Adela Navarro Bello.
En el caso Javier Duarte de Ochoa no
hubo justicia.
No es justa la pena que le dieron,
como tampoco la multa, muchos menos los bienes confiscados. Lo justo hubiese
sido que regresara todo lo defraudado al gobierno de Veracruz, los miles de
millones de pesos, o los más de 400 millones por los que se supone respondería
en un juicio, al haberlos desviado.
Lo justo hubiese sido que le
confiscaran las más de 90 propiedades que tienen entre él, su mujer, su familia
y sus prestanombres, porque de acuerdo a lo que nos han dejado ver las
autoridades, fueron adquiridas con recursos del erario, o por lo menos con
recursos de procedencia ilícita.
Lo justo hubiese sido que Duarte
fuese obligado a reparar el daño, regresar el dinero que saqueó del gobierno de
Veracruz.
Pero nada fue justo. La sentencia fue una a modo
dentro de un pacto de impunidad al que el nuevo sistema de justicia penal y
sus juicios abreviados se acoplan
bastante bien. Además, le araron el camino con la reclasificación de los
delitos.
Ciertamente
pasará un tiempo en la cárcel, ciertamente perderá algunos de sus bienes
inmuebles, pero nada de eso evitará que
al salir, ni él ni su familia, ni sus hijos, ni –como diría Carlos Salinas- los
hijos de sus hijos, tengan problemas económicos en el futuro. De hecho, viven
muy holgadamente en Londres, y mantienen más de 40 propiedades en varios
países.
Los pactos de impunidad que ha
establecido este gobierno del presidente Enrique Peña Nieto dan para eso y para
más. Él mismo vivirá tranquilamente si Andrés Manuel López Obrador cumple su
palabra y no lo juzga durante su administración. No sabemos en qué quedó la
venta de la casa blanca, como tampoco con cuánto dinero en sus cuentas entró y
con cuánto sale.
Como ellos muchos otros en México. Funcionarios que se
han enriquecido con el dinero público, que han sacado ventajas de concesiones,
contratos, obras, asignaciones directas y que a cambio piden una comisión. Una
parte del presupuesto a manera de botín, solo por permitir el trámite para una
asignación.
La realidad es que los pactos de
impunidad entre la clase política seguirán existiendo, mientras los sistemas
anticorrupción no queden debidamente integrados, y aun así, quienes los
integran terminan siendo parte del equipo en el poder.
Ahora los legisladores del Movimiento de
Regeneración Nacional han redactado dos iniciativas para acortar los márgenes
de corrupción entre la clase política gobernante de México. Lo primero dicen (y
que va de la mano de la propuesta del presidente electo (que aún no se
materializa, de inscribir en el catálogo de delitos graves y que por lo tanto
ameritan la prisión preventiva, la corrupción) es proponer una reforma
constitucional para quitar bienes inmuebles y enseres a funcionarios que hayan
caído en actos de corrupción, y que se les comprueben, claro está.
Lo que proponen es establecer la
extinción de dominio cuando se trate de hechos de corrupción. Una modificación
al Artículo 22 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, que
ya la contempla para otros casos, y dice así: “Quedan prohibidas las penas de
muerte, de mutilación, de infamia, la marca, los azotes, los palos, el tormento
de cualquier especie, la multa excesiva, la confiscación de bienes y
cualesquiera otras penas inusitadas y trascendentales. Toda pena deberá ser
proporcional al delito que sancione y al bien jurídico afectado.
“No se considerará confiscación la
aplicación de bienes de una persona cuando sea decretada para el pago de multas
o impuestos, ni cuando la decrete una autoridad judicial para el pago de
responsabilidad civil derivada de la comisión de un delito. Tampoco se
considerará confiscación el decomiso que ordene la autoridad judicial de los
bienes en caso de enriquecimiento ilícito en los términos del artículo 109, la
aplicación a favor del Estado de bienes asegurados que causen abandono en los
términos de las disposiciones aplicables, ni la de aquellos bienes cuyo dominio
se declare extinto en sentencia”.
