Sanjuana
Martínez.
“Ya no viven
juntos”, me dijo hace dos años una persona cercana a la pareja presidencial
Enrique Peña Nieto y Angélica Rivera, un amor diseñado para durar sólo un
sexenio.
La crónica
de un divorcio anunciado inicio mucho antes del próximo fin del Gobierno. Las
desavenencias de la pareja fueron públicas y notorias desde hace unos años. La
última, el pasado 13 de septiembre en la ceremonia de la Gesta Heroica de los
Niños Héroes. Peña Nieto le tiende la mano, pero ella lo deja con la mano
extendida. El momento fue captado por las cámaras y la imagen exhibe además
como ella rompe el protocolo cívico.
La señora
Rivera, mejor conocida como “La Gaviota”, acordó jugar un papel hasta el final
del sexenio. Aparece en eventos públicos, pero su actuación deja mucho que
desear. Tal vez, nunca fue buena actriz, como señalan algunos productores de
Televisa que trabajaron con ella. Tal vez, ya está cansada de su papel de
Primera Dama, el mejor papel de su vida. Tal vez, el amor le duró menos de un
sexenio.
Antes de ser
la imagen institucional del Estado de México en tiempos de la gubernatura de su
señor esposo, Televisa ya se había encargado de ofrecerle a Peña Nieto, un
catálogo de actrices para que eligiera a su futura Primera Dama. Todo estaba
preparado, la operación de marketing, el noviazgo, la boda. Hasta hubo un
casting, según me dijo el productor Mario Lafontaine, quien trabajó en Televisa
durante 28 años.
“Hubo un
casting de actrices para él. Galilea tiene un pasado oscuro, viene de un table
de Guadalajara. No era la más idónea porque ellos en su doble moral piensan que
hay un centímetro entre ser teibolera y ser prostituta. Además, Galilea es una
mujer demasiado caballean para Peña Nieto, que es bajito; ella es muchísimo más
alta que él, muy imponente y lo hubiera opacado totalmente. Se le tenía que
buscar alguien de su tamaño. Quedó descartada”, me dijo Lafontaine en una larga
entrevista que incluí en mi libro Soy La Dueña en el capítulo titulado “El
burdel más grande de México”. El libro es una larga investigación sobre Rivera
y Peña Nieto, y la sombra de la corrupción que los persigue.
Lafontaine
es uno de los mejores especialistas en música que hay en México, además es
productor, director de imagen y de arte, conductor de radio y televisión; y conoció
a “La Gaviota” desde que llegó a Televisa a la edad de 15 años. Y conoció de
primera mano el llamado casting para buscarle novia y esposa a Peña Nieto.
—- ¿En la
elección de Angélica Rivera para Enrique Peña Nieto participó Emilio
Azcárraga?, le pregunté en aquella entrevista a Lafontaine.
—- Sí,
claro. Estaban los vicepresidentes Alejandro Benitez, Jorge Eduardo Murguía,
Pepe Bastón, Bernardo Gómez, Eugenio Cobo, que hace el casting para Peña Nieto,
y evidentemente Emilio Azcárraga.
Sabina
Berman le preguntó a Peña Nieto sobre ese catálogo de actrices que le envió
Televisa, en su programa “Shalalá”: “Y usted eligió entre muchas otras a
Angélica. ¿Qué le vio?”, le preguntó. Y contestó: “Pues te confieso que yo no
sabía… Bueno, sí sabía quién era, pero no tenía idea…me entrevisté con ella
personalmente, sabía que venía de hacer una novela muy exitosa”.
Todo estaba
preparado. Lucero también fue descartada porque “no le entró a ese rollo”, me
dijo. Al final, quedó Angélica Rivera, una actriz con suficiente popularidad
gracias a la última novela “Destilando amor” y su papel de “La Gaviota”. Esa
fama fue utilizada para que la señora Rivera se convirtiera en la imagen
institucional del Gobierno de Peña Nieto en el Estado de México, y
posteriormente siguió Lucero: “Me despido porque así debe ser. Dejo la
comunicación de logros de acciones del estado, y doy la bienvenida a Lucero.
Buena suerte, está es tierra noble y de gente buena”, dijo abrazando a Lucero.
Angélica
Rivera ya era la novia oficial. El set ya estaba listo: el restaurante
Philippe, al sur de la Ciudad de México, un lugar muy sofisticado y caro, por
supuesto. Fue su primer encuentro planeado por los estrategas de marketing que
planearon un segundo encuentro en el restaurante San Ángel Inn. Luego se
dejaron ver; primero en la boda de Ninfa Salinas y Bernardo Sepúlveda y después
en la de Chantal Andere y Enrique Rivero Lake. Después, en la funeral de doña
María Antonieta Arellano, mamá de la actriz Daniela Castro. Todo estaba
preparado para la campaña electoral. Era octubre de 2008, y las revistas del
corazón daban cuenta de la feliz noticia: el noviazgo del año: un viudo
cotizado y una famosa actriz, heroína de la televisión en una telenovela con 20
millones de televidentes, la pareja perfecta para un reality show perfecto.
