Ricardo
Ravelo.
Convertida la política antidrogas de
Enrique Peña Nieto en una verdadera trapacería, el gobierno de Donald Trump
parece que empieza a tomar, un poco más en serio, la necesidad de combatir a
los cárteles del narcotráfico desde el nervio financiero. Y ha enfocado sus
baterías hacia México, particularmente contra los capos de la droga y la mafia
política.
En doce
años, de 2006 a la fecha, el país pasó a
ser un escenario de miserias y gemidos debido a la violencia: la guerra de
Felipe Calderón contra el narco resultó un fiasco y el combate criminal en el
sexenio que acaba terminó convertida en una vacilada porque jamás se pudo
frenar la violencia, por el contrario, ésta superó las cifras al fatídico
gobierno de Calderón.
El resultado de ambos sexenios es que
los capos ya gobiernan más del 75 por ciento del territorio, bajo cualquier
sigla partidista, y nadie hace absolutamente nada para frenar el arribo de
criminales a las tareas de gobierno.
Los partidos son responsables, en
buena medida, de este desastre al no poner freno al dinero sucio. Por ello, la
figura del municipio libre, por ejemplo, está capturada por mafiosos, de ahí
que el gobierno de Trump haya puesto la mira en estas estructuras políticas
–gobernadores, diputados, alcaldes, síndicos y muchos empresarios –que están
coludidos con la mafia y cobijados por una suerte de pacto de impunidad.
Trump enfoca sus baterías hacia México y al
presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, no le quedará otra alternativa
más que cooperar con su homólogo en esta lucha contra los criminales.
Y las
acciones ya comenzaron y esta vez no provienen de la improvisación ni de
decisiones zigzagueantes. Washington va
con todo y éste quizá sea el arranque feroz del gobierno de López Obrador,
quien parece que también prepara su estrategia con miras a la pacificación del
país. Quizá dejemos de ver al López Obrador vacilante y contradictorio, como se
le ha observado, por ejemplo, con el polémico tema del Aeropuerto Internacional
de la Ciudad de México.
El tema de las drogas y la
gobernabilidad jamás podrán ponerse en manos del pueblo para que decida qué
hacer. Las directrices –y esto está claro –las determina el gobierno de Estados
Unidos.
Hace apenas
unos días, para ser exactos el pasado
martes 16, el gobierno norteamericano aumentó el monto de la recompensa que
ofrece por la cabeza de Nemecio Oceguera, El Mencho, jefe del Cártel de Jalisco
Nueva Generación. Quien aporte información sobre su paradero podrá llevarse 10
millones de dólares. Nada se ha dicho todavía de Aristóteles Sandoval,
exgobernador de Jalisco, señalado de proteger a capos (y sobre todo a El Mencho
–durante su gobierno.
Esta es la segunda recompensa más
cuantiosa que ofrece Washington por un capo de este pelaje. La suma más fuerte
–20 millones de dólares –se otorga para quien ubique el paradero de Rafael Caro
Quintero, puesto en libertad hace unos cinco años tras un fallo judicial
bastante nebuloso
que observó fallas en el procedimiento que se le había seguido al
narcotraficante tras su captura, en los años ochenta, por tráfico de drogas y
el asesinato de Enrique Camarena, el agente de la DEA torturado y asesinado en
un rancho de Michoacán.
Eso no es
todo: un día antes de que se anunció la
nueva bolsa millonaria por El Mencho, altos funcionarios estadunidenses y de la
Procuraduría General de la República (PGR) informaron sobre la creación de un
grupo policiaco investigador mixto con un propósito específico: quitarles el
dinero a los cárteles y golpear todos los ramajes financieros que les permiten
corromper a funcionarios y generar violencia.
Este grupo especial, que trabajará
tanto en territorio norteamericano como en México se enfocará a detectar las
redes patrimoniales de capos y de políticos. En la mira parecen estar
exgobernadores que amasaron fortunas protegiendo intereses del crimen; también
alcaldes, diputados, senadores y altos funcionarios de Aduanas, donde por
cierto opera una cauda de mafiosos del más alto nivel.
Elocuentes
fueron las palabras del encargado de la oficina local de la DEA, Brian M.
McKnight al afirmar: “Hemos puesto en
marcha planes de acción innovadoras para resolver este problema”.
El nuevo grupo –dijo –se abocará a
las investigaciones internacionales y operará desde la ciudad de Chicago. Su
función específica, expuso sin mayores preámbulos, será perseguir a personajes
de alto valor de los cárteles y también combatirá a pandilleros que están
involucrados en la distribución de drogas.
