Martí Batres.
En los años 70, 155 mil
mexicanos migraban a Estados Unidos cada año; en los 80, la cifra subió a 250
mil; en los 90 pasó a 390 mil; y en la primera década ya llegaba a 450 mil.
Medio millón de mexicanos cruza la frontera cada año para buscar empleo y
oportunidades de desarrollo. De ellos, el 72 % son menores de 29 años.
Ese paso al otro lado de la frontera no ocurre en condiciones
de “normalidad”. Muchos de nuestros compatriotas cruzan a nado el Río Bravo,
brincan bardas o abren rejas. Y después atraviesan el desierto. Encuentran
algún empleo y prácticamente se mantienen en alerta permanente para evitar ser
encontrados. Llegan sin visa, sin documentos y algunos logran encontrar el
camino para regularizar su situación migratoria. Es una travesía dolorosa y
llena de riesgos.
En México, desde la sociedad civil y desde los gobiernos se
ha planteado el tema, buscando la apertura, el reconocimiento de derechos, la
regularización institucional.
Para nuestro país los migrantes son una gran ayuda, pues
constituyen la principal fuente de divisas y el soporte de la economía de
muchas familias.
Expresan, no obstante, una herida abierta, pues nos recuerdan
los graves problemas de erosión en el campo, ruptura del tejido productivo,
estancamiento, desigualdad y pobreza, y ahora también de violencia que se viven
en México.
La migración es un fenómeno mundial. Se produce por las
guerras, la violencia, el autoritarismo, la discriminación, la pobreza y el
hambre. Se orienta hacia los países cercanos o fronterizos a aquellos en los
que surgen estos problemas y principalmente hacia las grandes metrópolis.
El tipo de globalización económica que se impuso en los
últimos 30 años agudizó el fenómeno de la migración. El flujo de personas
originarias de países pobres que busca llegar a los países con mayor desarrollo
aumentó.
México está inmerso en esta situación internacional desde
tres dimensiones distintas: es origen, es paso y es destino de la migración.
Ello ha influido en la determinación de un discurso
progresista y avanzado al respecto.
Nuestro país ha levantado la voz a favor de los derechos de
sus migrantes en otros países y ha recibido a migrantes de otros países.
Abrió las puertas a judíos, libaneses, sirios y otros
migrantes que huían de las guerras de principio del siglo en medio oriente.
En esos años, y desde antes, también llegaron italianos,
alemanes, españoles y chinos con proyectos económicos y comerciales.
A finales de los años 30 del siglo pasado el país dio asilo a
españoles que huían de la dictadura de Francisco Franco en España y a los
judíos que escapaban del holocausto de Hitler en Europa.
Y en los años 60 y 70 el país recibió al exilio de Guatemala,
Haití, Bolivia, Dominicana, Argentina, Uruguay, Chile y otros países
latinoamericanos que sufrían la opresión de las dictaduras militares.
México fue el país que recibió a León Trotsky, y también a
León Felipe, Luis Buñuel, Ramón Xirau, José Gaos, Adolfo Sánchez Vázquez,
Aurora Arnaiz, Remedios Varo, Luis Suárez y muchos más.
Los apellidos Slim, Zabludovsky, Zuckerman, Sarmiento,
Barnés, Helú, Curzio, Sarukhán, Moshinsky, Kahlo, Scherer, Gertz, Yuste, Taibo,
Ackerman, Semo, Muller, Kretchmar, Poniatowska, Mussachio y muchos más evocan a
conocidos mexicanos descendientes de migrantes que han destacado en los mundos
económico, periodístico, académico, cultural, político e intelectual del país.
En congruencia con nuestra historia debemos mirar desde
México la migración hondureña y centroamericana basados en principios de
solidaridad y derechos humanos.
Si luchamos por el reconocimiento de los derechos de los mexicanos
en otras partes del mundo, también debemos de reconocer y respetar los derechos
de quienes migran a México o transitan por su territorio.
Y ciertamente debemos trabajar para que en el mediano plazo México
y Centroamérica se desarrollen económicamente de tal forma que sus habitantes
no se vean forzados a abandonar sus tierras por razones económicas.
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