Tal artículo es aplicado ya a los
criminales organizados, a los narcotraficantes cuyos delitos probados son de
delincuencia organizada, contra la salud, secuestro, robo de vehículos
(delincuencia organizada) y trata de personas, y cuando se tenga la certeza que
los bienes muebles, inmuebles o dinero, son resultan de dichos delitos.
En este caso
la SEIDO promueve la extinción de
dominio ante un juez, y en caso de probarse, aquellos bienes irán a formar
parte de los que posee la nación. Pero, pocas veces recurren a la extinción de
dominio. Por ejemplo, a la fecha, a
Joaquín Guzmán Loera “El Chapo Guzmán”, narcotraficante extraditado a los
Estados Unidos, la SEIDO no le ha promovido ni un solo juicio de extinción de
dominio.
De hecho, un abogado ha confiado, al año la
Procuraduría General de la República tramita aproximadamente unos diez juicios
de extinción de dominio contra criminales organizados y narcotraficantes, y en
2016 establecieron un record con 16 casos, en 2017 hubo nueve juicios, y en lo
que va de 2018 apenas llevan cinco.
En estas
condiciones, con una PGR “saturada” de
casos contra narcotraficantes, ¿cuántos elementos necesitará para dar
seguimiento a los casos de los políticos y funcionarios corruptos? Seguramente
de muchos, y de la fiscalía anticorrupción, claro está.
Pero los
senadores de Morena también contemplan
en su iniciativa incluir como sujetos de extinción de dominio a los
prestanombres de los corruptos, algo un poco más difícil de probar pero que es
de lo más común (son ratas no peneques, como dijo un ex alcalde de Tijuana). Se
procederá a la extinción de dominio cuando se compruebe que los bienes
adquiridos por los funcionarios sean producto de actos de corrupción como abuso
de autoridad, ejercicio abusivo de funciones, cohecho, tráfico de influencias,
enriquecimiento ilícito. Además, este proceso estará separado del que se
seguirá por corrupción. Alertaron los senadores en el documento, “será
jurisdiccional, de naturaleza penal, pero autónomo del procedimiento que se
sigue la investigación y judicialización de los hechos con los que estén
involucrados los bienes objeto de extinción”. Es decir, que se recuperen los bienes independientemente de la sentencia que
dicte al corrupto.
En la misma
semana y en sentido similar o complementario, la fracción panista del mismo Senado de la República ha propuesto una
serie de reformas para evitar que los gobiernos de los Estados y los
Municipios, utilicen dinero en efectivo. O que el caso sea limitado para evitar
“conductas ilegales como sobresueldos a funcionarios estatales o compensaciones
extraordinarias que no registrar en tabuladores”, las dobles nóminas pues.
En
información publicada en el diario Reforma,
explicaron que “con el manejo de dinero en efectivo, los Gobernadores realizan
pagos que no son fiscalizados a líderes sindicales con el fin de evitar huelgas
o para que apoyen negociaciones salariales”.
Además, “El uso de efectivo también permite
realizar pagos a medios de comunicación, organizaciones sociales para su manejo
político y así evitar bloqueos carreteros, cercos a edificios públicos o
movilizaciones en general”.
¿Se acuerdan
de los 25 millones de pesos que trasladó el gobierno de Javier Duarte de
Veracruz al Estado de México y que luego le fueron regresados por la PGR? Ande,
pues así. Evitar ese tipo de acciones
que están más cercanas a la corrupción que al beneficio de los gobernados.
Para evitar
esos casos, los albiazules están proponiendo
reformas a las leyes de contabilidad gubernamental, de presupuesto y
responsabilidad hacendaria, así como la ley de disciplina financiera de estados
y municipios.
El objetivo de los legisladores
parece ser amarrar las manos a los corruptos antes los evidentes pactos de
impunidad que se dan entre políticos de un partido y otros en cambios de
administración, y particularmente cuando pertenecen al mismo círculo.
Y bueno, si
no hay de otra…
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