Paco Ignacio
Taibo II
Nunca he
vuelto de la nostalgia una bandera y nunca he habitado en un cuarto sin puertas
y con tan sólo un ventanuco en lo alto, inaccesible, desde el que pueden
observarse imágenes del 68. Y sin embargo, el movimiento estudiantil, mi
memoria de aquel año mágico, está extrañamente cercana.
Carajo, han
pasado casi 50 años y puedo recordar con bastante más precisión los debates
sobre si la manifestación silenciosa debería serlo, los mítines en el Mercado
de Mixcoac, las noches arrullado por los dos mimeógrafos que teníamos en
Ciencias Políticas, que algo que pasó hace un mes en mi vida.
¿Será que
significó en nuestras resistentes persistencias una ruptura total, un cambio
hacia un rumbo aún por acabar de descubrirse?
¿Será que
vislumbramos que la clase media ilustrada tenía al fin un país? No, no puede
ser eso, el descubrimiento de México fue posterior, se produjo al vivir con las
costureras de Irapuato varios meses en sus luchas, con los electricistas del
Sterm y los ferrocarrileros vallejistas en El Bajío, Oaxaca, Chihuahua. Y desde
luego, muchos años después en Durango y Chihuahua buscando el fantasma de
Pancho Villa.
A lo más el
68 nos dio ciudad, rompió los límites de la docena de colonias que los
estudiantes frecuentábamos y nos llevó a la refinería de Pemex, a las calles
solitarias de la Gustavo A. Madero, a los mercados de Ixtapalapa, a las
armadoras de automóviles de Irrigación, a las vecindades de la Guerrero, a los
patios escondidos del centro histórico, a la polvorienta Neza y a las zonas
industriales de la Vallejo y Azcapotzalco.
Me prestaron
un archivo con fotos del movimiento. Las repaso sabiendo que no habrá fotos
mías a no ser que sean en medio de una inmensa multitud anónima donde ninguna
cara puede distinguirse. En 68 no dejábamos que nos tomaran fotos: escondíamos
el rostro tras un periódico o una pancarta. Se decía que los fotógrafos de
prensa vendían copias de sus fotos a Gobernación (cosa que debería ser cierta).
Pero además el placer del movimiento era su masividad, su unanimidad. Lo
individual diluido en lo colectivo. A veces no reconozco lo que estoy viendo.
Es mucha más vital la imagen en la memoria de las batas blancas de Medicina,
por miles, que revoloteaban en las islas de CU el día en que se declaró la
huelga.
¿Al fin y al
cabo es sólo memoria? Por fortuna es una memoria que comparto con miles de
mexicanos, incluso los que no lo vivieron. Es la memoria de la libertad, de
entonces y por venir.
–Paco
Ignacio Taibo II. Historiador y escritor es, entre otras muchas cosas, prófugo
de tres escuelas superiores, participante del movimiento estudiantil de 1968 y
fundador del género neopolicíaco en América Latina, además de profesor
universitario y fundador de diferentes publicaciones culturales. Autor de al
menos 19 novelas, tres libros de cuentos, libros de historia, varias
antologías, libros de reportaje y crónica publicados en 21 países, sus obras
han sido mencionadas entre los “libros del año” en The New York Times, Le Monde
y el LA Times, entre otros diarios. Ha recibido el Premio Nacional de Historia
INAH (1986), el Premio Internacional de Novela Planeta-Joaquín Mortiz y tres
veces el Premio Dashiell Hammet a la mejor novela policíaca. Fundó y dirigió
hasta 2012 el festival literario de la Semana Negra de Gijón. Entre sus obras
de ensayo destacan “Ernesto Guevara, también conocido como el Che” o “Pancho
Villa. Una biografía narrativa”.
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