Epigmenio
Ibarra.
Muchas
veces, a lo largo de mis 66 años de vida, pensé que no lo lograría. Que no
vería el día en que el PRI o el PAN que, para el caso son lo mismo, fueran
expulsados de palacio. Como millones de mexicanas y mexicanos llegue a creer
que terminaría mis días llevando a cuestas la pesada lapida de un régimen
corrupto y autoritario y que moriría con la vergüenza de dejar a mis hijos y a
mis nietos un país gobernado por un hatajo de mentirosos y ladrones. Hoy tengo
mucho que agradecer: Sobreviví al PRI. Me siento más libre, más ligero, más
comprometido que nunca con mi país y mi gente.
La vida me ha
bendecido con dos victorias extraordinarias. No se me malentienda, no las
reclamo como propias: son victorias conquistadas por otros. A mí solo me ha
tocado registrarlas, vivirlas de cerca, hacerlas mías, disfrutarlas. He sido
testigo de la lucha inclaudicable de mujeres y hombres que lo han sacrificado
todo por cambiar la historia de sus pueblos. A ellas y ellos debo esta alegría
profunda que hoy siento, la esperanza fundada de que las cosas, en esta mi
patria herida, pueden ser de otra manera.
Registre la
primera victoria hace 26 años. Tras 12 años de una guerra cruenta y terrible,
contra un enemigo que parecía imposible de vencer, atestigüe, con mi cámara al
hombro, el momento en que los guerrilleros del FMLN entraron a San Salvador. Un
pequeño ejercito loco, como decía Gregorio Selser, vencía así en el campo de
batalla y en la mesa de negociación, a una formidable máquina político-militar
sostenida, a sangre y fuego, por el Gobierno de los Estados Unidos.
Este 1 de
Julio de 2018, ya en mi patria y todavía con la cámara al hombro, registre el
momento en que un Andrés Manuel López Obrador victorioso se enfrentaba a la
multitud reunida en El Zócalo y convocaba al país a iniciar, de inmediato, una
transformación radical de la vida pública. Aquello, en esa plaza donde tantas
veces se alzó la voz contra el régimen, donde se hizo el recuento de fraudes y
traiciones, donde pasamos lista tantas veces a las víctimas del régimen
criminal, era, por fin, una fiesta. Un pueblo celebraba, aun incrédulo, lo que
en las urnas y pacíficamente había conquistado: liberarse del régimen que por
décadas lo había humillado y sometido.
La cámara,
debo confesarlo, ha sido para mí el salvoconducto para entrar y salir a
infiernos en los que otros, que no tienen mí misma suerte, se ven obligados a
vivir y a morir. Ha sido instrumento de reflexión sobre lo que mueve a los
seres humanos y los vuelve capaces de los actos más heroicos o la más abyecta
villanía. La cámara ha sido pues coartada y armadura. Con ella al hombro he
acompañado a quienes hacen historia. Los he visto sufrir, llorar, combatir y
morir. También, por fortuna, los he visto vencer.
Aquella
tarde de 1992 en San Salvador, sin separar el ojo del visor de la cámara,
cuando por la Roosevelt comenzaron a entrar los camiones cargados de muchachos,
sin dejar de filmar comencé a llorar. Pensé entonces en los rostros de los
combatientes caídos; siempre me tomé el tiempo de filmarlos con profundo
respeto al menos el tiempo en que se dice una jaculatoria. Pensé en los
rostros, el llanto y la determinación de las madres de los masacrados, de los
desaparecidos, en los civiles que, aterrorizados, huían de los bombardeos pero
que se daban el tiempo para denunciar a los criminales frente a la cámara.
Pensé en mis compañeros periodistas que cayeron en el cumplimiento del deber.
Sin dejar de filmar lloraba, como decía Pedro Garfias, con el llanto de un
becerro que ha perdido a su madre.
La noche del 1 de Julio, cuando
buscaba de nuevo desentrañar el misterio de la relación que establece López
Obrador con las multitudes, no me dio el alma para llorar, pero sin soltar la
cámara, comencé a cantar el Himno Nacional uniéndome a las decenas de miles que
esa noche celebraban la victoria. Mientras cantaba pensaba en las madres y
padres de Ayotzinapa, de Guarderia ABC, en las víctimas de las masacres de
Tlatelolco, el Jueves de Corpus, Aguas Blancas, Nochixtlan, San Fernando y
tantas otras. En los miles de rostros de manifestantes que, a lo largo de casi
40 años, he filmado desandando el Paseo de la Reforma coreando consignas hasta
llegar al Zócalo y pensaba también en Miroslava Breach, en Javier Valdez en los
periodistas que en México han sido asesinados.
Sobreviví al PRI carajo.
Sobrevivimos. Se lo debemos a quienes lucharon sin descanso, a quienes no se
amedrentaron, ni se vendieron, ni se rindieron, ni se resignaron. A esas y esos
insumisos que no se creyeron aquello de que aquí las cosas no habrían de
cambiar jamas. A quienes quedaron en el camino; a los masacrados, a los
desparecidos, a los torturados, a los perseguidos, a quienes a pesar de haberlo
perdido todo no perdieron jamas ni la voluntad ni la esperanza. Por su lucha es
que hoy sopla un viento fresco en un país que se nos estaba deshaciendo entre
las manos. Es por ellas y ellos que tenemos el privilegio de celebrar la victoria,
pero también, porque la victoria para serlo realmente ha de refrendarse cada día,
el deber sagrado de cuidarla amorosamente, de consolidarla, de hacerla
irreversible.
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