Jorge Javier
Romero Vadillo.
Comienza la nueva legislatura, al
tiempo que el próximo Gobierno va tomando los hilos de la administración y va
quedando claro que el margen para el cambio es mucho más estrecho de lo que la
ilusión de la campaña electoral hizo imaginar a muchos electores.
El candidato que movió la emoción
popular con sus consignas que clamaban por una sacudida histórica va, poco a
poco, convirtiéndose en el Presidente que entiende que su capacidad de maniobra
es mucho menor que la imaginada, mientras que los legisladores del gran movimiento
transformador se muestran como lo que siempre fueron: políticos reciclados sin
mayor coherencia entre sí que la lealtad y la disciplina por el caudillo cuyo
arrastre electoral les garantizó la mayoría.
Tras la
grandilocuencia demagógica de proclamar una cuarta transformación, equiparable
a otras tres míticas transformaciones de la historia mexicana según una
taxonomía que parece sacada del relato maniqueo de los libros de texto
gratuitos de la década de los sesenta, lo que va imperando es la terquedad de
las instituciones, esas pertinaces restricciones a la voluntad que modelan al
final del día el comportamiento de los individuos y sus organizaciones y que
solo cambian gradualmente, en los márgenes. Reglas y prácticas que persisten
porque forman parte del comportamiento aprendido y asumido como apropiado.
Maneras de hacer las cosas arraigadas y que responden a trayectorias de largo
plazo poco susceptibles de ser cambiadas a golpe de timón.
El Presidente Electo va gradualmente
desdiciéndose, a la sordina, de muchas de sus proclamas de campaña. Sale de una
reunión con los militares a anunciar un aplazamiento sine die a la salida de
las fuerzas armadas de las tareas de seguridad que tan ineficazmente han realizado.
Lo notifica casi con resignación: parece que lo han convencido de que no hay
más remedio que seguir en la misma ruta empantanada en la que Felipe Calderón
metió al país y en la que Enrique Peña Nieto acabó por atascarlo.
Contradictorio pero empecinado, López Obrador insiste en su nostalgia
decimonónica de la Guardia Nacional, pero ya como un proyecto a largo plazo,
sin fecha de concreción. El nombrado como próximo secretario de seguridad, que
antes ya había descartado el proyecto de Guardia Nacional, pero se había
comprometido con la desmilitarización gradual pero constante, no tiene más
remedio que asumir sus dichos como un objetivo a seis años.
Frente a la
realidad, lo que se echa en falta es una hoja de ruta clara, un proyecto más
allá de las consignas de campaña. Una vez más, como siempre, ante la ausencia
de proyectos bien articulados, con base en los cuales se construya una
estrategia de Gobierno, se recurre a los foros, subterfugios legitimadores ante
la falta de ideas propias que le den rumbo a un cambio que día a día se muestra
más evanescente, apenas simulado por medidas cosméticas y gestos de cara a la
galería, como la compra de tortas para llevar en el aeropuerto.
La debilidad
mayor de la transformación pretendida se muestra en su extremada
personalización, en la idea de que el cambio es él, en su desconfianza tan
mexicana, por las reglas. En el tema de la fiscalía, lo que le urge es nombrar
a alguien de su confianza, sin ver la necesaria reconstrucción institucional
del órgano encargado de la procuración de justicia, carcomido hasta sus
cimientos por la corrupción y la ineficacia. Para el próximo Presidente la
justicia sigue siendo, como en los tiempos de la presidencia omnímoda, heredera
de las tradiciones monárquicas, una gracia que se concede desde el poder, como
cuando, en referencia a casos conspicuos de corrupción como el de Odebrecht,
sale a decir que no va a hacer cacerías de brujas ni persecuciones. No se
trata, entonces, de que la justicia haga su trabajo, sino de que el Señor Presidente
sea misericordioso.
Pero la terquedad de las maneras de
hacer las cosas arraigada en los mapas mentales con los que se navega en la
política mexicana se ha mostrado, con especial tenacidad, en el sainete
legislativo. En un mundo donde la excepción son las nuevas caras y las intenciones
reales de cambio, los mismos políticos de siempre se siguen comportando como
siempre. Desde el bufón que ha asumido su papel de provocador, hasta el
provecto Presidente de la Cámara de Diputados, clara muestra de que no ha
habido solución de continuidad alguna en la política mexicana desde hace más de
cuatro décadas.
Desde luego, en el repertorio de
mañas heredadas está la voluntad no de ser mayoría, sino aplanadora. Las
mayorías se construyen en torno a propuestas y proyectos de políticas
discutidas y deliberadas. Son coincidencias de propósitos, que sin duda
implican intercambios de posiciones. La aplanadora, en cambio, es una
maquinaria disciplinada al servicio del poder y para lograrla no se necesita
construir coincidencias programáticas ni afinidades ideológicas: se requiere,
en cambio, intercambios de favores y mecanismos sancionadores. La mayoría es
reflexiva, la aplanadora es monolítica y disciplinada. Para construir su
dominio en el Congreso, MORENA no ha necesitado presentar una agenda bien
trabajada y discutida. Le ha bastado con aprovechar las reglas de
sobrerrepresentación y para consolidar su predominio absoluto, de manera que
pueda presidir la Junta de Coordinación Política de la Cámara de Diputados durante
toda la legislatura, y con ello controle la formación de la agenda, ha
recurrido a la compra por intercambio de favores de un puñado de saltimbanquis
del falso Partido Verde. Como que esta gran transformación se parece demasiado
a lo de siempre.
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