Ernesto
Villanueva.
Una de las características de la
posverdad requiere mezclar dos tantos de mentiras y uno de verdad y presentarla
como información noticiosa, confiable. Eso le ha pasado a la Dra. María
Álvarez-Buylla, directora designada del Concacyt, a quien los detractores del
presidente electo se le han ido a la yugular desde ayer por el “pecado” de
asegurar el buen uso de los recursos del Conacyt para el 2019 y tener márgenes
de maniobra para operar la institución emblemática de la ciencia y la
tecnología del Estado mexicano.
Primero. Políticos contrarios a Morena y sus
seguidores descalificaron a Álvarez-Buylla por “querer dar órdenes desde ahora”
en el Conacyt. Eso es una falsedad. Es absurdo la propia especie. Lo que hizo la directora designada fue
solicitar que no se comprometieran recursos económicos correspondientes al
2019. Nunca fue una orden porque carece de atribuciones legales para ello. Fue
una solicitud la cual está amparada en el derecho de petición previsto en el
artículo 8º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos,
derecho que, dicho sea de paso, es una prerrogativa de todo ser humano.
Segundo. Se ha dicho perversamente que
Álvarez-Buylla buscaba “afectar a la comunidad de Conacyt”. De nuevo otra
falsedad, pues ella viene y conoce
perfectamente esa comunidad y no iría en contra de los propios intereses de sus
colegas. No hay verosimilitud en esa especie. Cabe reiterar que no hubo intención alguna de la directora designada de
afectar proyectos plurianuales en curso, sino aquellas convocatorias,
licitaciones, asignaciones directas e invitaciones a terceros que la dejaran
con una camisa de fuerza presupuestal, sin margen de maniobra para cumplir el
programa de ciencia y tecnología del gobierno electo, lo que me parece muy
responsable que esté al pendiente de la presupuestación de recursos destinados
al Conacyt.
Tercero. El
documento con la solicitud de Álvarez-Buylla fue filtrado por el propio
Conacyt, lo que actualiza la hipótesis normativa prevista en el artículo 7,
fracción I de la Ley General de Responsabilidades Administrativas y, de
entrada, es una conducta sancionable de acuerdo a la ley.
Esa filtración fue hecha para exhibir
a Álvarez-Buylla como “enemiga” de la comunidad científica y tecnológica. Es
casi imposible que el actual director Enrique Cabrero identifique al
responsable si él estuvo detrás de esa celada que pudo haberse visto en alguna
dependencia política, pero llama a sorpresa que sea en el Conacyt.
Cuarto. Dice el adagio que de donde menos se espera
salta la liebre. Qué necesidad tiene Enrique Cabrero y su equipo de iniciar una
ofensiva contra su sucesora y romper de tajo el proceso de transición que había
ido transitando en los mejores términos. Peor todavía, acompañó esa filtración
con una campaña de medios contra Álvarez-Buylla, para que no quedara duda del
propósito buscado. Es, pues, la razón de la sinrazón.
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