Salvador
Camarena.
Un buen
gobernador en México es un perro verde. Nadie ha visto uno. Bueno, como un
cisne negro: hay algunos que aseguran que han visto alguno. Que si Alberto
Cárdenas, que si Enrique Burgos, que si Carlos Medina, que si Cuauhtémoc
Cárdenas (en el DF, no en Michoacán), ¿ustedes tienen el suyo? Pero casi no se
ven cisnes negros… ni buenos gobernadores.
Nuestro
experimento democrático cumple 30 años desde el quiebre de la elección de 1988
con la mirada puesta en la Presidencia de la República, donde se intentará,
como nunca desde entonces, reinstalar el país de un solo hombre.
Contra los
declarados intentos centralistas de López Obrador el argumento federalista no
resiste la prueba de la risa. Zedillo quiso ser un federalista, pero su
debilidad frente a Roberto Madrazo inauguró no solo la época de emancipación de
los gobernadores frente a Los Pinos (cosa que siguió y se consolidó con Fox y
Calderón), sino también la de los despilfarros y la irresponsabilidad de los
mandatarios estatales frente a desafíos mayores, entre ellos los del crimen
organizado.
Desde la
Tamaulipas de Tomás Yarrington y Eugenio Hernández hasta la Colima de Ignacio
Peralta tenemos dos décadas de gobernadores que frente a los criminales sólo se
encogen de hombros deslizando la responsabilidad en las fuerzas federales.
Cuadro de honor merece en ese reglón el doctor Mancera, experto en cantinflear
frente a la criminalidad que azota a los capitalinos.
Quizá en
estos años hemos tenido un puñado de gobernadores que, con distintos
mecanismos, no rehuyeron el tema de la inseguridad. Se me ocurren Marcelo
Ebrard, Rubén Moreira y Graco Ramírez. Los primeros tomaron el asunto en mano
propia, y el tercero a través de su comisionado Alberto Capella, recientemente
nombrado como titular de seguridad de Quintana Roo.
Pero ni así,
ni por haberse involucrado más decididamente en los temas de seguridad los tres
mencionados en el párrafo anterior alcanzarían a ser considerados, por muy
variadas razones (derechos humanos, obras polémicas, tolerancia a la
corrupción, clientelismo…), buenos gobernadores.
Tenemos
entonces, en general, malos gobernadores. De Baja California a Yucatán. Y a
pesar de ese mediocre estándar, de vez en cuando tenemos peores gobernadores:
Javier y César Duarte, Roberto Borge, Andrés Granier, Emilio González Márquez,
Roberto Sandoval, Mario López Valdez, Guillermo Padrés, Amalia García, Juan
Sabines, Manuel Velasco, y el etcétera que ustedes gusten. Ejemplos de
improvisación, frivolidad, indolencia, irresponsabilidad e impunidad.
La cuestión
con los mencionados es si al momento de ser elegidos para hacerse cargo de una
entidad federativa el electorado ya tenía indicios de que serían un desastre
como mandatarios. Quien haya conocido al entonces diputado federal Javier
Duarte sabe que él no se transformó al llegar a la casa de gobierno de Xalapa.
Pero no en todos los casos es tan evidente.
Una camada
de nuevos gobernadores acompañará la asunción de Morena al poder federal.
Algunos han tomado ya posesión. Es preocupante que el primero de ellos, Diego
Sinhue, haya creído que en medio de la crisis de violencia que padece
Guanajuato lo mejor era no cambiar a los mandos en la fiscalía y seguridad
pública. Pero es su decisión, así que pronto veremos por qué lo hizo.
Donde todo
será un experimento es en Morelos. Esa entidad ha tenido malos gobernadores
como pocas, ¿Cuauhtémoc Blanco podría ser peor que Carrillo Olea, Sergio
Estrada, Marco Adame y Graco?
La respuesta
inmediata no tendría que surgir del clasismo/elitismo que pregona que un
jugador de futbol está incapacitado para gobernar una entidad (además ya vimos
que gente “capacitada” no da buenos resultados, per se).
Sin embargo,
hay indicios preocupantes. Cuauhtémoc el político no es una sorpresa: su récord
en Cuernavaca es pobrísimo y la evidencia de que sus designios son los que le
ordena su mánager José Manuel Sanz es una señal de alerta: se trata de
gobernar, no de hacer negocios.
Qué bueno
sería tener espacio para la duda y creer que en una de esas el Cuau llega
inspirado a este cargo público en el que debutó el lunes y se convierte, así
como así en un buen gobernador. La verdad es que no se ve por dónde ocurra el
milagro del perro verde. Ojalá, por el bien de los morelenses, al menos no sea
de los peores.
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