Javier Risco.
En esta agenda retacada de
contradicciones en el gobierno electo, de incertidumbre en la consulta del
Nuevo Aeropuerto Internacional de México, de una oposición ausente, de un país
temeroso de salir a sus calles, del feminicidio a flor de piel, de un
presidente que ya bajó la cortina, de un México convulso… hoy, viernes, quiero aproximarme al
país inaudito que nos cuenta el periodista Aníbal Santiago. Si usted no conoce
a este reportero lo invito a que desesperadamente lo busque, y si usted ya
tiene el gusto, revise la selección de crónicas, perfiles y reportajes que
acaba de publicar en su libro México, tierra inaudita. Relatos de un país
inimaginable.
Editado por Lince, el libro contiene
19 textos que pintan un país lleno de mosaicos amorfos. Su selección es
desconcertante pero entrañable, el libro nos lleva por páginas imposibles.
Aníbal conduce al lector a una investigación de robo de arte sacro; a los
monumentales XV años de Rubí, vistos desde una familia que come rata de campo;
a un Acapulco que se aproximaba a una violencia inimaginable; a un beisbolista
coleccionista de piezas de automóviles, a unos Ángeles que le abrieron a los Bukis;
a los 80 gatos de Octavio Paz; a la marchista que ama a Romeo Santos; a un niño
que le escupe a otro niño en una primaria de Guerrero; a un reportero en
Ecatepec que aprendió el oficio tomando Coca-Cola; en fin, a historias que sólo
pueden ocurrir en este país y que sólo pueden ser contadas por Santiago.
Su visión
retrata una época, es como ese antropólogo que está en una constante búsqueda
del eslabón perdido pero que, a diferencia del fracaso de la ciencia, Aníbal
siempre lo encuentra, y así nos acerca una historia universal. Aquí algunos ejemplos: sólo a él se le
hubiera ocurrido hablar de la incesante violencia en Ecatepec, tratando de
entender la mirada de Iván, el fotógrafo de nota roja más reconocido del
municipio; quién más que él para contestar la pregunta “¿Por qué Ecatepec se
volvió el infierno? Iván lo tiene claro. El crimen organizado se extendió la
mayor parte del territorio y las células buscaron puntos de venta y trasiego de
droga. La violencia empezó por la pelea del territorio –aquí están Zetas y los
cárteles de Sinaloa y del Golfo. Michoacán colinda con el Edomex (y ante la
presión militar y policial en aquel estado), el crimen buscó dónde llegar”,
dijo: ‘Aquí no me resulta me voy al Edomex, que es estratégico’”, vaya que lo
tenía claro. O de qué otra manera mostrar la tragedia de Ayotzinapa, que
entrevistando a los directores de las escuelas primarias que rodean a la normal
rural, visitando Pueblo Viejo, “la más próxima vecina a esos huecos con muertos
que no paran de surgir desde que los 43 estudiantes fueron desaparecidos el 26
de septiembre de 2014”, conociendo la manera en la que hablan los niños de 6 y
7 años que juegan a ser narcos y sicarios.
Y tomé dos ejemplos, una crónica y un perfil
que podrían publicarse mañana o dentro de dos años y su ángulo y su aporte
periodístico es, como lo había anotado unas líneas arriba, universal. Pero no
todo es el México violento, solo él pudo haber hablado con Jaime Camil para
rescatar una visión del Acapulco de una familia de clase alta con 27 empleados
en casa; solo él pudo haber escrito sobre la resaca de la borrachera de los XV
años de una quinceañeara que convocó a cientos de miles de personas a través de
Facebook a su fiesta con chambelanes... son esas llaves las que él va
encontrando para abrir cuartos inmensos.
Las capas de este libro aún las sigo
explorando, lo único que le aseguro es que con estos relatos usted se va a
aproximar a un México que creía conocer, pero que al final del párrafo le va a
parecer ajeno. Tenemos en este libro el trabajo de campo de un antropólogo
exitoso, que encuentra ese eslabón perdido en cada página.
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