Guadalupe Correa-Cabrera.
En los últimos tiempos se ha hablado relativamente poco de la
migración indocumentada de origen mexicano en Estados Unidos. La atención sobre
el tema migratorio en nuestro continente se ha centrado principalmente en la
población centroamericana desplazada por la violencia o la falta de
oportunidades económicas que se ve forzada a tomar un camino extremadamente
peligroso a través de México hacia los Estados Unidos, poniendo en riesgo tanto
sus vidas como su integridad física y emocional. Mucho se ha comentado sobre
este peligroso trayecto y sobre las consecuencias de las políticas migratorias
estadounidenses y mexicanas en este sentido. Inclusive, uno de los principales
objetivos del próximo Presidente de México en su “nueva” relación con el país
gobernado por Donald Trump tiene como eje central el tema de la migración
centroamericana y el desarrollo del sur del país para resolver esta problemática.
Es verdad que la migración mexicana irregular hacia los
Estados Unidos se ha reducido considerablemente y que la migración neta—que
toma en cuenta la migración de retorno, es decir, a aquellos mexicanos que
emigraron y regresan al país por voluntad propia o deportados—se ha tornado
incluso negativa. Lo que no queda del todo claro son las verdaderas razones de
esta nueva dinámica de movilidad humana. Algunos políticos y analistas
especulan y han llegado incluso a declarar, de manera triunfalista, que el
fenómeno se explica por un mayor desarrollo de México en la era del libre
comercio en América del Norte—o lo que fuera, hasta hace poco, el TLCAN.
Sin embargo, esta última afirmación no parece tener sustento
en la realidad si se analizan los datos macroeconómicos, comenzando por los más
básicos como la tasa de crecimiento del producto interno bruto (PIB) en los
últimos 25 años. México en la era del libre comercio con Canadá y Estados
Unidos ha crecido bien poco (casi nada) y además se ha convertido en uno de los
países más violentos e inseguros del continente. En el marco de la denominada
guerra contra las drogas, la Iniciativa Mérida y la militarización de la
seguridad en México se han perdido varias decenas de miles de vidas y el número
de víctimas de crímenes de alto impacto y desaparecidos en este conflicto
armado continúa en ascenso. El año pasado fue el año más violento del presente
siglo (y en varias décadas) y la situación no parece mejorar, sino todo lo
contrario.
Tomando en consideración este contexto y enfocándonos en el
tema migratorio quedan aún varias dudas. Si México no ha crecido y se encuentra
sumergido en una gran crisis de seguridad, como lo muestran las cifras, ¿por
qué entonces la gente no emigra? ¿por qué la migración mexicana en (y hacia)
Estados Unidos ya no es un tema central en la agenda política nacional y en la
agenda de política exterior con el vecino país del norte?
Pareciera ser que los mexicanos indocumentados en los Estados
Unidos ya no son una prioridad para el gobierno mexicano. Las recientes
negociaciones de un nuevo acuerdo de libre comercio con Canadá y Estados Unidos
confirman esta idea pues México no pone el tema en la mesa. No obstante, la
poca atención que se ha dado recientemente a la situación de nuestros connacionales
en la Unión Americana y la migración de retorno, éstos siguen siendo graves
flagelos para la nación en su conjunto. En efecto, la migración mexicana
irregular en Estados Unidos continúa siendo un grave problema humano que
desafortunadamente se ha invisibilizado en la era de Trump y en tiempos
electorales y de transición política en México.
Existen dos dinámicas perversas relacionadas con la migración
irregular de origen mexicano en Estados Unidos que no podemos continuar
ignorando pues hacerlo podría ser fatal para el desarrollo económico y la
seguridad de nuestro país en un futuro muy próximo. En primer lugar, es preciso
considerar el tema de la migración de retorno, cuyos flujos han crecido de
manera exponencial en los últimos años. Al mismo tiempo, debemos prestar
atención a la situación de los mexicanos indocumentados en Estados Unidos que
viven en las sombras y que están sujetos a todo tipo de vejaciones y
explotación laboral extrema en un país al que han contribuido durante sus años
más productivos de vida y del que pronto tendrán que regresar.