“La
Gaviota”, por fin viviría con su príncipe azul en Los Pinos. El cuento de hadas
empezaba. La mujer, la actriz que estaba en el corazón de millones de mexicanos
se convertía así en la Primera Dama. La ficción trasladada a la realidad. Qué
gran combinación, una extraordinaria operación preparada por los publicistas de
Televisa.
En junio del
2009, Angélica Rivera negó que su romance fuera obra del marketing y en una
entrevista con la revista Quién: “No podemos montar nada en el corazón. No
podemos jugar con los sentimientos de nadie y mucho menos de seis seres humanos
que lo único que están pidiendo es ver a sus papás felices, tener una familia.
No tendríamos escrúpulos en la vida para pensar en un montaje”.
El show
debía seguir. Para ello había que anular la boda religiosa de Angélica Rivera y
José Alberto Castro, un matrimonio de 16 años y tres hijas. Nada se resiste al
poder político ni económico. El Vaticano, fue cómplice de una operación burda y
escandalosa. Finalmente, se casaron el 27 de noviembre de 2010 en la Catedral
de Toluca. Y el 17 de diciembre de 2011, Peña Nieto se convertía en el
candidato del PRI a la Presidencia y bajo la sombra de la corrupción llegaba a
la Silla del Águila.
Angélica
Rivera tuvo un periodo de aceptación. Pero su declive llegó muy pronto debido a
su escaso compromiso social y frente a su ostentosa vida cubierta de riqueza.
Su despilfarro resultó obsceno en un país con 50 millones de pobres. La
frivolidad y las revistas del corazón fueron determinantes. Sus hijas y los
hijos de Peña Nieto empezaron a vivir como reyes usando bolsos de 50 mil pesos,
zapatos de 30 mil o vestidos de 100 mil a 200 mil pesos. Quiso ser la Primera
Dama mejor vestida del mundo compitiendo con la realeza europea. Lo tenía todo:
fama, poder, riqueza, “amor”, familia. La desmesura, los excesos, el lujo, la
opulencia. ¿Pero de qué sirve la riqueza si no la presumes?
El 1 de mayo
de 2013 abrió las puertas de su casa a la revista ¡Hola! que tituló: “Angélica
Rivera, la Primera Dama, en la intimidad”. Con orgullo, la Primera Dama exhibía
cada rincón de su casa blanca ubicada en Sierra Gorda número 150, una vivienda
de mil 800 metros cuadrados.
—- No sabía
que le habías comprado una casa a tu esposa—- le reclamó Maritza Díaz Hernández,
la mujer con la que Peña Nieto sostuvo una relación extramarital durante nueve
años, incluso después de casado con “La Gaviota”.
—- Yo no se
la compré, reviró Peña Nieto.
—- ¿Entonces
quién?
—- Televisa.
Luego vino
lo que ya conocemos, la historia del conflicto de interés en la compra de sus
propiedades vinculados a proveedores del Gobierno. Y la debacle definitiva de
“La Gaviota”, luego de su justificación de honorabilidad en la compra de su
casa blanca. Angélica Rivera pasó de heroína a villana, una villana
abiertamente odiada por su pueblo. Y no es para menos.
Pero en este
fin de fiesta, final de sexenio, el cierre de un amor de sexenio, muchos nos
preguntamos, ¿cuánto nos costó a los mexicanos, este infame reality show que
terminará con un divorcio anunciado desde hace algunos años?
Peña Nieto y
Rivera se divorciarán, pero se irán a sus casas cubiertos de riqueza, con el
incremento de sus cuentas bancarias, sus propiedades y su fortuna. ¿Con cuánto
dinero llegaron Peña y su actriz elegida en un casting y con cuánto dinero se
van?
Este reality
show no debe terminar sólo con un divorcio que era previsible porque el
contrato obviamente duraba un sexenio. Este reality show debería terminar en un
juzgado y no necesariamente civil o especialista en divorcio exprés.
La pareja
perfecta, debería ser investigada y procesada. Su historia de mentiras y simulación
es también una historia de saqueo, de robo al erario, de excesos, de
corrupción.
Los
mexicanos merecemos un final de telenovela digno, un final donde ambos sean
llevados ante la justicia y procesados. Ojalá el próximo Gobierno deje a un
lado los pactos de silencio e impunidad. Y los veamos tras las rejas. Eso sí
que sería un final feliz.
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