político,
de nuevo Meade le ganó la nota, la foto, el lugar en esta historia breve.
La tercera
salida en falso ha ocurrido ayer. Anaya el sectario, Anaya el maniático de la
asepsia política, Anaya el distante, Anaya el desaparecido “apareció” en redes
sociales… rodeado de nadie –porque para términos políticos Damián Zepeda y
nadie es lo mismo–, en un lugar anodino, con un mensaje intrascendente.
Anaya pudo,
en su retorno, haberse dejado ver con Moreno Valle, o con Medina Plascencia, o
con Margarita, o con jóvenes militantes, o con alguien que significara algo hoy
para el PAN y para México, algo que no fuera la confirmación de que el exjoven
maravilla perdió hace tiempo el toque y la capacidad de ser relevante en algo
más que no sea el control, al punto de la asfixia, de su partido.
Tres salidas
en falso para un ponche perfecto. Out.
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