Alejandro
Páez Varela.
Analistas,
políticos y periodistas han expresado su preocupación por el triunfo de Morena
en las elecciones del pasado 1 de julio porque ven la posibilidad de que la
mayoría obtenida por Andrés Manuel López Obrador no permita un equilibrio de
poderes y regresemos a la Presidencia súper poderosa. La preocupación se basa
en supuestos: nunca antes la izquierda (y en particular esa izquierda) ha
gobernado la República. También se basa en la experiencia de un pasado
totalitario con el PRI, que se ejerció simulando una democracia.
A López
Obrador se le ha acusado de intentar la destrucción de las instituciones. Se da
por hecho, entonces, que hay instituciones que destruir. La experiencia en
otras democracias indica que no importa qué tan abrumador sea el triunfo de una
fuerza política si existen instituciones que anclen el equilibrio. Entonces,
casi como un derivado, tenemos instituciones para enfrentar la tentación de una
Presidencia con poder plenipotenciario.
Personalmente no creo que exista un
riesgo de facto con el triunfo contundente de Morena. En todo caso es un gran
reto, porque tendrá manos libres para llevar a cabo el cambio que ha prometido
durante años, sin excusas y con poco tiempo. Más pronto de lo que se cree, los
ciudadanos, que han entregado ese amplio bono democrático, podrán medir si
hicieron bien o no y cobrar o recompensar ese desempeño.
Lo que veo con preocupación no es ese
triunfo contundente. Es que la oposición ha quedado deshecha. Peor aún, su diagnóstico de corto plazo no da la certeza de que pueda recuperarse
antes de las elecciones intermedias. El PRD es un cadáver y está en el proceso
irreversible de la descomposición total. El PAN ha quedado sujeto a los
vaivenes y jaloneos de grupúsculos que han demostrado no deseos de servir, sino
hambre de poder. El daño causado por la ambición de Ricardo Anaya ha dejado un
PAN malherido. Y con esos dos partidos en un tobogán, la única fuerza que queda
es el PRI, que intentará resolver el descalabro con disciplina, como lo ha
hecho durante décadas, apoyándose en la estructura oculta de los sindicatos que
maneja desde su fundación. Pero López Obrador sabe que el error de Francisco I.
Madero (que repitió el PAN) fue haber gobernado con las estructuras heredadas;
entonces, siento, los sindicatos no tienen su vida comprada y es probable que
sean tomados por el poder emergente.
Más que las
tentaciones de López Obrador, que ha jurado vencer, creo que la democracia
estornuda y su catarro se puede volver pulmonía si los partidos no logran
evolucionar y convertirse en verdadera oposición. Y tienen poco tiempo. Dicho de otra forma: no es el
lopezobradorismo el que significa un riesgo, sino la incapacidad de los cuerpos
de oposición para convertirse en una fuerza de contrapeso y en una alternativa
real para el electorado.
El PRD se ha quedado sin dinero,
hueco, ayuno de líderes con solvencia moral, sin propuestas; se desvanece
porque su vitalidad ha brincado hacia la estructura de Morena, que se ha
convertido en la única fuerza de izquierda con posibilidades de ser gobierno.
En el PAN se vive un momento pocas
veces visto. Los líderes son pocos y pobres, como si los mejores años hubieran
pasado y la marca estuviera en bancarrota. No hay un Carlos Castillo Peraza; no
hay un Manuel Clouthier; no hay un Luis H. Álvarez e incluso se extraña aquel
Gustavo Madero, antes de que Ricardo Anaya le quitara el poder. Ahora hay un
Rafael Moreno Valle, un Marko Cortés. El primero es un depredador oscuro, con
olor a sucio; el segundo, nadie.
El PRI es famoso por su unidad. Lo ha
presumido como un valor y una actitud frente a la derrota. Su problema es que
la unidad, ahora, es también su destrucción: los que pueden “unirse” para darle
viabilidad son justamente los que lo llevaron a la destrucción: Manlio Fabio
Beltrones, Rubén Moreira, Carlos Salinas, Emilio Gamboa Patrón, los
desprestigiados operadores de Enrique Peña Nieto y los líderes corruptos de los
“sectores” y los sindicatos. La unidad histórica del PRI ahora le estorba: una
foto con todos ellos resulta tan repugnante como la idea misma de que el PRI
tenga acceso una vez más a presupuestos de gobierno.
¿Y ahora
qué, entonces? Ahora que… no está muy
claro. La única certeza es que López Obrador y Morena llegarán con una amplia
mayoría y no solo eso: también con partidos políticos sin capacidad de ser
oposición por sus propias corruptelas, por sus propios errores y sus propias
malas decisiones.
No está mal que AMLO tenga manga
ancha para mostrar lo que tanto ha ofrecido. Por un tiempo está bien. Pero la vida nacional e
incluso el mismo Morena necesitarán una oposición inteligente, congruente,
fuerte y con posibilidades reales de volverse gobierno. Nadie quiere otro PRI.
Es saludable que exista una competencia vibrante, crítica, responsable.
Pero bajo el actual escenario, lo
peor que pudiera pasar es que Morena y López Obrador se equivocaran. Entonces
sí estaremos jodidos: la esperanza para el ciudadano de a pie será, más que
nunca, un plato suculento encerrado en un aparador distante.
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