El tema de los deportados es un grave problema en varios
sentidos. México no tiene ni la infraestructura, ni la capacidad—y pareciera
que ni la voluntad—para recibir de manera adecuada a toda su gente que ya dio
sus mejores años a los Estados Unidos y que regresa a nuestro país en edad de
retiro, con gran deterioro físico y sin ninguna prestación o esquema de
seguridad social que les permita una vida digna al final su existencia. Sería
interesante hacer un estudio profundo sobre la edad y condiciones de los
deportados a México en los últimos años, es decir, un perfil de este segmento
de población migrante. Estudios preliminares muestran que una porción
importante de la migración de retorno está formada por personas que dejaron
recientemente su edad productiva y que cuentan con pocas redes familiares en el
país. Dicha población se encuentra sumamente vulnerable y sujeta a condiciones
de pobreza extrema, marginación e inseguridad, en un país que no podrá incorporarlos
a la fuerza laboral.
Las deportaciones masivas desde Estados Unidos siguen su
curso y aumentan cada día el problema para México. Muchas de estas personas ya
no tienen redes en este país y harán todo lo que está en sus manos por regresar
a la Unión Americana donde están sus familias, beneficiando así posiblemente a
las redes de traficantes de personas y al crimen organizado—agudizando con ello
el problema de seguridad que no se ha resuelto en México. Las decenas de miles
de mexicanos deportados en edad de retiro son víctimas invisibles de un sistema
injusto al que dieron sus mejores años productivos y que ahora les responde con
ingratitud e indiferencia. Contribuyeron enormemente a la economía
estadounidense y ahora es México el país que debe absorber los costos de su
retiro.
Otro grave problema es el que enfrentan los inmigrantes
mexicanos indocumentados en Estados Unidos, quienes también se encuentran
invisibilizados en esa sociedad por su situación migratoria irregular y están
sujetos a todo tipo de abusos y explotación. En la era de “tolerancia cero a la
migración ilegal” de la administración Trump, la situación de nuestros
connacionales se dificulta aún más. Sin la posibilidad de un camino a la
ciudadanía para aquellos que han dado a la economía estadounidense sus años más
productivos, muchos serán deportados eventualmente y los más afortunados
seguirán viviendo en las sombras y sin ningún tipo de seguridad social o
atención médica digna y necesaria en sus últimos años de vida.
En resumen, la situación de los migrantes mexicanos
indocumentados en Estados Unidos es un gran problema humano, además se ser un
grave problema económico y de seguridad para México. Sorprende entonces que el
próximo presidente de México no haya puesto sobre la mesa el tema de la
migración indocumentada de origen mexicano en sus conversaciones recientes con
el presidente Trump. Pareciera ser que Andrés Manuel López Obrador no ha visto
con toda claridad la muy precaria situación de sus connacionales en Estados
Unidos y se ha concentrado exclusivamente en el problema de la migración
centroamericana.
Sorprende también que en la renegociación del acuerdo
comercial con nuestros dos vecinos del norte no se haya tocado de manera
fundamental el tema migratorio. Los negociadores de Peña Nieto y los de la
administración entrante—incluyendo a Jesús Seade quien se pavonea en diversos
foros de sus logros y su magnífica relación con Robert Lighthizer,
representante comercial de Estados Unidos—se congratulan con gran triunfalismo
por haber “salvado el tratado”. Desafortunadamente, no llegaron a considerar el
problema humano de la migración que los estadounidenses llaman “ilegal”.
Los migrantes “ilegales” mexicanos en Estados Unidos son, por
ahora, víctimas invisibles que el gobierno de nuestro país tendrá que atender
tarde o temprano. Haciendo un pronóstico del crecimiento de la economía
mexicana en los años venideros y analizando la situación actual de las finanzas
públicas, parece ser que vienen tiempos difíciles para México, sobre todo en el
tema migratorio. Y no sólo es preciso ver hacia Centroamérica; nuestros
migrantes mexicanos también importan.
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