Ricardo
Ravelo.
Mediante gestiones legales ante la
Procuraduría General de la República (PGR), el gobierno de Tamaulipas,
encabezado por el panista Francisco García Cabeza de Vaca, recuperó el terreno
de mil 600 hectáreas –localizado en el puerto de Altamira –por el que el ex
Gobernador Eugenio Hernández fue detenido bajo cargos de peculado y fraude,
entre otros ilícitos.
La acusación contra Hernández Flores
–investigado en Estados Unidos por lavado de dinero y sujeto a un proceso de
extradición en desahogo – consistía en que, como Gobernador, utilizó sus
influencias para adjudicarse la propiedad de dicho terreno, actualmente valuado
en más de 500 millones de pesos.
Esta fue la razón por la que, el 6 de
octubre de 2017, el ex mandatario fue detenido en Ciudad Victoria, Tamaulipas,
cuando paseaba impunemente por las avenidas de esa ciudad a bordo de una
motocicleta deportiva. Ataviado con pantalón, chaqueta de cuero y botas
vaqueras, la policía lo detuvo en una céntrica avenida.
–Alto, está
detenido –le gritaron.
El ex mandatario pensó que era una
broma, pero su sonrisa burlona se desdibujó cuando fue atado con esposas y
subido a una patrulla.
Y ahí
comenzó su pesadilla.
Ahora que el gobierno de Tamaulipas
recuperó el terreno, causa del juicio contra Hernández Flores, las mismas
autoridades tamaulipecas le abrieron otros juicios al ex mandatario, ésta vez
por enriquecimiento ilícito y lavado de dinero.
Cabe decir que, por
estos delitos, la PGR le decretó al acusado el no ejercicio de la acción penal.
La razón: falta de pruebas. Esto ocurrió en 2013, a escasos meses de que inició
el gobierno de Enrique Peña Nieto. Este fue el primer perdón que otorgó Peña a
un ex Gobernador priista. No importó que Estados Unidos también le imputara el
delito de lavado de activos.
Eugenio
Hernández, en cuyo gobierno el
narcotráfico se instauró como un poder real en Tamaulipas, se paseaba por todo
el país con su salvoconducto bajo el brazo: era un documento de la PGR que lo
exoneraba de cualquier delito. El documento está firmado por Jesús Murillo
Karam, entonces procurador General de la República.
Murillo
Karam obedeció las órdenes de Peña Nieto
a pesar de que el Departamento de Justicia de Estados Unidos acusó formalmente
a Eugenio Hernández de lavado de dinero y de incitar transacciones bancarias
ilícitas. En el expediente del caso también está implicado Oscar Gómez Guerra,
cuñado del ex mandatario.
De acuerdo
con la acusación estadunidense, integrada por Kenneth Magidson, titular de la Corte Federal del Distrito Sur de Texas, de
resultar culpable Hernández Flores cargaría con una pena de veinte años y se le
aplicaría una multa de medio millón de dólares.
Y es que el ex Gobernador tamaulipeco
–cuya campaña, según el expediente estadunidenses, fue financiada por el
narcotráfico –está acusado de conspirar para lavar dinero, también de brindar
ayuda para facilitar operaciones ilegales, a través de transferencias de
dinero, con el propósito de lavar activos.
De acuerdo
con la acusación, Hernández Flores y su
cuñado habrían lavado un total de 30 millones de dólares. Los golpes contra
Hernández Flores comenzaron entre 2012 y 2015, cuando el gobierno estadunidense
le decomisó tres inmuebles localizados en McAllen, Texas, valoradas en dos
millones de dólares. Una propiedad más fue asegurado en la ciudad de Austin.
Con base en
las acusaciones criminales, tanto
Eugenio Hernández como su cuñado están considerados, en territorio
estadunidense, como fugitivos de la ley. En todo el Distrito de Texas han
circulado fotografías de ambos con la leyenda “se busca”.
Es por ello
que el gobierno de Estados Unidos
solicitó formalmente la extradición de Hernández Flores, pues lo quieren juzgar
por lavado de dinero, pues no ha acreditado el origen de su cuantiosa fortuna.
Durante el gobierno de Eugenio
Hernández floreció el narcotráfico impunemente: el cártel de Los Zetas alcanzó
un poder descomunal y el Cártel del Golfo, legendario en esa zona del país,
extendió sus dominios a otros estados e incluso se afincó en otros países del
continente.
Cuando Hernández Flores fue ungido
candidato del PRI, los hombres del crimen organizado, prestos para seguir en el
negocio, ofrecieron el financiamiento de su campaña y así se hizo. A cambio,
Hernández pagó con posiciones en el gobierno, sobre todo a nivel de la
procuración de justicia y la policía. El narcotráfico tenía un enlace fijo en
la Secretaría de Gobierno, quien, a su vez, informaba al mandatario sobre la
buena marcha del negocio o bien cuando había problemas que zanjar.
Todo esto está ventilado en el
expediente integrado por la Corte de Texas, donde uno de los testigos estelares
de la acusación se llama José Antonio Peña Argüelles, lavador de dinero de Los
Zetas, quien se entregó a las autoridades estadunidenses por temor a ser
ejecutado por sus rivales.
Un día, Peña Argüelles recibió una llamada
telefónica. Eran sicarios de Los Zetas. Le reclamaban el presunto robo de
varios millones de dólares y de ellos culpaban a su hermano. Le mandaron una
fotografía con la imagen de su hermano muerto. Y enseguida el mensaje:
–Sigues tú, José Antonio.
Y enseguida se refugió en Estados
Unidos, se entregó a las autoridades y se acogió al programa de testigos
protegidos. Es actualmente el testigo más importante de la acusación que pesa
contra Eugenio Hernández y Tomás Yarrington, antecesor de Hernández, quien fue
extraditado de Italia bajo cargos de lavado de dinero y se proteger las
operaciones del narcotráfico cuando fue gobernador de Tamaulipas.
Preso en Ciudad Victoria ahora por
cargos de enriquecimiento ilícito y lavado de dinero, Eugenio Hernández
probablemente no vuelva a recobrar su libertad. De salir avante en este juicio,
al exmandatario le queda pendiente el juicio de extradición, donde no la tiene
muy fácil. Estados Unidos lo quiere juzgar.
El gobierno de Peña Nieto ha
retrasado la extradición y quizá no se tome ninguna decisión antes de que
concluya su gobierno. Le allana el camino a Javier Duarte, quien posiblemente
recobre su libertad en tres años. En el caso de Eugenio Hernández, será el
gobierno de López Obrador, fiel a la justicia, el que determine si el
exmandatario se va o se quede. Pero López Obrador tiene amplios acuerdos con
Donald Trump en materia de crimen organizado y para nada obstaculizará el
cumplimiento de la justicia.
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