El hecho de que Chicago –otrora
centro de operaciones del legendario mafioso Alfonso Capone –sea la base de
este grupo especial, es un dato que resulta relevante: esa ciudad estadunidense
está considerada como la más importante receptora de la mayor cantidad de droga
que se envía desde México. Desde ahí se distribuye a todo el territorio una
gran variedad de drogas para los consumidores
Los datos
así lo refuerzan: de acuerdo con
informes de la DEA, en lo que va de 2018 se han asegurado unos 300 kilos de
cocaína y fentanilo (narcótico sintético utilizado para la elaboración de
medicamentos antigripales, anestesia y se asegura que su potencia supera los
efectos de la morfina, en otro tiempo llamada el segundo demonio de la
humanidad) cuyo valor asciende –se dijo — a unos 20 millones de dólares.
Las
investigaciones de la DEA también
detectaron que la droga que arriba a Chicago, como lo acreditó este caso, está
manufacturada en México; que son los cárteles mexicanos, a través de
intermediarios o brokers, los responsables de su distribución en toda la Unión
Americana, de ahí que el tema del combate financiero sea clave para cortarle la
cabeza a los grupos poderosos dedicados al tráfico de enervantes.
Y entre los más importantes, de
acuerdo con el mapa criminal de Estados Unidos, están los cárteles de Jalisco
Nueva Generación –de ahí la millonaria recompensa por Nemecio Oceguera –, el
cártel del Golfo y la organización del Pacífico o cártel de Sinaloa que, según
informes oficiales, se ha dividido en cuatro frentes para diversificar sus
operaciones.
Pero los
hombres que dirigen las acciones antidrogas desde la DEA, más allá de estos
objetivos, tienen una prioridad: que el
tráfico de drogas hacia Estados Unidos ni la violencia en México podrán
disminuir si no se desmantelan las redes financieras del crimen organizado.
Y es por ello que ahora sí parece que
los hombres de la DEA van por el dinero.
Durante una visita realizada a
Tamaulipas –uno de los estados perdidos por la violencia, donde la
gobernabilidad está completamente pulverizada –el presidente electo Andrés
Manuel López Obrador comenzó a dar algunos detalles de lo que será su política
para combatir al crimen organizado.
Precisamente
el miércoles 17 dijo que la estrategia
consistirá en dividir al país en 256 regiones y cada una, dijo, estará encabezada
por un mando único encabezado por efectivos de la Policía Federal, el Ejército
y la Marina.
Y también hubo reversa en el tema de la
amnistía, pues el tabasqueño también comentó que no firmará pactos con el narco
ni con capos. Esto debe entenderse como que entonces habrá combate frontal y
parejo, guerra sin excepciones. ¿Y el indulto? Bueno, eso le tocará definirlo
legalmente al Congreso cuando se discuta para quiénes puede haber indulto y
para quienes no.
Como ya se
ha dicho en varios momentos en este espacio, la tarea de López Obrador para pacificar al país no será fácil. No es
por decreto. Debe aplicarse una correcta política criminal que paulatinamente
vaya poniendo fin a las guerras entre cárteles. Por su puesto que no todo será
combate –la violencia genera violencia, ha dicho López Obrador reiteradamente
–, pues no se descartan otras medidas alternas: la legalización de algunas
drogas, la aplicación de la Ley de Extinción de Dominio y dentro del listado de
acciones no está fuera la negociación.
Pero lo que López Obrador no se
atreve a comentar es cómo le hará para desmantelar la estructura política
ligada al crimen y que ya gobierna en gran parte del territorio. No estamos
hablando de infiltración del crimen en la política. No. Estamos hablando de que
grupos del crimen organizado ganaron alcaldías y diputaciones en todo el país y
que van a gobernar o ya están gobernando.
Es el caso, por ejemplo, de Guerrero. Ahí el PRI y el
PRD ganaron alcaldías y diputaciones en varios distritos locales y federales
con candidatos que están ligados a los cárteles de Los Rojos y Los Ardillos,
los más perniciosos dentro y fuera de ese estado.
De entrada, se impone que el señor Alfonso Durazo se
ponga a trabajar junto con la Secretaría de Hacienda y la PGR en el armado de
todo el mapa criminal –confirmado o bajo sospecha –que ha trastocado la vida
pública toda, con el fin de desmantelar su estructura.
Cuando los políticos empiecen a ir a
las prisiones bajo cargos de lavado de dinero o protección a mafiosos, entonces
el país podrá entrar en una etapa de pacificación. Antes de cualquier acción
esto no será posible: el crimen organizado, como ya se ha dicho, opera con 25
actividades delictivas y todas generan violencia. Y, además, están protegidas por el poder político, aunque en muchos casos el poder
político es el crimen.
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