Diego Petersen Farah.
Por primera vez en
muchos años no soy optimista. No por la consulta del aeropuerto ni por echar
para atrás la reforma educativa. Podemos estar o no de acuerdo con una decisión
u otra, pero no es ahí, sino en el contexto internacional y la disfunción
orgánica del Estado donde están las verdaderas amenazas.
El desencanto con la
democracia recorre el mundo. Abusos, corrupción, partidocracia, debilidad
institucional, y algo que podríamos definir como diabetes de Estado, es decir
gobiernos obesos que han ido paulatina pero consistentemente gangrenando sus
órganos y perdiendo sus capacidades para resolver desde las cosas más simples,
como recoger la basura, hasta las más complejas, como brindar seguridad, son
síntomas que se repiten en mayor o menor medida en muchos países. La respuesta estos males ha sido el
voto por la extrema derecha. Lo que está por suceder en Brasil se suma a lo que
ya sucedió en Estados Unidos, Inglaterra, Italia, Suecia, Austria, Grecia,
Holanda, Polonia, etcétera.
El inminente triunfo de Bolsonaro en Brasil es fruto del
fracaso de los sucesivos gobiernos de izquierda envueltos en escándalos de
corrupción, pero principalmente en la ineficiencia y falta de respuestas a las
demandas de las clases medias. Algo similar sucedió con el gobierno de Obama en
Estados Unidos cuyo gobierno, incapaz de tomar decisiones, abrió la puerta al
triunfo de Donald Trump, o en Francia, Austria o Italia donde la ultraderecha
ha crecido a la sombra de gobiernos democráticos, de izquierda o de derecha,
pero igualmente inoperantes.
El Estado diabético se
vuelve impotente y la búsqueda de gobiernos fuertes, que sean capaces de
ejecutar decisiones, las que sean, se convierte en clamor popular. La añoranza
de seguridad, certeza jurídica y bienestar social encuentra en el otro
distinto, sea el migrante, el de preferencias sexuales diferentes o creencias
ajenas, el origen de todos sus males. Xenofobia, homofobia, racismo,
intolerancia religiosa crecen como tumores del Estado diabético.
El gran reto de López
Obrador, y vaya que tiene muchos, será regresarle las capacidades al Estado y
hacer que los mexicanos volvamos a creer en la democracia. Esto requiere mucho
más que un buen discurso, que sin duda ayuda, o frenar la corrupción, que es
indispensable. En México, sanar al Estado pasa fundamentalmente por el tema de
seguridad, por quitarle al crimen organizado los territorios y funciones que ha
usurpado, pero también por el buen funcionamiento del gobierno, tanto en lo
referente a servicios, como salud y educación, como en las instituciones y
relación entre poderes.
Polarizar al país y
debilitar las instituciones democráticas en un Estado ya enfermo puede convertirse
en un boomerag político. Eficiencia y prudencia son las claves en el nuevo
entorno; la peor tragedia para el primer gobierno de izquierda en décadas sería
que terminara, como en Brasil, abriendo la puerta a la extrema derecha.
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