Jorge Zepeda
Patterson.
¿Alguna vez
a has recurrido a un hijo, a un sobrino o a un hermano menor para develar el
misterio de una aplicación, intervenir una foto o costomizar (palabra
implacable para todo mayor de 30 años) tu teléfono celular? ¿Te ha rescatado de
la jerga incomprensible del nuevo manual de televisión un joven que ni siquiera
tiene que abrir las páginas para hacer funcionar el aparato?
Se dice que
la juventud es el futuro, pero cada vez estoy más convencido de que es el
presente y que los adultos simplemente gestionamos los problemas sin solución
en los que hemos metido al mundo, en espera de que lleguen las siguientes
generaciones y se les ocurra una nueva forma de salvarlo.
Durante
milenios los hijos aprendieron de sus padres los misterios del universo. El
labrador, el artesano, el príncipe o el monje lograban dominar su oficio
gracias a la enseñanza de quienes les habían precedido. El saber acumulado se
transmitía de una generación a otra con una implacable jerarquía cronológica.
Aprendices, estudiantes e hijos reemplazaban o superaban a sus padres y
maestros sólo cuando habían asimilado la pericia y la habilidad de sus tutores.
Pero eso
cambió con la era digital. Facebook, Uber, WhatsApp, Amazon, Airbnb, Instagram,
Netflix y un largo etcétera es la nueva dimensión en la que transcurre nuestra
vida. Pero los verdaderos y auténticos ciudadanos de ese país son los menores
de 30 años. Los adultos mayores intentamos convertirnos en habitantes
nacionalizados de esa realidad intangible que es “la nube”, pero como muchos
migrantes, nacidos en otras tierras, nunca perdemos el acento extranjero y la
sensación de otredad. Como el alemán o el sueco que pese a 15 años de
residencia entre nosotros muestra su extranjería inevitablemente al pretender
utilizar, sin éxito, un albur como si fuera un nativo.
Los mayores
de 40 años navegamos por las nuevas tecnologías digitales con la sensación de
artificio de quien está traduciendo lo digital a los parámetros analógicos en
los que creció. Carecemos de esa simbiosis con el lenguaje cibernético que
tiene un chico que nació y balbuceó manipulando la pantalla de un celular o los
contenidos de una Ipad.
En suma, los
sociólogos advierten que por vez primera en la historia de la humanidad son los
jóvenes quienes dominan las tecnologías decisivas para gestionar y transformar
el mundo. Un mundo, por lo demás, donde la tecnología tiene un papel creciente
y definitivo.
La reflexión
anterior adquirió vida propia este fin de semana, al menos para mí, cuando los
organizadores de la Feria de Libro de Oaxaca me invitaron a dar una charla a
los alumnos de un colegio de bachilleres a orillas de la capital del estado
(Plantel 44 en San Antonio de la Cal). Una conversación con cerca de 400
jóvenes de la cual, no tengo duda, aprendí más que ellos y no estoy recurriendo
a una fórmula hueca. Chicos de 16 a 19 años, muchos de los cuales quizá nunca
han salido de su entidad, pero son capaces de navegar por la globosfera con una
velocidad y precisión que escapa a mi comprensión. Yo mencionaba un fenómeno,
un dato o un autor y antes de terminar la idea ellos ya habían googleado y
observado imágenes. En la larga sesión de preguntas y observaciones mostraron
su preocupación por los problemas de México, pero lo hicieron desde un sitio
distinto al que me han llevado mis lecturas o mi experiencia; sin optimismos ingenuos,
pero tampoco con angustias desesperadas; puntos de vista frescos, originales y,
en algunos momentos, esperanzadores.
Desde luego
externaron su preocupación sobre la desigualdad, la corrupción y la inseguridad
que les estamos dejando; pero lo hacían desde la certeza que ofrece tener 50
años de vida por delante y saberse depositarios de la magia de ese poderoso
universo digital del que carecen sus mayores.
Guillermo
Quijas, organizador del evento y corazón de la FILO y la editorial Almadía, me
comentó que en un plantel similar y para protestar contra un maestro acosador
de alumnas, los chicos decidieron venir disfrazados de chicas y ellas de
varones; tomaron fotos, las subieron a las redes y provocaron el impacto que
buscaban: el maestro fue despedido de manera fulminante. No fue necesario
escandalizar ni exhibir a las víctimas o desgarrarse las vestiduras.
Simplemente utilizaron con ingenio las herramientas a su alcance.
Dedicarse a
reseñar los excesos del poder y las infamias de la vida pública durante tres
décadas propicia inevitablemente desaliento y pesimismo. Podría rescatar de mi
archivo una columna de hace veinte años sobre las corruptelas de un Gobernador,
actualizar los nombres y publicarla con plena vigencia esta misma semana.
Sensaciones de hartazgo y desesperanza. Sin embargo, no esperaba lo que sucedió
en Oaxaca con estos jóvenes; la percepción de algo potente y esperanzador en
los pliegues profundos del alma de los que vienen, incluso aquellos que menos
tienen o quizá por ello.
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